El destino de un nombre
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7 enero 2022 (Ofm) |
El ministro general de la Orden
de Hermanos Menores reflexiona sobre el difunto Pontífice y el Pobrecillo de
Asís, dos hombres con ochocientos años de diferencia, unidos «por la sorpresa
de un nombre y, sobre todo, por un camino que se abrió ante ellos, inesperado y
único»
El destino de un nombre. El hijo
de Pietro di Bernardone había recibido el nombre de Giovanni, pero no debía
conservarlo. Su padre decidió lo contrario y así quedó para siempre y sigue
siendo para todos nosotros Francisco de Asís. Nunca había sido el nombre de un
obispo de Roma, de un Papa de la Iglesia católica. Y, sin embargo, sucedió. Dos
hombres con ochocientos años de diferencia, unidos por la sorpresa de un nombre
y, sobre todo, por un camino que se abría ante ellos, inesperado y único.
Francisco de Asís permanecerá
siempre unido por un hilo al origen de su nombre, aquella Provenza que su padre
amaba porque le había abierto nuevos caminos, no sólo para el comercio. Jorge
Mario Bergoglio, probablemente en el fogonazo de un momento preñado de futuro,
ha acogido en ese nombre no sólo un destino, sino una puerta abierta a un
camino por recorrer. No se da el nombre de Francisco de Asís a la ligera. Es
exigente.
¿Quién podría soportar la
comparación? De hecho, el Francisco del siglo XXI no quiso ser una copia del
Francisco del siglo XIII. Se inspiró, tomó algunos elementos y trató de
interpretarlos en la posición única en la que estaba llamado a vivir: Roma y el
mundo, la Iglesia católica y tantos hombres y mujeres de buena voluntad, de
todos los colores, lenguas y pueblos.
Una huella a seguir
Si después de ochocientos años
todavía no es fácil esbozar el rostro más completo y auténtico del hermano
Francisco, imagínense lo imposible que resulta hacerlo del Papa Francisco pocos
días después de su muerte. O buscar, casi servilmente, similitudes entre ambos.
La inquietud de Francisco abrió caminos nuevos para él y para tantos después de
él que han abierto futuros y lo siguen haciendo.
Lo mismo vale para el Papa
Francisco, que nos deja, junto con su vida y sus enseñanzas, caminos abiertos
en una senda que hay que continuar, no para copiarla sino para interpretarla y
dejar que genere nuevas intuiciones, pasos y opciones.
Creo que la primera sacudida que
dio el Papa Francisco a los franciscanos y franciscanas del mundo fue la de no
pensar en su carisma como algo fijo que hay que repetir y conservar, sino como
una realidad viva y dinámica que recobra continuamente vida y luz en contacto
con la historia, con la realidad, con las llamadas de todos los tiempos.
El Papa Francisco nos ha puesto
de nuevo en el camino, nos ha exhortado a no detenernos en una relectura que
siempre corre el riesgo de ser arqueológica, romántica o demasiado
indeterminada. El Obispo de Roma Francisco nos ha hecho asumir la idealidad del
hermano Francisco y la concreción de sus opciones. Encuentros, rostros, manos
que tocar, cuerpos sobre los que inclinarse y situaciones de las que no rehuir:
esta concreción propia de la encarnación, que para san Francisco estaba en el
centro de su vida de fe, nos ha sido devuelta por el Papa Francisco.
Un árbol donde
encontrar sombra
Ciertamente, desde el principio
nos pareció muy extraño que un jesuita, y más aún, uno que había llegado a ser
Papa, tomara el nombre del Pobrecillo. Pero el hermano Francisco y su carisma
no son ciertamente propiedad exclusiva de los franciscanos y franciscanas.
La semilla de Evangelio y de
humanidad que el hermano Francisco sembró en los surcos de su tiempo y de los
muchos tiempos posteriores a él se ha convertido, como dice el Evangelio, en un
árbol en cuya copa todos pueden refugiarse y encontrar sombra. Este carisma se
abre, respira y revive en distintas latitudes, culturas y lenguas. Va incluso
más allá de los límites visibles de la Iglesia católica. Imaginemos, pues,
hasta qué punto puede ser acogido y expresado también por Jorge Mario
Bergoglio. Él nos ha demostrado que el carisma de Francisco se puede
experimentar simplemente viviéndolo, dejándose tocar e implicar por él. Junto
con pensar, es necesario vivir, caminar, atreverse.
Tal vez el Papa Francisco no
conozca al dedillo todos los escritos y complejos estudios del franciscanismo,
pero tiene una visión de su corazón que integra con su formación ignaciana. En
el centro está Jesús y el Evangelio y, por tanto, la carne de Cristo que es el
hombre, especialmente los pobres. Todo esto vivido en la Iglesia y para la
humanidad de hoy, a menudo en caminos de huida, de violencia y de guerra.
Inspirados por los
dos Francisco
El Papa Francisco nos recordó a
los franciscanos estos elementos esenciales de nuestra espiritualidad. No los
agotó ni los interpretó de manera completa y exhaustiva para todos. Abrió
caminos, siguió una intuición, gracias a la cual sintió profundamente nuestro
tiempo y captó su espíritu. Por eso san Francisco, hombre de fraternidad, de
paz y de la buena creación de Dios, habló enseguida a su corazón y le permitió
sintonizarse sobre las numerosas ondas de este tiempo complejo y, sin embargo,
bendito. Confieso que nos costó seguirle el ritmo, incluso a nosotros, los
franciscanos.
Nos presentó algunos elementos
del hermano Francisco de una manera inmediata y quizás a veces percibida por
nosotros como áspera. Por eso nos conmovió. Creo que ahora se abre un tiempo
nuevo, en el que podemos volver a acoger esta experiencia, releer este don y no
cansarnos de ser puestos de nuevo en el camino, a menudo polvoriento, de
nuestro tiempo y de la mucha humanidad que lo habita.
Gracias a los dos Franciscos y a
los que aún aceptan seguir con inmediatez la inspiración del primero, con
audacia la sabiduría concreta del segundo.
Massimo Fusarelli Ofm
Fuente: Vatican News