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| El Papa en el Aula Pablo VI | Crédito: captura de pantalla Vatican Media |
El Papa León XIV ha continuado este miércoles con el ciclo de catequesis sobre el Concilio Vaticano II en la que ha profundizado en la Constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina Revelación. Lea aquí el texto de la Audiencia General.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hemos iniciado el ciclo de catequesis sobre el Concilio Vaticano
II. Hoy comenzamos a profundizar en la Constitución dogmática Dei Verbum sobre
la divina Revelación. Se trata de uno de los documentos más bellos y más
importantes de la asamblea conciliar; para introducirnos en él, puede sernos
útil recordar las palabras de Jesús: «Ya no los llamo servidores, porque el
servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a
conocer todo lo que oí de mi Padre» (Jn 15, 15).
Este es un punto fundamental de la fe cristiana que nos recuerda
la Dei Verbum: Jesucristo transforma radicalmente la relación del hombre con
Dios; de ahora en adelante, será una relación de amistad. Por eso, la única
condición de la nueva alianza es el amor.
Al comentar este pasaje del cuarto Evangelio, San Agustín
insiste en la perspectiva de la gracia, que es la única que puede hacernos
amigos de Dios en su Hijo (Comentario al Evangelio de Juan, Homilía 86).
Efectivamente, un antiguo lema decía: “Amicitia aut pares invenit, aut facit”,
“la amistad o nace entre iguales o los hace tales”. No somos iguales a Dios,
pero Dios mismo nos hace semejantes a Él en su Hijo.
Por eso, como podemos ver en todas las Escrituras, en la Alianza
hay un primer momento de distancia, ya que el pacto entre Dios y el hombre
permanece siempre asimétrico: Dios es Dios y nosotros somos criaturas. Pero con
la venida del Hijo en la carne humana, la Alianza se abre a su fin último: en
Jesús, Dios nos hace hijos y nos llama a hacernos semejantes a Él a pesar de
nuestra frágil humanidad.
Las palabras del Señor Jesús que
hemos recordado – “Yo los llamo amigos” – son retomadas en la Constitución Dei
Verbum, que afirma: «Por esta revelación, Dios invisible (cfr. Col 1,15; 1Tm
1,17) habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor, y mora con
ellos (cfr. Bar 3,38), para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos
en su compañía» (n. 2).
El Dios del Génesis ya se manifestó a nuestros primeros padres,
dialogando con ellos (cfr. Dei Verbum, 3); y cuando este diálogo se interrumpió
a causa del pecado, el Creador no dejó de procurar encontrarse con sus
criaturas y establecer una alianza con ellas cada vez.
En la Revelación cristiana, es decir, cuando Dios se hace carne en su Hijo para
venir a buscarnos, el diálogo que se había interrumpido se restablece de manera
definitiva: la Alianza es nueva y eterna, nada nos puede separar de su amor.
La Revelación de Dios, por tanto, posee el carácter dialógico de
la amistad y, como sucede en la experiencia de la amistad humana, no soporta el
mutismo, sino que se alimenta del intercambio de palabras verdaderas.
La Constitución Dei Verbum nos recuerda también esto: Dios nos
habla. Es importante comprender la diferencia entre la palabra y la charla:
esta última se detiene en la superficie y no realiza una comunión entre las
personas, mientras que en las relaciones auténticas, la palabra no solo sirve
para intercambiar informaciones y noticias, sino también para revelar quiénes
somos. La palabra posee una dimensión reveladora que crea una relación con el
otro. Así, hablándonos, Dios se nos revela como Aliado que nos invita a la
amistad con Él.
Desde esta perspectiva, la primera actitud que hemos de cultivar es la escucha,
para que la Palabra divina pueda penetrar en nuestras mentes y en nuestros
corazones. Al mismo tiempo, estamos llamados a hablar con Dios, no para
comunicarle lo que Él ya sabe, sino para revelarnos a nosotros mismos.
De ahí la necesidad de la oración, en la que estamos llamados a
vivir y cultivar la amistad con el Señor. Esto se realiza, primeramente, en la
oración litúrgica y comunitaria, en la que no somos nosotros quienes decidimos
qué escuchar de la Palabra de Dios, sino que es Él mismo quien nos habla por
medio de la Iglesia. Además, se cumple en la oración personal, que tiene lugar
en el interior del corazón y de la mente. Durante la jornada y la semana del
cristiano no puede faltar el tiempo dedicado a la oración, a la meditación y a
la reflexión. Solo cuando hablamos con Dios podemos también hablar de Él.
Nuestra experiencia nos dice que las amistades pueden terminar a
causa de algún gesto clamoroso de ruptura, o también por una serie de
desatenciones cotidianas que desgastan la relación hasta romperla.
Si Jesús nos llama a ser sus amigos, intentemos no desoír su llamada.
Acojámosla, cuidemos esta relación, y descubriremos que la amistad con Dios es
nuestra salvación.
Por Papa León XIV
Fuente: ACI Prensa
