| Dominio público |
No se muy bien por qué, siempre se me ha quedado en la memoria esta expresión con la que se refiere a los que se han muerto en el Señor una antigua oración de la Iglesia, conocida como canon romano, y que es una de las plegarias que podemos utilizar en la misa. Y digo que no se por qué se me ha grabado, ya que no es precisamente la más utilizada.
Pensando en ello, creo que encuentro en esta
expresión dos ideas que me ayudan a encontrar consuelo y esperanza en el dolor
por la pérdida; ya sea la vivida por mí mismo, ya sea para acompañar e intentar
dar consuelo a otros.
La primera
de ellas es la de que la vida es una peregrinación. Ellos son los que nos han
precedido. Es decir, que, de repente, han dado un salto y se han plantado al
final. Pienso en un juego de la oca en el que todos vamos avanzando y de
repente uno cae en una casilla y desaparece. Pero, para sorpresa de todos, esta
casilla no lleva a “la cárcel” o de nuevo a la “salida”, sino que lleva al
final. Y esto cambia todo porque, aunque ahora añore mucho hablar o compartir
el tiempo con esta persona, tengo la certeza de que me la encontraré al final,
cuando yo caiga en esa casilla en la que, antes o después caeré. Por lo tanto,
la ausencia se convierte en espera. Fatigosa y dolorosa, ciertamente, pero también
llena de esperanza.
La idea de
“volvernos a encontrar” es un elemento muy potente de nuestra cultura católica
y no debemos perderlo. Este es el sentido de rezar por los difuntos y de
visitar los cementerios, como haremos estos días. No es simplemente un
melancólico recuerdo del pasado, sino esperanza del encuentro futuro. ¿Dónde
volveremos a encontrarnos? Poco antes, en la última cena, Jesús dice que va a
preparar una morada, un sitio a los apóstoles. Y el profeta Isaías, en un
conocido pasaje habla de un gran banquete en un monte. Verdaderamente no
sabemos cómo será, pero las imágenes que nos hablan de una gran casa con muchas
habitaciones, de una comida en el monte rodeados de amigos, en un escenario
lleno de luz… no es que sea una descripción exacta, pero creo que evoca en
nosotros los sentimientos que tendremos al llegar allí. Ahora, continúa Isaías, está cubierto por un
velo. Y Jesús con su resurrección ha comenzado a levantar este velo.
Y uno puede
preguntarse, con razón, cómo será esto posible. La razón está en la misma
expresión: nos han precedido con el signo de la fe. El signo de la fe podemos
referirlo al bautismo y también a la cruz. Jesús, en una ocasión, refiriéndose
a su muerte, dijo a sus discípulos que él también tenía que ser bautizado. Así,
se unen bautismo y entrega de la vida en la cruz. Bautismo y muerte están
unidos. En Jesús y en nosotros, de manera que la muerte es como un segundo
bautismo, un nacimiento a una vida nueva.
Y aquí viene
el segundo elemento: duermen ya el sueño de la paz. Cuando a Jesús le hablan de
la muerte de su amigo Lázaro dice algo sorprendente: «Lázaro, nuestro amigo,
está dormido: voy a despertarlo». Los cristianos cambiaron el nombre de las necrópolis
(ciudad de los muertos) por cementerios (del griego koimeterion,
dormitorio). Como Cristo ha despertado de la muerte, también nosotros
despertaremos con él. Todos tenemos la experiencia de despertar. Algo semejante
será resucitar: abrir los ojos a una nueva realidad, un nuevo día que no
conocemos, pero que esperamos, pues en ella seremos acogidos por Jesús y por
todos los que nos han precedido.
Verdaderamente podemos decir que, aunque veamos que la muerte es una constante en nuestra vida, Jesús la ha aniquilado, le ha quitado el poder, pues ya no es un paso definitivo. Jesús lo ha hecho estableciendo con nosotros unos lazos de comunión que nada ni nadie puede romper.
+ Jesús Vidal