Hakuna Group Music demuestra que la juventud católica puede ser alegre, comprometida y celebrar su fe sin pedir permiso, mientras provoca alarma en sectores progresistas de España
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| Concierto de Hakuna en Madrid. Juan Cadarso |
Si hay algo que
revela el absurdo de ciertos sectores progresistas españoles es su reacción
ante la música de jóvenes católicos que deciden celebrar
su fe con entusiasmo y compromiso. Sí, hablamos de Hakuna
Group Music, un grupo que convierte conciertos en auténticos rituales de
alegría y espiritualidad, mientras algunos adultos progresistas los observan
con el mismo horror que si presenciaran un colapso cultural.
La escena es
deliciosa: adolescentes, mayores, monjas, sacerdotes... saltando, cantando y
conectando con algo más grande que ellos mismos… y detrás, un coro invisible
de progresistas alarmistas redactando mentalmente comunicados
de emergencia: “¡Peligro! ¡Los católicos se están divirtiendo demasiado!”. La
ironía es implacable: lo que estos críticos consideran amenaza es, en realidad,
un acto de libertad, de vitalidad y de inteligencia emocional.
Hakuna no solo
toca música: toca la fe en acción. Porque lo que aterroriza a la
izquierda progre no es la religiosidad, sino ver que los jóvenes pueden
ser católicos, alegres y comprometidos al mismo tiempo. Una combinación que
desafía la narrativa dominante: juventud = irreverencia, fe = solemnidad,
compromiso = aburrimiento. Hakuna demuestra, con cada acorde y cada coro, que
estas características pueden coexistir sin contradicción.
Los grandes
pensadores contemporáneos podrían sonreír ante esta paradoja: la
alegría auténtica, la fe genuina y la juventud consciente se convierten en
actos subversivos no por lo que hacen, sino por lo que desbaratan: la narrativa
rancia de que la religión es triste, la espiritualidad aburrida y los jóvenes
irrelevantes. La música de Hakuna funciona como un espejo implacable: devuelve
el miedo al entusiasmo, al compromiso y a la libertad que ciertos adultos
sostienen en secreto y temen en público.
Pero Hakuna es
más que entretenimiento. Es un recordatorio de que la fe no necesita
solemnidad para ser profunda, ni nostalgia para ser auténtica. Su
espiritualidad tiene ritmo, pulso y cuerpo. Tiene alegría y humor. Y
sobre todo, tiene valor: el valor de ser visibles, de comprometerse
y de sostener una tradición sin dejar de ser contemporáneos.
Aquí reside la
parte más deliciosa: los que chillan “¡Peligro!” ante un concierto católico son
los mismos que aplauden cualquier festival pop irreverente sin pestañear. La
ironía es brutal: la música de Dios aterroriza, pero el último hit banal es
inofensivo. Hakuna demuestra que la fe puede ser rebelde, pero amable;
firme, pero divertida; profunda, pero accesible. Y eso provoca histeria.
Porque lo que
está en juego no es solo un concierto ni un fenómeno juvenil: es la
libertad de la juventud de vivir su fe sin pedir permiso, de construir
comunidad sin solemnidad impostada, de reír y llorar sin que nadie etiquete sus
emociones como “riesgo cultural”. Hakuna Group Music no busca agradar a la
corrección política, ni tranquilizar sensibilidades rancias: su éxito pone
de manifiesto la absurdidad de quienes temen que la juventud pueda ser
católica, comprometida y alegre a la vez.
La música y la
fe no son superficiales. Cada nota, cada letra, cada coro cargado de entusiasmo
es un acto de comunicación espiritual, una manera de decir que
creer y celebrar no son opuestos. La música transforma la rutina del culto en
experiencia compartida, hace tangible la fe y convierte el compromiso en algo
deseable y contagioso. Mientras los críticos intentan racionalizar su alarma,
los jóvenes de Hakuna enseñan que la fe también se vive con intensidad, alegría
y cuerpo.
Al final, la
historia de Hakuna no es un triunfo de la música ni de la fama: es un triunfo
de la fe viva, de la juventud consciente y de la alegría que
desafía la mediocridad intelectual y moral. Y si esto hace que la izquierda
progre se escandalice, que se escandalice: los jóvenes de Hakuna seguirán
cantando, celebrando y mostrando que la espiritualidad no se doméstica,
no se teme y no se calla.
Mientras
algunos tertulianos preocupados se enroscan en su propia seriedad, Hakuna
demuestra que la fe con ritmo, sentido y humor no solo es posible, sino
inevitable. Y, francamente, mucho más divertida que cualquier debate
académico sobre corrección política.
Matilde
Latorre de Silva
Fuente: ReligiónenLibertad
