¿QUÉ CLASE DE AMOR VIVEN LAS PERSONAS CONSAGRADAS?

¿Qué tipo de amor viven las personas consagradas? ¿Acaso son distintos a los solteros? En realidad, su decisión de seguir a Cristo es lo que los distingue

Jeffrey Bruno

Desde el inicio de la Iglesia, ha habido personas consagradas, hombres y mujeres que se han sentido llamados a seguir a Jesucristo más de cerca, imitando su modo de vida. Muchos han sido los que han llevado una vida solitaria, volviéndose eremitas. Otros fundaron o ingresaron en familias religiosas, abrazando la vida comunitaria. Pero, ¿y el amor?

Decididos a seguir a Cristo

La característica común de esas personas es la decisión de consagrar sus vidas a Dios. Los consagrados son personas que eligen dedicarse a Jesucristo con todo el corazón. Para ello profesan los consejos evangélicos – considerados rasgos característicos de Jesús –: castidad, pobreza y obediencia.

Esta profesión se hace dentro de uno de los muchos institutos de vida consagrada aprobados por la Iglesia en los que las personas asumen una forma estable de vida.

“Fui al Carmelo recitando el Salmo 121 (‘que alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor’)”, cuenta la hermana Maria Luiza de Medeiros, de la Orden de las Carmelitas Descalzas. En 2012, a los 81 años, lleva ya 56 de vida religiosa, en el Carmelo de Tremembé (a 160km de São Paulo).

Según explica la hermana Maria Luiza, el objetivo principal de su vida, así como de sus hermanas de comunidad, es la unión con Dios, un vínculo que se obtiene y fortalece principalmente a través de la oración.

A lo largo del día, también tiene períodos de oración – privada y en comunidad – por la mañana, por la tarde y por la noche. Tiene también espacio para la formación, la recreación y el trabajo. La vocación de una carmelita es “vivir en obsequio de Jesucristo, meditando día y noche la ley del Señor y velando en oración”, como dice la Regla de la Orden.

Los consejos evangélicos

Los consagrados profesan los llamados “consejos evangélicos”: castidad, pobreza y obediencia. Con ello, asumen los rasgos característicos de Jesús. Es una forma de unificar el ser para dedicarse totalmente al Dios sumamente amado.

En la castidad está el amor indiviso, la pureza de cuerpo y de alma. En la pobreza está la expresión de que su única riqueza es Dios. Y en la obediencia, el gran desapego de uno mismo.

La castidad “significa la integración correcta de la sexualidad en la persona y, con ello, la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual” (Catecismo de la Iglesia Católica, CEC, 2337).

Todo bautizado está llamado a la castidad, que se distingue en las personas según sus diferentes estados de vida. “Existen tres formas de la virtud de la castidad: la primera, la de los esposos; la segunda, la de la viudez; la tercera, la virginidad” (CEC, 2349).

Se trata de un testimonio de que “en Cristo es posible amar a Dios con todo el corazón, poniéndole por encima de cualquier otro amor, y amar así, con la libertad de Dios, a toda criatura” (Vita Consecrata, VC, 88).

Por medio del segundo voto, el de pobreza, el consagrado manifiesta que Dios es la única riqueza del hombre. Aquí sigue las reglas de su instituto, en cuanto a la limitación en el uso y disposición de los bienes. Este voto manifiesta una vida vivida en sobriedad y ajena a la riqueza de la tierra.

Por fin, la obediencia expresa la gracia libertadora de una dependencia filial y no servil, rica de sentido de la responsabilidad y animada por la confianza recíproca, entre el religioso y sus superiores legítimos (cf. VC, 21).

“Con tal identificación 'conformadora' con el misterio de Cristo, la vida consagrada realiza por un título especial aquella confessio Trinitatis que caracteriza toda la vida cristiana, reconociendo con admiración la sublime belleza de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y testimoniando con alegría su amorosa condescendencia hacia cada ser humano” (VC, 16).

La búsqueda de Dios

La vida consagrada expresa la búsqueda recíproca entre Dios y el hombre, el amor que los atrae. Es la autoridad de la Iglesia la que regula su práctica. Las diversas formas de vida, sea solitaria o común, surgidas a lo largo de la historia, son como las múltiples ramas del frondoso árbol de este estilo de vida.

En el caso específico de la vida religiosa, en la que se mantiene la castidad en el celibato, se distingue de las otras modalidades de vida consagrada “por el aspecto cultual, por la profesión pública de los consejos evangélicos, por la vida fraterna llevada en común, por el testimonio de unión con Cristo y con la Iglesia” (CEC, 925).

La hermana Maria Luiza entró en el Carmelo recitando el Salmo que cantaba la alegría de ir a la casa del Señor. Después de 56 años de consagración, con entusiasmo y una sonrisa en los labios, reafirma: “es una alegría que hasta hoy ha estado en mi corazón”.

Fuente: Aleteia