La llamada de Jesús es una llamada a la esperanza, la cual proviene del amor y la confianza. En esta meditación descubrimos una invitación que Dios nos ha hecho
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En la Carta a
los Hebreos, san Pablo dice: "Mantengamos firme la esperanza que
profesamos, porque fiel es el que hizo la promesa" (Heb 10, 23). La llamada de Jesús es una llamada a la
esperanza. Una llamada a crecer en el amor, y a hacer crecer el amor en
nosotros y en el mundo. Es, como Jesús mismo dio testimonio con la propia vida,
una llamada a arriesgarlo todo en la fidelidad a Dios.
Cada llamada es
única y distinta, pero todas implican el duelo del pasado. Lo vivido ha quedado
atrás. Demos gracias a Dios. Somos llamados a dejar el mundo antiguo para
encarar la esperanza del presente. Somos hijos de la esperanza y del misterio.
Para Jesús, la esperanza es la revelación del misterio de Dios. Jesús nos ha
dado a cada uno el movimiento interior necesario para engendrar una esperanza
verdadera.
La esperanza
cristiana tiene un componente no visible. Desde el interior de la persona
reaviva las fuerzas, la pasión y el dinamismo necesarios. Dios tiene la
iniciativa de ponernos en camino, y desde el interior de las cosas, nos empuja
a buscarlo. A buscar y abrazar la realidad sobrenatural de Dios. A dejarnos ser
abrazados y mecidos por ella.
Las fuentes de
la esperanza son dos: el amor y la confianza. Como cristianos, Jesús es imagen
viva del Dios invisible de todas las cosas. Fuente insondable de amor bueno y
sin límite. Nuestra confianza es la suya, cuando clavado en la cruz alzó la
mirada al cielo y gritó con todas sus fuerzas: "Padre, en tus manos
encomiendo mi espíritu" (Lc 23, 46). Dicho lo cual, expiró, y resucitó al tercer
día.
El hombre y la
mujer que rebosan esperanza son seres humanos libres que aman. No porque
necesariamente sepan hacerlo, sino porque desde el interior de sí mismos son
empujados por la esperanza que Dios ha puesto en ellos. Saben que el tesoro de
sus vidas no está en lo presente, sino que en su corazón siempre joven late la
intuición de que la promesa de una Paz perfecta y en comunión para toda la
humanidad está cerca. Por eso trabajan por la Paz. Y desde la fuente de
esperanza que los nutre, construyen el reino de Dios cada día.
"Que el
Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en
esperanza por el poder del Espíritu Santo" (Ro 15, 13).
Las raíces
de la esperanza
La esperanza,
como la fe, hunde sus raíces en el tiempo. La esperanza es el movimiento que
sostiene todos nuestros movimientos, aunque no siempre lo sepamos. Cada
palabra, cada gesto, cada mirada, nace de una esperanza, una llamada, una
vocación.
Es así como
avanza el deseo de Dios en nosotros. El Dios de la esperanza irrumpe en
nuestras vidas cuando salimos de nosotros mismos para ir a buscar al otro para
compartir lo que Dios puso primero en nosotros: su amor y su Paz.
La invitación
de Dios es esta: descubre en la vida qué esperas, y sal a por ello.
Descubrirás, no sin sentirte profundamente conmovido, que en el fondo de ti
mismo o misma compartes el anhelo de toda humanidad. Y lo que quieres, es tan
simple, que casi no puede ser puesto en palabras: el mayor bien para todos
siempre.
María Marco
Cazcarra
Fuente: Aleteia
