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| Tentaciones de Jesús. Dominio público |
Para muchos
de nuestros contemporáneos, parecerá una creencia infantil la existencia de un
espíritu invisible, seguido por otros espíritus también invisibles, que tienen
algún tipo de influencia o poder en la historia de los hombres.
Si además indicamos
que este ser puede ejercer esta influencia, ya sea directa o indirecta, en la
vida de cada uno de nosotros, entonces nos parecerá el guion de una película de
terror del género del cine fantástico. La inexistencia de un Tentador convierte
el pecado en un simple error moral, en el desconocimiento de un bien, que
podría repararse con más formación o sensibilización.
Por otro
lado, no es fácil justificar racionalmente que las grandes tragedias morales de
la humanidad (holocaustos, genocidios, crímenes y grandes guerras…) sea solo
fruto de la falta de una buena formación moral o de la falta de sensibilidad.
Hay algo más. Es difícil leer los evangelios sin que aparezcan Satanás y sus
ángeles. Están muy presentes en la vida de Jesús, que les combate, expulsa y
aleja de los hombres. No son los protagonistas. Son actores secundarios, pero
necesarios para comprender toda la trama de la vida de Jesucristo y de la
nuestra.
Vemos,
además, que la mayor virulencia de este combate no se da fuera, sino dentro del
propio Jesús. El Hijo de Dios, es verdadero hombre y, por eso, puede ser
tentado, se le puede presentar la posibilidad del pecado. Está fuera de nuestro
alcance pensar la enorme turbación y la ruptura emocional que esto pudo
suponerle.
Las
respuestas de Jesús muestran su radical vínculo con el Padre, que el tentador
intenta romper. Lo hace proponiendo a Jesús que se ponga a sí mismo en el
centro de su misión: como gran benefactor de los hombres, sacando pan de las
piedras; como gran taumaturgo, en el espectáculo de alzado al vuelo por los
ángeles; como gran líder, al que todos obedecen sin rechistar.
Esta es la
raíz del pecado: la pretensión de ponernos en el centro para que todo gire a
nuestro alrededor. Aunque esto pueda estar disfrazado de buenas intenciones y
de “bien de la humanidad”, no tardará en descubrirse que tales planes llevan a
la esclavitud del resto. Pues cuando uno está en el centro, sólo puede tener
esclavos. Esta es la gran diferencia que nos trae Jesús. Siendo Dios, nos
quiere amigos libres y nos hace hermanos; Satanás y sus ángeles son incapaces
de la amistad y la colaboración. Sólo reconocen amos o esclavos. Pensemos en
nosotros y en las personas que conocemos, qué capacidad tenemos de generar y
acoger una verdadera y libre amistad…
Y para
liberarnos, Jesús se adentró en el desierto movido por el mismo Amor de Dios.
Allí el Tentador no se esconde, sino que queda al descubierto. La Cuaresma,
este tiempo de cuarenta días que nos va preparando para acompañar al Señor en
su entrega de amor, también busca que se hagan visibles para nosotros las tentaciones
cotidianas.
Ataduras,
pequeñas o fuertes, muchas veces invisibles, a las que estamos ya acostumbrados
y que, tal vez por eso, no notamos y no somos capaces de reconocer. Pero
bastará que nos propongamos, a la luz de Dios, hacer un poco más de silencio y
escucha, ser un poco más amables con nuestra familia, vecinos o compañeros de
trabajo, renunciar a algo siendo más generosos… para que reparemos en cómo tira
la cuerda con la que estamos atados.
Que no
veamos las tentaciones y al Tentador no significa que no tengan influencia en
nuestra vida. Es actor secundario. Pero no cesa de susurrarnos que nos pongamos
nosotros en el centro, que sólo nosotros somos lo más importante, llenando
nuestra cabeza de pensamientos victimistas. En realidad, lo que quiere es
ponerse él en el centro. Dejemos a Jesucristo ser el protagonismo en nuestra
vida y veremos como pronto da a nuestra vida la dignidad que merece.
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
