“Los hijos no son nuestros y son un don de Dios"
Cecilia y Enrique junto a sus cinco hijos, todos ellos consagrados a Dios
Enrique y
Cecilia Ansaldi pueden decir que han respondido a la llamada de Jesús
cuando en el Evangelio aseguraba que la mies es grande y los obreros, pocos. Y
lo han hecho entregando lo más preciado, a todos sus hijos. Pues sus cinco
hijos son todos sacerdotes, uno de ellos es monje benedictino y recibirá el
orden sacerdotal en breve, que diseminados por el mundo llevan la Buena Nueva a
todos los rincones del mundo.
Este
matrimonio lleva 42 años casado y reside en San Rafael, en
Argentina. Además de sus cinco hijos sacerdotes, este matrimonio habla de sus
tres hijos más que no llegaron a nacer.
José, el
mayor de los hermanos es actualmente párroco en el sur de Francia y
miembro de la orden de San Elías. Emmanuel ingresó en el
seminario menor con 14 años y luego prosiguió su formación sacerdotal. Tras
ser ordenado ahora estudia en Roma. El tercero, Javier, es
al igual que el primogénito también miembro de la orden de San Elías y
actualmente desempeña su ministerio sacerdotal en Francia. Gregorio se
fue de voluntario a Egipto y tras unos meses sintió la llamada al sacerdocio.
Hizo su noviciado en Egipto continuó en Italia, después fue enviado a España y
finalmente concluyó los estudios y recibió el orden diaconal y sacerdotal en
Argentina, en el Seminario Diocesano de San Rafael. Actualmente es misionero
en Ecuador. El más pequeño, Joaquín, ingresó en el
seminario, pero tras una visita a sus hermanos en Francia conoció la abadía
benedictina de Barroux tras lo cual decidió entrar como monje en dicho
monasterio benedictino. Su nombre religioso es Juan Diego y pronto
será ya sacerdote.
En una ocasión,
relata este matrimonio en el portal Adveniat, un sacerdote pidió en una homilía rezar
por las vocaciones pues hacían falta muchos sacerdotes. Cecilia elevó con fe
una sencilla oración cuando sólo tenía dos hijos sin lograr imaginar la obra
que habría detrás. “Si tú quieres todo lo que tengo, ellos son
tuyos”, le dijo al Señor. Estas palabras nunca se las comentó ni a su
marido ni a sus hijos, pero se convirtió en una oración constante: “Si tú
quieres son tuyos, Tú encontrarás la forma”. Y Dios le tomó la palabra.
Pero lo más
sorprendente es que Enrique le confesó algo similar a su mujer. Él también
había estado rezando en su interior durante años una oración semejante: “Esto
es lo que tenemos, es tuyo”.
Él siempre
decía a sus alumnos lo mismo que a sus hijos: “que antes de elegir su
profesión descubrieran a qué vocación los llamaba Dios, ya sea
al matrimonio, ser célibes o la vida religiosa”.
Preguntada por
el hecho de tener a sus cinco hijos consagrados a Dios, Cecilia asegura
que “Dios asiste con su gracia” porque aunque “ciertamente los
quisiera tener cerca, por otro lado somos conscientes de que cada uno tiene que
seguir la vocación a la que Dios le llamó”.
“Nosotros
seguimos nuestra vocación al matrimonio y para ello en un momento dejamos
nuestros respectivos hogares de origen, y entonces seguramente nuestros padres
han sentido la pérdida, pero nos dejaron ir, a su modo nos enviaron, con mucho
gusto. Yo creo que es el mismo sentimiento. Uno siente la partida de los hijos,
pero por otro lado, se establece una comunicación espiritual tan
profunda, tan íntima, que es como si estuvieran todos acá; y así cada
vez que nos encontramos, es como si estuviéramos siempre juntos. Sí, es difícil
el momento de la partida, pero pasaría lo mismo con cada hijo que vive lejos
cuando es el reencuentro y luego llega el momento de despedirse. A veces
quisiéramos que estén más cerca pero el saber que en cada Santa Misa cada uno
de ellos hace presente a Cristo, por la Eucaristía que compartimos, estamos
unidos más a Nuestro Señor, como más íntimamente con Él, es un misterio
demasiado profundo, una gracia enorme, como a cada uno de ellos por Cristo y
los afectos”, agrega esta madre.
Una de las
preguntas que seguramente más haya respondido estos años es sobre el hecho de
que al entregar todos sus hijos a Dios no podrá ser abuela. Y ella lo tiene
bastante claro: “Los hijos no son nuestros y son un don de Dios. Asimismo,
los nietos tampoco son nuestros y son también un don. Entonces, no es que
tenemos derecho a tener nietos. Solamente tenemos, sí, la gracia de haber
cooperado con Dios con estos hijos y ahora de compartir sus vidas en este
camino al Cielo”.
De este modo,
Cecilia se pregunta “quiénes somos nosotros como padres para ser un
obstáculo en esa vocación”. Por ello, ella insiste en que “Dios nos los
confió en su infinita misericordia y su infinito amor para que nosotros
cooperemos en esta obra creadora y les enseñemos el camino al cielo. Y eso sólo
puede ocurrir si cumplen con la voluntad de Dios, con la vocación a la que les
llama, de ahí que nuestra respuesta ante cualquiera de los llamados
vocacionales de nuestros hijos, vuelvo a decir, casados, solteros, religiosos,
sacerdotes o monjas, tenemos que apoyarlos, ayudarlos y rezar constantemente
por ellos”.
Fuente: ReligiónenLibertad