El agua bendita es un popular sacramental que la Iglesia católica usa con frecuencia, pero, ¿puede ser una superstición usarla?
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| Maykol Nack |
Para quien no
conoce la Teología católica, el agua bendita puede parecer, con cierta razón,
una especie de superstición.
A fin de
cuentas, ¿cuál es el sentido de que una persona sea rociada con agua? ¿No
existe otra forma de ser bendecido por Dios, en lugar de “atribuir poderes
mágicos” a seres inanimados?
La economía
sacramental
La respuesta
católica para esa pregunta se encuentra en el sano equilibrio de la
llamada economía sacramental.
La Iglesia, a
lo largo de los siglos, ha enseñado siempre a sus hijos el aprecio por las
cosas sensibles, ante el riesgo de que se oscurezcan los propios misterios de
nuestra redención.
El Verbo, para
descender al mundo, no rechazó “hacerse carne” y tomar una forma verdaderamente
humana (cf. 1Jn 4,2); no despreció el matrimonio (cf. Mt 19,
3-9; Jn 2, 1-11), ni dudó en comer para conservar su cuerpo
físico (cf. Mt 11,19; Jn 21,
9-14).
Al instituir
los sacramentos, fue más allá y transformó las realidades visibles, como el
agua, el pan y el vino, en verdaderos instrumentos de salvación.
Dice, por
ejemplo, que “el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino
de Dios” (Jn 3,5), o incluso: “Si no coméis la carne del Hijo del
hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Jn 6,
53).
El respeto de
los católicos por las cosas materiales, por lo tanto, fue aprendido del propio
Jesús.
Él, para salvar
al ser humano -cuerpo y alma-, quiso sabiamente distribuir su gracia invisible
a través de instrumentos tangibles y perceptibles a los ojos humanos.
Los frutos
de la gracia
“Oportet nos
per aliqua sensibilia signa in spiritualia devenire (conviene que a
través de señales sensibles lleguemos a las realidades espirituales)” (S.Th., III, q. 61,
a. 4, ad 1), dice santo Tomás de Aquino.
Para investigar
cómo el agua bendita se introduce en esa economía, es necesario entender cómo
los sacramentos actúan en la vida de los cristianos.
Aunque estos
tengan su efecto, que es la gracia, ex opere operato (es
decir, automáticamente), las personas recogen frutos en la medida en que se
disponen interiormente a recibirlos.
Así, por
ejemplo, quien se arrepiente de sus pecados y es absuelto por el sacerdote en
la confesión,
ciertamente recibe la gracia santificadora. Pero aquel que tuvo una contrición
mayor recibirá una porción de gracia también mayor.
Quien se acerca
dignamente a la Eucaristía, del mismo modo, ciertamente recibe la gracia de
Cristo, pero cuanto más devotamente comulgue, mayor será su grado de comunión
con Dios.
Los
sacramentales
Los llamados
sacramentales –de los que el agua bendita es un tipo-, aunque no tengan el
efecto del sacramento, que es la obtención de la gracia, actúan disponiendo a
la persona para su recepción.
El agua
bendita, por ejemplo, explica el doctor Angélico, actúa de manera negativa,
dirigiéndose (1) “contra las insidias del demonio y (2) contra los pecados
veniales” (cf. S. Th., III, q. 65, a.1, ad 6).
Puede
relacionarse con el “exorcismo”, con la diferencia de que este es aplicado
contra la acción demoníaca desde dentro, mientras que “el agua bendita es dada
contra los asaltos de los demonios que vienen del exterior” (S. Th., III, q. 71,
a. 2, ad 3).
Para este fin
específico, se trata de un instrumento verdaderamente eficaz, ampliamente
comprobado por el uso de los santos.
Santa Teresa de
Ávila, por ejemplo, recomendaba a sus hermanas que nunca anduvieran sin agua
bendita y que se sirvieran de ella con frecuencia:
“Vosotras no
imagináis el alivio que se siente cuando se tiene agua bendita”, decía. “Es un
gran bien disfrutar con tanta facilidad de la sangre de Cristo”.
Segundo, en
cuanto a los pecados veniales, el agua bendita actúa mientras “despierta un
movimiento de respeto en relación a Dios y a las cosas divinas” (S. Th., III, q. 87,
a. 3).
A diferencia de
otras prácticas devotas que, realizadas con fervor, también borran las faltas
veniales –como la oración del Padre nuestro o un acto de contrición-, el
agua bendita trae consigo el poder de la bendición sacerdotal, lo que da mayor
eficacia a su uso.
La
santificación
El agua bendita
no es, por lo tanto, de una superstición, sino un recurso extremadamente útil y
piadoso para quien quiere santificarse a través de la oración de la Iglesia.
El Catecismo de
la Iglesia católica advierte:
“Atribuir su
eficacia a la sola materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales,
prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer en la
superstición”.
CEC § 2111
Por eso,
acompañado de la aspersión del agua bendita debe ir siempre un grado cada vez
mayor de fervor a Dios, sin el cual cualquier práctica religiosa, por más
piadosa que sea, pierde su sentido último.
P. Paulo Ricardo
Fuente:
Aleteia
