Ante la inquietud causada por los encuentros ecuménicos sostenidos en el Vaticano y previstos para el primer viaje apostólico que realizará el Santo Padre a Turquía y el Líbano, ¿qué es el ecumenismo y cómo se expresa en la doctrina católica?
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| Antoine Mekary | ALETEIA |
El
Decreto Unitatis redintegratio, del
Concilio Vaticano II, sobre el ecumenismo (21 noviembre 1964), nos ofrece una
clara orientación acerca de este tema. Este Decreto ha sido base de otros
documentos como la Carta encíclica Ut
unum sint, de san Juan Pablo II, sobre el empeño ecuménico (25
mayo 1995); así como faro en la celebración de los encuentros ecuménicos
llevados a cabo por los papas post conciliares, san Pablo VI, san Juan Pablo
II, Benedicto XVI, Francisco y León XIV; y guía en sus mensajes y discursos
pronunciados a este propósito. Cabe precisar que el ecumenismo no es fruto
conciliar, sino que este le vino a dar un nuevo impulso misionero. Los papas
anteriores también celebraron encuentros ecuménicos, fundados en la natural
vocación a la unidad de toda la Iglesia de Cristo a la que ellos, en primer
lugar, fueron llamados a servir en su ministerio petrino.
Etimología
de ecumenismo
Ecumenismo
tiene como origen la voz griega οἰκουμένη que
significa, literalmente, tierra habitada. Tal significado lleva a concluir que
el destinatario de la voz y misión de la Iglesia es todo el mundo; es decir,
todas las personas. En efecto, la Iglesia tiene una vocación universal (esto
significa ‘católico’). Su palabra y misión están dirigidas, naturalmente, no
sólo a sus hijos que se encuentran en el redil eclesial, sino a todas las
personas, incluso las que no comparten nuestro mismo credo. Esto es así ya que
la Iglesia de Cristo, siendo una y única, no puede sino llamar a todas las
personas, con solícito celo apostólico y pastoral, a la unidad en Jesucristo en
el seno de su Iglesia católica.
En la práctica,
la palabra ecumenismo tiene, también, una segunda acepción; a saber, la
tendencia a la restauración de la unidad perdida con las iglesias cristianas;
particularmente las ortodoxas y anglicana; y por extensión –aunque no son
propiamente iglesias– las comunidades cristianas nacidas de la Reforma que
comparten el bautismo trintario.
La Iglesia
de Cristo: una y única
La voluntad de
Dios Padre al enviarnos a su Hijo fue la redención de todo el género humano.
Este hecho sienta el precedente de la vocación a la unidad de todos en Cristo
redentor. Prueba de ello es la oración que nuestro Señor ofrece al Padre
momentos antes de su pasión: "Que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en
mi y yo en tí, para que también ellos sean en nosotros, y el mundo crea que Tú
me has enviado" (Jn 17, 21-23).
Con tal
precedente, no es extraño que el apóstol Pablo, lleno del Espíritu Santo
derramado en Pentecostés, exhorte a la naciente Iglesia en estos mismos
términos de unidad: "Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como habéis sido
llamados en una esperanza, la de vuestra vocación. Un solo Señor, una sola fe,
un solo bautismo" (Ef 4,5). Esta unidad de la Iglesia, imagen y fruto de
la unidad trinitaria, la reconoce Unitatis redintegratio (UR),
en la constitución jerárquica y misión de la Iglesia:
“Para el
establecimiento de esta su santa Iglesia en todas partes y hasta el fin de los
tiempos, confió Jesucristo al Colegio de los Doce el oficio de enseñar, de
regir y de santificar. De entre ellos destacó a Pedro, sobre el cual determinó
edificar su Iglesia, después de exigirle la profesión de fe; a él prometió las
llaves del reino de los cielos y previa la manifestación de su amor, le confió
todas las ovejas, para que las confirmara en la fe y las apacentara en la
perfecta unidad, reservándose Jesucristo el ser El mismo para siempre la piedra
fundamental y el pastor de nuestras almas” (n. 2).
En
consecuencia, todo ecumenismo tiende naturalmente al restablecimiento de la
unidad de la Iglesia según el orden divino señalado en la Palabra, corroborado
en la Tradición e instruido en el magisterio.
Las Iglesias
cristianas no católicas
La Iglesia
lamenta el pecado de la división, al tiempo que extiende sus brazos para
alcanzar a todos los bautizados, incluso aquellos que se encuentran separados
por defecto humano histórico, pero unidos por la gracia sacramental del
bautismo.
“En esta una y
única Iglesia de Dios, ya desde los primeros tiempos, se efectuaron algunas
escisiones que el Apóstol condena con severidad, pero en tiempos sucesivos
surgieron discrepancias mayores, separándose de la plena comunión de la Iglesia
no pocas comunidades, a veces no sin responsabilidad de ambas partes. pero los
que ahora nacen y se nutren de la fe de Jesucristo dentro de esas comunidades
no pueden ser tenidos como responsables del pecado de la separación, y la
Iglesia católica los abraza con fraterno respeto y amor; puesto que quienes
creen en Cristo y recibieron el bautismo debidamente, quedan constituidos en
alguna comunión, aunque no sea perfecta, con la Iglesia católica” (UR, n. 3).
La plenitud
de los medios para la salvación
La Iglesia,
fiel a su vocación, no cesa de llamar a la unidad puesto que es sacramento de
salvación. Su celo apostólico la lleva a procurar la unidad a fin de que ningún
alma se pierda (Cf. 2 Pe 3, 9; Mt 18, 12-14):
“Solamente por
medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de la salvación,
puede conseguirse la plenitud total de los medios salvíficos. Creemos que el
Señor entregó todos los bienes de la Nueva Alianza a un solo colegio
apostólico, a saber, el que preside Pedro, para constituir un solo Cuerpo de
Cristo en la tierra, al que tienen que incorporarse totalmente todos los que de
alguna manera pertenecen ya al Pueblo de Dios. Pueblo que durante su
peregrinación por la tierra, aunque permanezca sujeto al pecado, crece en
Cristo y es conducido suavemente por Dios, según sus inescrutables designios,
hasta que arribe gozoso a la total plenitud de la gloria eterna en la Jerusalén
celestial” (UR, n. 3).
Todos
estamos llamados al trabajo ecuménico
Vista la
voluntad de Dios a la unidad, es menester que todos los fieles colaboremos con
nuestros pastores en la empresa ecuménica. Lo podemos hacer de diversa manera:
a) Evitando
palabras, juicios y actos ajenos a la justicia y la verdad ya que todo esto en
lugar de unir, acentúa la distancia.
b) Dialogando
con respeto, caridad y verdad, conscientes de que esta última no se impone,
sino que se comparte gozosamente, dando razón de ella y testimoniando el fruto
de paz y caridad consecuentes.
c) Orando con y
por los hermanos y comunidades separadas.
d) Orando con y
por el Santo Padre y los Obispos en comunión con él, para que el Espíritu Santo
les continúe animando y conduciendo en su misión ecuménica.
e) Evitando el
participar en acciones –principalmente publicaciones en redes sociales– y
asociaciones que promueven la separación y critican –incluso, condenan– al Papa
y los Obispos por sus acciones pastorales en orden al ecumenismo.
f) Y
principalmente, testimoniando el don inestimable de la unidad por el bautismo
en la Iglesia de Cristo:
“Pues, aunque
la Iglesia católica posea toda la verdad revelada por Dios, y todos los medios
de la gracia, sin embargo, sus miembros no la viven consecuentemente con todo
el fervor, hasta el punto que la faz de la Iglesia resplandece menos ante los
ojos de nuestros hermanos separados y de todo el mundo, retardándose con ello
el crecimiento del reino de Dios. Por tanto, todos los católicos deben tender a
la perfección cristiana y esforzarse cada uno según su condición para que la
Iglesia, portadora de la humildad y de la pasión de Jesús en su cuerpo, se
purifique y se renueve de día en día, hasta que Cristo se la presente a sí
mismo gloriosa, sin mancha ni arruga” (UR, n. 4).
Luís Carlos
Frías
Fuente: Aleteia
