“La cabalgata papal” – así se llamaba – era una ceremonia de orígenes muy antiguos y llena de complejos significados alegóricos, litúrgicos, religiosos y políticos
El Papa pasaba bajo los arcos triunfales de Septimio Severo, Tito y Constantino. (Museos Vaticanos) |
En los siglos
pasados, después de ser coronado en San Pedro, el Papa recién elegido acudía a
la Basílica de San Juan de Letrán para la entronización. Entre ambas Basílicas
se extendía toda Roma, que recorría escoltado por una larguísima y suntuosa
procesión. El paso entre los restos de la antigua Roma imperial, con semejante
aparato escenográfico, celebraba el primer acto público oficial del Papa. Una
procesión que combinaba múltiples significados, vinculados al poder espiritual
como temporal.
La procesión
marchaba lenta, solemne y magníficamente. Cientos de personas vestidas con sus
mejores galas, telas preciosas, flecos y plumas de colores, algunos a pie,
otros a caballo. Parecía que nunca terminaría. Una serpiente sinuosa, cuyo
orden de precedencia estaba regulado con precisión milimétrica. Una jerarquía
meticulosa y obsesiva, regulada por las distintas ordenanzas papales que se han
sucedido a lo largo de los siglos. El Papa recién elegido que era coronado en
San Pedro y ahora se dirigía a la Basílica de San Juan de Letrán para su
entronización. Era su primer acto público oficial. “La cabalgata” mostraba a la
gente congregada en las estrechas calles o plazas el rostro del nuevo Papa,
pero también el de sus colaboradores y soldados y tenía por tanto un
significado importante también como afirmación de su autoridad. “La cabalgata
papal” – así se llamaba – era una ceremonia de orígenes muy antiguos y llena de
complejos significados alegóricos, litúrgicos, religiosos y políticos.
Orígenes
remotos
El Papa León
XIV, Obispo de Roma, tomará posesión de su “Cátedra Romana” el domingo 25 de
mayo. Desde la Basílica de San Pedro, se dirigirá a la sede episcopal, la
Santísima Catedral Papal, Archibasílica Mayor Romana del Santísimo Salvador y
de los Santos Juan Bautista y Evangelista de Letrán, atravesando la ciudad. El
ceremonial hoy, más de un siglo y medio después del fin del poder temporal de
los Papas, es significativamente más simple y de carácter eminentemente
espiritual, pero sus raíces históricas se remontan a muchos siglos atrás.
La primera
“cabalgata papal” fue deseada por el Papa Nicolás IV el 27 de abril de 854,
otros la remontan a un año más lejano, a León III, en 795, mientras que la de
Bonifacio VIII en 1295 fue descrita con gran pompa, en hexámetros latinos. Otro
ejemplo de particular pompa fue la toma de posesión del Papa León X, el 11 de
abril de 1513. Francesco Guicciardini escribió al respecto:
«El primer
acto del nuevo pontificado fue su coronación, celebrada, según la costumbre de
sus predecesores, en la iglesia de San Juan de Letrán, con tanta pompa, tanto
por su familia y corte, como por todos los prelados y numerosos señores allí
reunidos, y por el pueblo romano, que confesó no haber visto jamás en Roma,
tras las inundaciones de los bárbaros, un día más magnífico y soberbio que
este...».
Ceremoniales
papales
Las fuentes
describen con gran detalle el recorrido desde San Pedro hasta Letrán, como en
el Códice Cencio (Liber Censuum Romanae Ecclesiae) de 1192, la
sección Ordo Romanus de consuetudinibus, que recoge los ritos y
ceremonias papales, en uso hasta principios del siglo XVI, o la Gesta
Innocentii III, una biografía de Inocencio III que se remonta a los años de
su pontificado, entre 1198 y 1216. Por otra parte, ya de por sí un impacto
visual impresionante lo dan las diversas estampas o el fresco de una luneta de
la Biblioteca Apostólica Vaticana: una larga procesión serpenteante
distribuida, para incluirlo todo, en diferentes registros horizontales. Debajo
de cada grupo de personas, una nota explica quiénes son: grupos de cardenales a
caballo, otros miembros del clero, nobles, milicias papales, extranjeros, mozos
de cuadra, camareros, etc. Algunas figuras desaparecieron con el tiempo y
aparecieron otras, como los abogados consistoriales presentes desde el siglo
XVII.
Largo viaje
urbano
El Papa salía
del Vaticano – la salida, llamada en latín, exitus – y
recorría el Borgo, cruzaba el Puente Sant'Angelo y tomaba
la Via Papalis (hoy Via dei Banchi Nuovi, Via del Governo
Vecchio, Piazza Pasquino, Piazza San Pantaleo, Piazza di Aracoeli), hasta
llegar al Campidoglio a donde ascendía (adscensus) y en el palacio
senatorial se reunía con las autoridades de la ciudad que le rendían homenaje.
El descenso (descensio) conducía al Foro Romano, cuyas ruinas se
extendían a lo largo de la antigua Vía Sacra. El Papa pasaba bajo los arcos
triunfales de Septimio Severo, Tito y Constantino y también bajo un efímero
arco de madera, correspondiente al Jardín Farnesio. Caminaba entre montones de
escombros antiguos, pero también de volúmenes que permanecían en pie, como la
enorme masa del Coliseo.
Símbolos que
vinculan el pasado y el presente
Este recorrido
estaba imbuido de un significado simbólico muy fuerte, de continuidad entre el
pasado del Imperio Romano, ahora terminado, y el presente del papado cuyo
Vicario desfilaba ahora triunfante por la ciudad, como un antiguo caudillo,
como un legítimo sucesor de los Césares. También sirvió como advertencia sobre
la transitoriedad de las cosas terrenales. La frase Sic transit gloria
mundi, “Así pasa la gloria del mundo”, que el cardenal protodiácono le
había dirigido durante la coronación quemando un trozo de estopa, no quedaba
aislada. Toda la ceremonia, hasta el acto final de la entronización, recordaba
al nuevo Pontífice la naturaleza transitoria de las cosas terrenas.
Metáfora de
la peregrinación
Una vez pasados
los Foros, la procesión papal recorría el último tramo de la Vía
Papalis y superaba el complejo de los Cuatro Santos Coronados; al
final del “stradone di San Giovanni” llegaba a su destino, la Basílica
de Letrán. Este largo itinerario es prácticamente el mismo que siguen los
peregrinos, tanto jubilares como no jubilares, que acuden a las basílicas. No
era un recorrido fácil: los caminos entonces eran tortuosos, húmedos y oscuros,
más bien estrechos. Después de las lluvias el suelo estaba embarrado, a menudo
también debido a las aguas servidas de las casas. El recorrido de la Vía
Papalis o Vía Papae fue ampliado y pavimentado recién
en 1588 bajo Sixto V. Una procesión que adquirió significados espirituales, que
se convirtió en una peregrinación y unió alegóricamente la Jerusalén de
Occidente, San Pedro, con la Jerusalén de Oriente, San Juan.
Medios de
transporte
A partir del
siglo XII, el Papa viajaba a lomo de una mula blanca, lo que adquirió
significados más simbólicos. Los Evangelios cuentan que el Domingo de Ramos,
Jesús entró en Jerusalén montado en un burro o pollino; incluso antes, en la
Biblia, Zacarías prefiguró la venida del Mesías que “humilde, cabalga sobre un
asno, sobre un pollino, hijo de asna”. Finalmente, el burro blanco, llamado
“chinea”, era el tributo del rey de Nápoles al Estado Pontificio, instituido en
el siglo XIII y abolido en 1885. La mula no siempre fue el medio de transporte
para realizar el trayecto a San Giovanni desde San Pietro o desde la residencia
papal que entre 1583 y 1870 estuvo en el Quirinal. El caballo fue utilizado a
menudo, sobre todo en el Renacimiento, como asimilación a la nobleza
caballeresca, para demostrar también externamente la dignidad del Vicario de
Cristo. Además, el caballo elevaba aún más al jinete, haciendo que quienes lo
miraban y lo aclamaban percibieran toda su majestad, tanto espiritual como
temporal. En el siglo XVI se popularizó la litera y en el siglo siguiente el
carruaje. Desde 1939, con Pío XII, el medio de transporte pasó a ser el
automóvil.
Tiempos de
cambio
Y fue el mismo
Papa Pacelli quien retomó el antiguo uso de la "toma de posesión",
interrumpido durante varios pontificados, desde León XIII a Pío XI. Después de
la toma de Roma en 1870, el Estado Pontificio permaneció confinado dentro de
los muros leoninos. La ciudad se había perdido y con ella el poder temporal del
Papa, que desde entonces ya no era rey sino pastor de la Iglesia universal. En
aquellos años, todos los ritos relacionados con la elección se celebraban en
San Pedro. Incluso el Habemus Papam, el anuncio del Papa elegido,
no se pronunciaba desde la Logia de las Bendiciones, frente a la plaza, y por
tanto Urbi et Orbi, sino dentro de la misma Basílica. Naturalmente,
también se suspendió la procesión papal a Letrán. Pero con el Papa Pacelli los
tiempos habían cambiado: la modernidad imponía otros lenguajes e impresionaba
también una aceleración “tecnológica”. La “toma de posesión” se convirtió en un
trayecto en coche mucho más sobrio y sencillo.
María Milvia
Morciano
Ciudad del
Vaticano
Fuente: Vatican News