Ignacio Carbajosa es Decano de la Facultad de Teología de la Universidad Eclesiástica San Dámaso y autor de Cartas a Pascual (Verbo Divino)
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| CNS. Mundelein Seminary |
Cuando Lope de
Vega escribía su soneto dedicado a los amores de Jacob y Raquel, o Schubert
componía su lied El lamento de Agar, tenían una familiaridad con los
grandes relatos del Antiguo Testamento que echamos en falta en nuestros días.
La paradoja es que hoy la Biblia está al alcance de todos —y todos pueden leer,
no como antes—, contamos con más medios audiovisuales y pedagógicos que nunca…
pero los relatos bíblicos, especialmente los del Antiguo Testamento, son los
grandes desconocidos de nuestra cultura moderna, especialmente entre los
jóvenes.
¿Cómo podemos
salir al encuentro de esta carencia? Puede ser instructivo en este sentido
conocer la naturaleza de este libro —o biblioteca—, cómo surgió en la historia
y cuál era su finalidad. La respuesta rápida que daríamos hoy, «se escribió
para que lo leyera la gente», peca de ingenua: la inmensa mayoría de la gente
no sabía leer ni escribir. Los libros de la Biblia se escribieron para ser
leídos en voz alta en la liturgia. El pueblo que se congregaba en el templo, en
la sinagoga, o más adelante en una iglesia, era ya el pueblo de Dios: lo habían
conocido en la historia y se reunían en la liturgia para hacer memoria de sus
dichos y hechos.
San Agustín
condensa de forma genial en una frase esta dinámica: «In manibus nostri sunt
codices, in oculis nostri facta» (en nuestras manos tenemos los códices, en
nuestros ojos los hechos). El pueblo cristiano que se reunía en torno al obispo
de Hipona tenía en los ojos los hechos imponentes que el espíritu de Cristo
resucitado seguía generando: el testimonio de los mártires, la lucidez y
humanidad del mismo Agustín, la alegría, la esperanza ante la muerte, la
caridad entre los hermanos y con los necesitados, la acogida de la vida, la
belleza de las familias, las conversiones de entre los paganos… ¿Cuál es el
origen de la vida nueva con la que se topaba un converso en época de Agustín?
«Toma y lee». Los evangelios se abrían a los catecúmenos para que pudieran
conocer quién era aquel que hacía posible tanto milagro.
Esta dinámica
sigue presente en nuestros días. Hace unos años, una joven con muchas heridas,
que había conocido a un grupo de cristianos en la universidad y había empezado
a compartir la intensa y bella vida que llevaban, me dijo: «Me he descargado
los evangelios». Yo llevaba ya años dedicado a la enseñanza de la Biblia, pero
nunca me había pasado algo así, tal vez acostumbrado a que todo el mundo tiene
una Biblia en su casa. Esta joven se había topado con algo excepcional, mejor,
con alguien excepcional, y necesitaba saber qué ojos tenía, como miraba, cómo
se movía. En los ojos de esta chica los hechos, en sus manos —en este caso en
su móvil— los libros de la Biblia.
No encuentro
mejor método para introducir en la Biblia que este. El apetito por los libros
bíblicos se despertará entre los jóvenes cuando se topen con el hecho cristiano
que vuelve a suceder hoy como hace 2.000 años. Leer el episodio de la
samaritana resultará casi una necesidad para aquellos jóvenes que, lanzándose
sobre todas las cosas y personas en busca de un placer esquivo, han sido
abrazados, hoy, por un hombre o una mujer que vuelven a renovar lo que sucedió
hace dos milenios.
A partir de
entonces, la Biblia se convierte en compañera de camino. «¿Por qué me enamoro
con tanta facilidad, de dónde viene este tender al otro en la diferencia
sexual?». Leamos juntos los dos primeros capítulos del Génesis y el poema del
Cantar de los Cantares. «¿De dónde viene el mal, por qué me sorprendo deseando
el bien y haciendo el mal?». Lee Génesis 3 y la Carta a los Romanos. «¿Por qué,
si Dios es bueno, existe el sufrimiento y la injusticia?». Acércate a la
aventura de Job y prepárate que vienen curvas. «¿Por qué Dios me ha elegido a
mí y no a uno de mis compañeros que siguen sufriendo en la vida?». Retomemos la
llamada de Abrahán en Génesis: eligiendo a uno quiso llegar a todos. «¿Qué
puedo hacer cuando no me soporto a mí mismo, cuando traiciono y pisoteo lo que
más amo?». El mismo dolor sentía Pedro, que traicionó a Jesús: lee el capítulo
21 de Juan y fíjate cómo el Maestro lo vuelve a mirar.
Las preguntas y
experiencias de la vida se pueden multiplicar y así se multiplica la lectura de
la Biblia. ¡Buena lectura!
Por Ignacio
Carbajosa
Fuente:
Ecclesia
