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| Dominio público |
I. Jesús pasó la mayor parte de su
vida aquí en la tierra, en la oscuridad de un pueblo, a 140 kilómetros de
Jerusalén. Vivía en una casa modesta con su Madre, María, pues José debió haber
fallecido ya en ese tiempo. Dios Hombre trabajaba como los demás hombres del
pueblo. Cuando Jesús vuelve más tarde a Nazaret, sus paisanos se extrañan de su
sabiduría y de los hechos prodigiosos que de Él se cuentan; le conocen por su
oficio y por ser Hijo de María: ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se
llama María su madre? (Mateo 13, 55). Jesús, en estos años de vida oculta en
Nazaret, nos está enseñando el valor de la vida ordinaria como medio de
santificación. Nuestros días pueden quedar santificados si se asemejan a los de
Jesús en esos años de vida oculta y sencilla: si trabajamos a conciencia y
mantenemos la presencia de Dios en la tarea, si vivimos la caridad, si sabemos
aceptar las contradicciones, si ayudamos a los demás y los acercamos a Dios.
II. Si contemplamos la vida de Jesús
en esos días de vida oculta le veremos trabajar bien, sin chapuzas, llenando
las horas de trabajo intenso. Nos imaginamos al Señor dejando ordenados los
instrumentos de trabajo, recibiendo afablemente al vecino. Tendría Jesús el
prestigio de hacer las cosas bien, todo lo hizo bien (Marcos 7, 37). Jesús amó
su humilde labor nuestra y nos enseñó a amar la nuestra. El Señor conoció
también el cansancio de la faena diaria, y experimentó la monotonía de los días
sin relieve y sin historia aparente. Contemplando al Señor, entendemos que no
podemos santificar un trabajo mal hecho. Hemos de aprender a encontrar a Dios
en nuestras ocupaciones humanas, a ayudar a nuestros conciudadanos y a contribuir
a elevar el nivel de la sociedad entera y de la creación.
III. Con nuestro trabajo habitual
tenemos que ganarnos el Cielo, por eso debemos imitar a Jesús. Ahí
encontraremos un campo abundante de pequeñas mortificaciones que procuraremos
llevar de la mejor manera, y también encontraremos muchas ocasiones de
rectificar la intención para que realmente sea una obra ofrecida a Dios y no
una ocasión de buscarnos a nosotros mismos. Le pedimos a Jesús que nos abra la
puerta del taller de Nazaret con el fin de contemplarlo con su Madre y con San
José.
