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| Dominio público |
Creo que
esto no es malo en principio, pero esconde un riesgo. El de acostumbrarnos y
buscar siempre que los demás hablen bien de nosotros y nos alaben, que nuestra
alegría se fundamente en la fama, la gloria, que recibimos de los demás. Y esa
es una alegría solitaria y, por tanto, fútil.
El Evangelio
según san Lucas nos habla de un momento muy escandaloso de la vida de Jesús. A
estas alturas él ya era muy conocido, su predicación había alcanzado a muchos y
había mostrado la fuerza de Dios en él a través de diversos diálogos. Pero
entonces empieza a jugarse su fama, ya algo maltrecha por las disputas con los
fariseos.
Jesús
empieza a anunciar el Reino y a juntarse a comer, no principalmente con
personas “buenas” y “respetables”, como los fariseos, sino también con “pecadores”,
traidores del pueblo y colaboracionistas, personas avaras como los publicanos.
Y entonces, empieza la murmuración de los biempensantes, de los que marcan la
cultura dominante. Ante esa murmuración, Jesús nos presenta las tres parábolas
de la misericordia. Frente a la dureza del corazón de los fariseos, Jesús se
acerca a los que están heridos por el pecado y viven vidas formalmente,
aparentemente alejadas de Dios, pero, en el corazón, sedientos de ser
encontrados por él.
Y en estas
parábolas, además de hablarnos de la compasión de Dios, nos habla de algo más
grande aún, que es su fundamento: la alegría. Es la alegría del pastor, que ha
recuperado la oreja y la ha traído de vuelta a casa; la alegría de la mujer que
ha encontrado la moneda que había perdido y la alegría del Padre que sale
corriendo a abrazar a su hijo que vuelve.
Y me llama
la atención que esta alegría es, sobre todo, una ALEGRIA COMPARTIDA. El pastor,
al llegar, reúne a amigos y vecinos y les dice «¡alegraos conmigo!»; y esto
mismo dice la mujer, que reúne también a sus amigas y vecinos para compartir
con ellas su alegría. Y ¡qué decir del padre, que pone toda su casa en fiesta,
matando el ternero cebado, reservada para la mejor ocasión.
La alegría
de la que nos hablan las parábolas no es una alegría egocéntrica, de quien se
abraza y atesora para si el bien hallado, aterrado en el fondo por el miedo a
volver a perderlo o a que se lo roben. Es una alegría efusiva, que sale de uno
y mueve a alegría a los demás. Es relativamente fácil compadecerse, es decir,
dolerse con el mal de alguien que está sufriendo. Pero no es tan natural
alegrarse espontáneamente con la alegría de los demás.
El Reino de
Dios es la alegría compartida del amor de Dios. Alegrarnos con la alegría de
otros es un signo de verdadero amor. Como señala muy agudamente Fabrice Hadjadj
en una conferencia recogida en el libro Lobos disfrazados de corderos:
Pensar sobre los abusos en la Iglesia, «A los ojos de la teología revelada,
la alegría no está solo en el estuario, sino también en la fuente.
Si bien nos
llega una vez que hemos alcanzado nuestra meta, reposa ante todo en nuestro
principio. Dios, que es alegría, es el creador de todas las cosas, de suerte
que todo ser brota de la alegría pura». Esto es lo que Jesús quiere explicar en
las parábolas acerca de la razón que le mueve a acercarse a los más alejados:
su propia esencia consiste en querer compartir su alegría con nosotros,
independientemente de lo lejos que hayamos huido por engaño del tentador para
evitarla.
Los fariseos
no pueden alegrarse de la alegría de los publicanos que, como Mateo, han
encontrado una buena vida en Jesús y lo han dejado todo para seguirle. Son como
el hijo mayor de la parábola, que tiene un corazón endurecido por la envidia,
que vive formalmente en la Casa del Padre, pero es incapaz de compartir su
alegría. Pidamos para esta semana que comienza la capacidad de compartir la
alegría del Padre en tantas oportunidades que el Señor nos ofrecerá.
+ Jesús Vidal
