Creer que las emociones son un indicador del perdón de Dios resulta engañoso, por eso, Jesús quiso asegurarse de que fuera una certeza para el pecador
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Para muchas cuestiones, sobre todo si se trata del mundo espiritual,
el ser humano se comporta bastante escéptico. Por eso resulta extraño que mucha
gente se convenza de que Dios les da su perdón por el simple hecho de
"sentir bonito", expresión por demás subjetiva - como las mismas
emociones - que deja lugar a una gran duda.
Jesús nos conoce
Para tranquilidad de todos los pecadores, el Señor Jesús, perfecto
conocedor de la naturaleza humana quiso asegurarse de que los hombres y mujeres
de todos los tiempos tuviéramos la certeza de su perdón.
¿Y cómo lo hizo?, de una manera bastante simple, por cierto. Dejó
los sacramentos para que a través de ellos, los sacerdotes elegidos de entre
los hombres (Heb 5, 1), los hicieran efectivos con signos visibles,
usando objetos cotidianos, cuyos efectos sobrenaturales ayudarán a quienes los
reciban a ser cada vez menos imperfectos por la gracia recibida.
La certeza
Por eso, cuando los ministros de la Iglesia administran un
sacramento están poniendo por obra el mandato de Cristo, que bien podría haber
prescindido de las cosas, ordenando que bastaba con lo que la gente sintiera.
Pero no fue así. Quiso valerse de signos sensibles para que los sentidos los
percibieran.
Por eso, encontramos en los sacramentos dos elementos
fundamentales: la materia y la forma. Así los explica la nota Gestis Verbisque Sobre la validez de
los sacramentos:
"La materia del Sacramento consiste en la acción
humana a través de la cual actúa Cristo. En ella, a veces, está presente un
elemento material (agua, pan, vino, aceite), otras veces un gesto
particularmente elocuente (señal de la cruz, imposición de las manos,
inmersión, infusión, consentimiento, unción) (n. 13).
La forma del Sacramento está constituida por la palabra,
que confiere un sentido trascendente a la materia, transfigurando el
significado ordinario del elemento material y el sentido puramente humano de la
acción realizada" (n. 14).
Escuchamos el perdón
De esta manera tenemos la seguridad de que Dios nos perdona cada
vez que nos confesamos porque recibimos la absolución de nuestros pecados por
medio de las palabras que pronuncia el sacerdote:
"Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del padre, y del
Hijo y del Espíritu Santo".
El ministro habla en nombre de Dios. El perdón viene de Dios, él
solamente transmite lo que le ha sido otorgado para bien del penitente. Ese
mandato lo encontramos en los evangelios de Juan
20, 23 y Mateo
18, 18.
No es suficiente, por lo tanto, "sentir". Por supuesto
que es posible percibir un gran alivio, pero si no ocurre, no pasa nada. La confesión
bien hecha y la absolución dada bastan para estar seguros de que Dios nos ha
perdonado.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
