COMENTARIO AL EVANGELIO DE NUESTRO OBISPO D. JESÚS VIDAL: "ACTORES SECUNDARIOS"

No es fácil hablar de tentación en nuestra época. Y no lo es, porque esta palabra está unida en el evangelio a otras dos palabras también de difícil comprensión para el hombre y la mujer de hoy: Satanás y pecado. 
Tentaciones de Jesús. Dominio público

Para muchos de nuestros contemporáneos, parecerá una creencia infantil la existencia de un espíritu invisible, seguido por otros espíritus también invisibles, que tienen algún tipo de influencia o poder en la historia de los hombres.

Si además indicamos que este ser puede ejercer esta influencia, ya sea directa o indirecta, en la vida de cada uno de nosotros, entonces nos parecerá el guion de una película de terror del género del cine fantástico. La inexistencia de un Tentador convierte el pecado en un simple error moral, en el desconocimiento de un bien, que podría repararse con más formación o sensibilización.

Por otro lado, no es fácil justificar racionalmente que las grandes tragedias morales de la humanidad (holocaustos, genocidios, crímenes y grandes guerras…) sea solo fruto de la falta de una buena formación moral o de la falta de sensibilidad. Hay algo más. Es difícil leer los evangelios sin que aparezcan Satanás y sus ángeles. Están muy presentes en la vida de Jesús, que les combate, expulsa y aleja de los hombres. No son los protagonistas. Son actores secundarios, pero necesarios para comprender toda la trama de la vida de Jesucristo y de la nuestra.

Vemos, además, que la mayor virulencia de este combate no se da fuera, sino dentro del propio Jesús. El Hijo de Dios, es verdadero hombre y, por eso, puede ser tentado, se le puede presentar la posibilidad del pecado. Está fuera de nuestro alcance pensar la enorme turbación y la ruptura emocional que esto pudo suponerle.

Las respuestas de Jesús muestran su radical vínculo con el Padre, que el tentador intenta romper. Lo hace proponiendo a Jesús que se ponga a sí mismo en el centro de su misión: como gran benefactor de los hombres, sacando pan de las piedras; como gran taumaturgo, en el espectáculo de alzado al vuelo por los ángeles; como gran líder, al que todos obedecen sin rechistar.

Esta es la raíz del pecado: la pretensión de ponernos en el centro para que todo gire a nuestro alrededor. Aunque esto pueda estar disfrazado de buenas intenciones y de “bien de la humanidad”, no tardará en descubrirse que tales planes llevan a la esclavitud del resto. Pues cuando uno está en el centro, sólo puede tener esclavos. Esta es la gran diferencia que nos trae Jesús. Siendo Dios, nos quiere amigos libres y nos hace hermanos; Satanás y sus ángeles son incapaces de la amistad y la colaboración. Sólo reconocen amos o esclavos. Pensemos en nosotros y en las personas que conocemos, qué capacidad tenemos de generar y acoger una verdadera y libre amistad…

Y para liberarnos, Jesús se adentró en el desierto movido por el mismo Amor de Dios. Allí el Tentador no se esconde, sino que queda al descubierto. La Cuaresma, este tiempo de cuarenta días que nos va preparando para acompañar al Señor en su entrega de amor, también busca que se hagan visibles para nosotros las tentaciones cotidianas.

Ataduras, pequeñas o fuertes, muchas veces invisibles, a las que estamos ya acostumbrados y que, tal vez por eso, no notamos y no somos capaces de reconocer. Pero bastará que nos propongamos, a la luz de Dios, hacer un poco más de silencio y escucha, ser un poco más amables con nuestra familia, vecinos o compañeros de trabajo, renunciar a algo siendo más generosos… para que reparemos en cómo tira la cuerda con la que estamos atados.

Que no veamos las tentaciones y al Tentador no significa que no tengan influencia en nuestra vida. Es actor secundario. Pero no cesa de susurrarnos que nos pongamos nosotros en el centro, que sólo nosotros somos lo más importante, llenando nuestra cabeza de pensamientos victimistas. En realidad, lo que quiere es ponerse él en el centro. Dejemos a Jesucristo ser el protagonismo en nuestra vida y veremos como pronto da a nuestra vida la dignidad que merece.

+ Jesús Vidal 

Obispo de Segovia

Fuente: Diócesis de Segovia