CÓMO ES LA LUCHA ESPIRITUAL SEGÚN ESTE PADRE DEL DESIERTO

La vida espiritual no está exenta de lucha, pero Dios no pide hazañas imposibles, tal es la lección este Padre del Desierto, el abad Atanasio

P Deliss / GODONG

Un Padre del Desierto, el monje Atanasio, del monasterio de San Sabas en Palestina, es testigo de una cierta relajación entre los religiosos que le rodean. No es que hagan cosas reprochables, pero la lucha espiritual ya no es como antes. Este es su testimonio:

"Nuestros padres practicaron hasta su muerte el dominio de sí mismos y la pobreza; nosotros, en cambio, hemos engordado el vientre y la bolsa". El anciano añade: "En tiempos de nuestros Padres, se procuraba no distraerse; hoy en día, nos dominan la cocina y el trabajo manual". 

Los que luchan y los demás

Entonces se le ocurre una pregunta sobre cuál es la actitud correcta:  

Abba Athanasius nos contó también lo siguiente: "Un día me surgió una pregunta en estos términos:

"¿Qué hay para los que luchan y para los que no luchan?". Entonces caí como en éxtasis y alguien vino y me dijo: "Sígueme". Y me llevó a un lugar lleno de luz; me colocó cerca de una puerta, cuya belleza es imposible de describir; oímos, como procedentes de una multitud innumerable en el interior, voces que cantaban a Dios.

Cuando llamamos, alguien oyó dentro y preguntó: "¿Qué quieren?" Mi guía respondió: "Queremos entrar". El individuo me respondió diciendo: "No se entra aquí si se vive en la negligencia; si quieres entrar, ve a luchar, sin tener en cuenta nada de este mundo vano".

El deseo constante de amar sin reservas

Abba Atanasio se pregunta si realmente es importante "molestarse por todo", como repetían los pioneros del monacato. ¿No bastaría con una vida normal, equilibrada, sin esfuerzos excesivos? La respuesta que recibe del cielo, con toda la solemnidad necesaria, no deja lugar a dudas: "No se entra aquí [en la ciudad santa] si se vive en la negligencia".

La expresión es muy acertada: el cielo no pide hazañas, proezas de ascetismo o recogimiento, sino una hermosa constancia en la oración y la penitencia. ¡Evitar la negligencia! Eso es: no avanzar a regañadientes, midiendo nuestro esfuerzo, demasiado sensibles a nuestros estados de ánimo, que nos hacen abandonar la oración y luego renunciar a la penitencia por cualquier cosa.

Lo que necesitamos es ese deseo obstinado de amar a Jesús sin escatimar esfuerzos. Eso es lo que hay que pedirle como gracia, para empezar.

Sophie Baron

Fuente: Aleteia