Los tiempos litúrgicos siempre nos regalan la oportunidad de detenernos, de mirar nuestra vida y preguntarnos qué va bien y qué necesita corregirse
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El Adviento nos
invita a volver la vista atrás, a preparar el corazón para lo que viene. El
tiempo ordinario, en cambio, nos permite avanzar con cierta rutina, casi en
piloto automático, siguiendo la inercia de los días. Pero la Cuaresma nos detiene de nuevo: nos
invita a mirar hacia dentro, a revisar nuestro corazón, a ajustar el timón y a
abrir los ojos a lo que somos y a lo que podemos ofrecer.
Retornar la
mirada hacia el interior
Y esta mirada
interior no es solo un ejercicio personal: debería ser una constante en la vida
familiar. Al igual que las habitaciones cambian a medida que crecen los niños,
también deben evolucionar los modos de hacer, de hablar y de convivir en casa.
Tenemos que
mantener esa tensión constante que busque en qué podemos mejorar. Una
deficiencia clásica en todos los hogares es la forma, la manera en que nos
dirigimos a los demás. Cómo gestionamos nuestras palabras y silencios marca
profundamente la atmósfera de nuestro hogar.
Obrar con
conciencia
Todos conocemos
la escena: alguien empieza a gritar (suele ser la madre): "¿Quién ha
cogido esto? ¿Quién lo ha sacado de su sitio?". Y solo unos minutos
después, cuando el enfado se ha asentado, descubrimos que el objeto estaba en
el cajón equivocado.
Es un momento
cotidiano, casi trivial, pero allí hay una oportunidad: el poder de callarse a
tiempo, de responder con amabilidad, de elegir la palabra justa. Esa elección,
además, puede tener un valor mucho mayor, no solo para la educación o la
convivencia.
En este
tiempo acompaña a Jesús
Porque cada
gesto que elegimos dar, cada palabra que decidimos no pronunciar, cada silencio
ofrecido con cariño puede acompañar al Señor en el Huerto de los Olivos, en el
instante exacto en que Judas lo traiciona.
Ese gesto
humilde, cotidiano, puede ser un acto de consuelo y de presencia que trasciende
la rutina de nuestra casa y se extiende hasta la Pasión del Señor. Es un
milagro silencioso: mientras resolvemos un malentendido en la cocina, mientras
calmamos un enfado infantil o dejamos pasar una palabra hiriente, estamos
sosteniendo, acompañando y consolando al mismísimo Salvador.
Es aquí donde
radica la fuerza de nuestras pequeñas semillas de amor. No necesitamos grandes
gestos para ser verdaderamente transformadores. Une al ayuno y la oración los
instantes en el que, con paciencia y amor, nos detenemos y elegimos el bien
pequeño.
Ese instante
traspasa el espacio y el tiempo, sosteniendo al Señor en su momento de mayor
soledad y traición. Y Él, que no se deja ganar en generosidad, apaciguará
nuestra sala de estar, fortalecerá los vínculos que
construimos, serán sus manos, las que como nadie, conseguirán
restaurar nuestras relaciones familiares.
Pequeños
gestos que suman
Esta Cuaresma,
como nos ha sugerido el Papa León XIV, podemos concentrarnos en lo que está al
alcance de nuestra mano: la manera en que nos hablamos, nos escuchamos y nos
acompañamos en familia.
Si aprendemos a
verlo así, cada hogar transforma el Huerto de los Olivos en un huerto donde el
Señor no está solo, donde nuestras acciones cotidianas se unen a su Pasión y le
hacemos compañía, y donde nuestra vida familiar se convierte para Él en un motivo
de orgullo, en instrumento de consuelo y presencia.
Esta es la
invitación: vivir cada instante de forma consciente, reconocer que lo pequeño
puede sostener lo grande y entender que, incluso en la vida más cotidiana,
podemos acompañar al Señor en el Huerto de los Olivos. Esta Cuaresma, en
la cocina, desde el desorden de los juguetes, cuando limpiamos el cuarto de
baño...Nuestras casas pueden acoger, aliviar al Señor en su peor noche.
Mar Dorrio
Fuente: Aleteia
