El mundo brinda una corona a la medida de cada uno para que creamos que merecemos que nos rindan pleitesía. ¿De cuál te despojarías tú para ofrecerla a Cristo?
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Poder, riqueza
y placer son tentaciones temporales que el mundo brinda en forma de corona
hecha a la medida de cada uno. Y cuando encontramos la que nos queda mejor,
sentimos que podemos mirar a los demás hacia abajo, como si fuéramos
superiores, sin comprender que Cristo llevó una corona de espinas por nuestros
pecados. ¿De cuál te despojarías tú para ofrecerla al Rey de reyes?
La soberbia
nos mueve
Basta recordar
que la naturaleza humana - y antes que la nuestra, la angélica - deseó
emparejarse a la altura de la Divinidad. La soberbia le hizo rebelarse en
contra de su Creador, haciéndola perder el paraíso (cfr. Gén 3).
Sin embargo, la lección no fue aprendida por sus descendientes.
Por eso, la
Biblia advierte sobre las consecuencias de desobedecer los mandatos de Dios:
"Reprendes
a los soberbios, malditos los que se apartan de tus mandatos" (Salmo
119, 21).
Y para muestra,
tenemos muchos pasajes donde verificamos lo que le ocurre a los arrogantes, por
ejemplo, cuando los hombres construyeron la torre de Babel (Gén 11),
O uno más
dramático, cuando un grupo se opuso a Moisés y Aarón, desatando el castigo para
esa gente, como leemos en el libro de los Números:
"... si el
Señor realiza algo inusitado –si la tierra abre sus fauces para tragarlos con
todos sus bienes y ellos bajan vivos al Abismo– ustedes sabrán que esta gente
ha despreciado al Señor". Apenas Moisés terminó de pronunciar estas
palabras, el suelo se partió debajo de sus pies, la tierra abrió sus fauces y
los tragó junto con sus familias, con toda la gente de Coré y con todos sus
bienes" (Núm 16, 30-32).
Despójate de
tu corona
Por eso, el
ejemplo supremo de humildad es Cristo hecho hombre, Dios que nos ha amado hasta
el extremo y que renunció a su infinita dignidad para ser semejante a nosotros.
Si Él ha se ha abajado hasta ese grado, ¿por qué nosotros imaginamos que
merecemos que se nos rinda pleitesía?
Dios ha
permitido que algunos nazcan en "pañales de seda" y otros en
condiciones menos afortunadas - Él prefirió esta última - pero en ningún
momento soliviantó a sus discípulos en su contra porque su Reino "no es de
este mundo" (Jn 18, 36).
No nos
equivoquemos entonces. El hecho de tener o saber más que otros, no nos hace
mejores. Por el contrario, el que ha sido favorecido con mayor número de dones,
que se haga servidor de sus hermanos (Mc 9,
35).
Por eso, las
coronas terrenales de la riqueza, el poder, el placer y todo lo que nos tiente
con diferenciarnos de nuestros semejantes deben ser destruidas.
Cada uno debe
examinarse y, a la luz del Espíritu Santo, despojarse de su corona de vanidad y
ofrecerla a Cristo como ofrenda de conversión. Que Dios nos ayude y María
santísima nos acompañe en el proceso de nuestra vuelta a Jesús, el Salvador del
mundo.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
