![]() |
| Dominio público |
Somos
conscientes de sus sufrimientos y desvelos para sacar las cosechas adelante, su
mirada al cielo y a los mercados para ver si habrá cosecha y si esta será, al
menos, sostenible.
Yo no se mucho del campo y la agricultura. Poco a poco, en esta España rural, voy preguntando con interés a unos y a otros intentando aprender algo. Parece que Jesús, a pesar de ser artesano, sí sabía mucho del campo.
No sabemos si porque
habría tenido también un campo en Nazaret o porque preguntaba a los paisanos y
observaba. Pero está claro que sabía, porque usa muchas imágenes agrícolas en
su enseñanza. En el caso del evangelio de este domingo nos habla de un uso de
la sal que, al menos a mí me resultaba extraño: la sal de la tierra.
Como digo,
no sé mucho del campo, pero yo pensaba que echar sal a tierra no la iba a
ayudarla precisamente mucho a dar fruto. (De hecho, me viene a la mente la
expresión, más bien negativa, de sembrar un campo de sal). Pero veamos qué nos
dice Jesús.
En la
enseñanza de la montaña, sobre la vida de los hijos de Dios, utiliza al
principio tres imágenes: una sal que se hecha en la tierra, una ciudad abierta
a la acogida y puesta en lo alto de un monte y una lámpara encendida que
ilumina toda la casa.
La primera
imagen no se refiere a la sal de la comida. Se refiere a una sal que se hecha
en la tierra. Investigando un poco, algunos autores señalan que se puede referir
a un tipo de mezcla mineral que se recogía en las orillas del mar muerto y que
ayudaba a hacer fértil la tierra y a acelerar la fermentación de los abonos. Esta
lectura se ve corroborada por el texto paralelo del Evangelio según san Lucas (en el capítulo 14). Allí dice que, si la
sal se desvirtúa, no vale para echarla a la tierra ni al estercolero. Si ese
compuesto se almacenaba mal o se humedecía, podía perder su fuerza
fertilizante. Entonces se utilizaba para echarla en los caminos y que la pisara
la gente.
El sentido
de esta imagen queda complementado con las otras dos. La segunda imagen nos
habla de una ciudad encendida en medio de la noche que sirve como faro de
referencia. Todo el mundo la ve y mantiene sus puertas abiertas a los
peregrinos que llegan en la noche. La tercera imagen se refiere a unas pequeñas
lámparas de aceite para iluminar las pequeñas casas, que no se ponían en el
celemín, medida hecha generalmente de madera, ya que taparía la luz, sino en
unas pequeñas estanterías, construidas en lo alto de las estancias para dar así
luz a todos.
El sentido
de estas imágenes es que la fe no tiene su finalidad en sí misma, sino en los
demás. Si nos fijamos en la vida de Jesús, su principal afán es mostrar a todos
al Padre y llevarnos a Él. Como la sal, ayudamos a que la vida de los hombres
sea fecunda mostrándoles al Padre; como la ciudad, la Iglesia, ha de estar
abierta a acoger a todos en la comunión con el Padre; como la lámpara, Jesús ha
sido puesto en el candelero de la cruz para iluminar a todos y atraernos al
Padre.
La vida de
Cristo, cuando se acoge, es en sí misma generativa, porque tiene la potencia
del Padre. Este el sentido de nuestra vida como discípulos de Jesucristo. Que
todos puedan conocer al Padre. De lo contrario viviremos conforme a formas
cristianas, pero no seremos cristianos. Así se forma un cristianismo insulso y
sin fuerza. Dejemos que el poder de Dios se desarrolle en nosotros, en la
comunión de la Iglesia y unidos a la fuerza de la Cruz en la que el Amor está
elevado.
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
