Más de un millar de sacerdotes de la archidiócesis de Madrid se han encontrado en una asamblea presbiteral única que ha supuesto un impulso en su ministerio y en su servicio al pueblo de Dios
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| Fotos: Archimadrid/Javier Ramírez |
Buscaban la
comunión y lo que han vivido estos días ha sido precisamente eso, «una
experiencia de comunión». Lo decía Michele Taba, profesor en
San Dámaso, formador en el Seminario Redemptoris Mater. Diego Guerrero,
sacerdote en el Colegio Mayor Moncloa, era un poquito más expresivo: «Es un
subidón». La veteranía y la juventud. Veterano de raza era Eduardo
López, adscrito en la parroquia Santa Bárbara, 89 años, ordenado en 1960,
los últimos 30 años de su vida activa en el Tribunal de la Rota: «CONVIVIUM me
parece ideal para conocernos un poco más, para que nos entendamos el clero
joven con el clero mayor». Diferentes edades, diferentes sensibilidades,
diferentes espiritualidades, pero un único sacerdocio en Jesucristo. Esto ha
sido CONVIVIUM. Caminar juntos por el bien del presbítero y
del pueblo al que sirve. Ya lo pedía el cardenal José Cobo en la inauguración:
«Que este tiempo nos haga más curas, que nos renueve por dentro, que nos haga
sentirnos Iglesia viva». Los sacerdotes religiosos aportaban la vivencia de la
fraternidad; los diocesanos, la diocesaneidad; los más jóvenes, la energía; los
más mayores, la experiencia. Francisco Ramírez, seminarista de 5º curso, lo
explicaba así: «Los mayores están más preocupados con el ser y, los jóvenes,
con el hacer». La diferencia intergeneracional, una riqueza en sí misma que
para muchos ha sido novedad. «Ha habido una escucha mutua, respeto y cariño; y
yo, como cura joven, he aprendido mucho de la historia de los sacerdotes
mayores», apuntaba Guerrero.
Podría decirse
que nunca en Madrid se había visto a tantos curas juntos. Más
de un millar han asistido. Asombraban a los usuarios del Metro, de camino al
Auditorio Pablo VI, y a los propios voluntarios de la Vicaría del Clero —más
de 60— que los han atendido estos días con la idea de devolverles, en parte,
todo lo que han recibido de ellos. «Es lo mínimo que se puede hacer por alguien
que nos está dando su vida», decía Gema. Ha habido «fraternidad en el Espíritu,
en un entorno muy bien organizado para dialogar en libertad y, sobre todo,
escuchando», comentaba Miguel de la Lastra, agustino. Destacaba
también la escucha Ignacio Sánchez, párroco de Virgen del Camino,
sobre todo de aquellos que «no conocía. Esto es una riqueza buenísima».
CONVIVIUM ha
sido ahondar en qué es ser sacerdote en Madrid hoy. Su llamada a la
santidad, como bautizado que es; su vocación al amor —«somos sacerdotes para
amar», incrustó el cardenal Bustillo en el corazón de los asistentes—; el poner
lo que uno tiene (muy poco, muy sencillo, cinco panes), y ya el Señor hará el
milagro, como recordó el cardenal Cobo en la Misa del lunes
por la tarde. Y ese recorrido que propuso el Papa León XIV por la
catedral de la Almudena como metáfora del ser sacerdote: la fachada, una vida
coherente; el umbral que da paso al espacio sagrado, el celibato, la pobreza y
la obediencia; el hogar común, la fraternidad sacerdotal; las columnas, la
tradición y el magisterio de la Iglesia; la pila bautismal y el confesionario,
los sacramentos; las capillas, los carismas; y el altar y el sagrario, el
centro de todo, donde se actualiza el sacrificio de Cristo y donde «permanece
Aquel que habéis ofrecido».
CONVIVIUM ha
sido volver al amor primero para llevarlo a Madrid. «La Iglesia existe para
anunciar a Jesucristo», retoma Taba. «Hemos reflexionado sobre nuestro ser
y ahora hablamos de la misión como centro de la tarea que Cristo encomienda a
su Iglesia», en una sociedad con «gran sed de Dios, de algo que dé sentido y
alegría, de hambre de relaciones auténticas». Enrique González,
párroco de Nuestra Señora del Buen Suceso, le aseguraba al cardenal que «nos
tiene a muerte para evangelizar», pero para eso hay que «hacer las cosas bien y
juntos» en un proceso de conversión pastoral. También César Montero,
párroco de Santa Luisa de Marillac, destacaba la «cercanía del obispo, para que
nos anime a animar a nuestras comunidades parroquiales». Porque no olvidan que
son servidores. Pedro Manzano, párroco de Nuestra Señora del
Enebral (Collado Villalba) pedía «frutos de renovación en el clero que ayuden a
un mayor acercamiento a la realidad de nuestra diócesis».
Las
rosquillas de las oblatas
En los trabajos
previos a CONVIVIUM se concluyó que el pueblo de Dios quiere a sus presbíteros.
Los reconoce, les agradece y se preocupa por ellos. Ha habido laicos en la
asamblea. Como Miguel Vallejo, joven casado y padre: «Es
superilusionante; en el corazón de estos hombres está el vivir en comunión». Y
esto es una «esperanza muy grande para la Iglesia y el principio de un camino
en el que los queremos acompañar». Los ha acompañado también la vida religiosa,
aunque no físicamente. Las Oblatas de Cristo Sacerdote, consagradas en
oblación por los sacerdotes, prepararon 2.000 rosquillas para el café.
Nadie como ellas, madres, sabe cuidar. Lo hicieron por turnos durante la semana
previa, preparándolas día y noche. El anuncio de este regalo provocó uno de los
aplausos más jubilosos de CONVIVIUM. El otro fue cuando el cardenal Cobo, ya en
la clausura de la asamblea, dijo rotundo: «Gracias por ser curas». Sus
conclusiones se resumieron en las siguientes palabras o expresiones: caminar
juntos, convocados, centralidad en el encuentro con Cristo, escucha, humildad,
diversidad, laicos, cuidarnos, fraternidad sacerdotal. Y, ahora, «a seguir
trabajando».
Begoña Aragoneses
Fuente: Alfa y Omega
