La Iglesia, en su Doctrina Social, es clara y contundente cuando nos instruye a no quedarnos de brazos cruzados ante el mal
![]() |
| ChameleonsEye | Shutterstock |
La moral
social de la Iglesia no es un traje a la medida que se ajusta a cada persona;
por el contrario, la moral social es una luz que guía el discernimiento en la
verdad para optar por el bien no solo personal, sino también y principalmente,
colectivo. Esta luz se ha hecho Palabra viva en Jesucristo, con un referente
que articula toda la vida social: la caridad
Desde la visión
evangélica, podemos reconocer la común obligación de evitar, denunciar y
combatir todo mal; es decir, todo aquello que se opone al establecimiento del
Reino de Dios entre nosotros. Queda claro que el anuncio del Evangelio no
supone exclusivamente prestar oídos atentos, sino manos diligentes. El
Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia –CDSI– instruye con suma
claridad:
“El anuncio del
Evangelio, en efecto, no es sólo para escucharlo, sino también para ponerlo en
práctica (cf. Mt 7,24; Lc 6,46-47; Jn 14,21.23-24; St 1,22): la coherencia del
comportamiento manifiesta la adhesión del creyente y no se circunscribe al
ámbito estrictamente eclesial y espiritual, puesto que abarca al hombre en toda
su vida y según todas sus responsabilidades”
CDSI N. 70
Evitar el
mal
Si bien es
cierto que todos estamos obligados a evitar el mal, también lo es que, en ello,
debemos poner todo lo que esté de nuestra parte para lograrlo; dando por
sentado que hay males que rebasan nuestra posibilidad de ser evitados evitarlos
-por ejemplo: sabemos que los combustibles fósiles son muy contaminantes y
dañinos a la salud; sin embargo todos los consumimos al hacer uso de los medios
de transporte y todos, también, los necesitamos ya que permiten el transporte
de cualquier tipo y cantidad de mercancías-.
Nadie tiene la
posibilidad de evitar este mal (ni siquiera con el uso de automóviles
eléctricos ya que un alto porcentaje de las plantas generadoras de electricidad
usan combustibles fósiles en sus procesos); pero caminamos en la vida rodeados
de muchas otras posibilidades donde sí podemos y debemos evitar el mal; cueste
lo que cueste, hasta donde la prudencia nos lo indique.
Denunciar el
mal
La Iglesia, en
su Doctrina Social, es clara y contundente cuando nos instruye a no quedarnos
de brazos cruzados ante el mal. Veamos:
“El compromiso
pastoral se desarrolla en una doble dirección: de anuncio del fundamento
cristiano de los derechos del hombre y de denuncia de las violaciones de estos
derechos” (CDSI, n. 159).
“El amor
cristiano impulsa a la denuncia, a la propuesta y al compromiso con proyección
cultural y social, a una laboriosidad eficaz, que apremia a cuantos sienten en
su corazón una sincera preocupación por la suerte del hombre a ofrecer su
propia contribución” (CDSI, n. 6).
La siguiente
cita, inspirada en la Constitución
Pastoral Gaudium et spes, del Concilio Vaticano II pone de
manifiesto la denuncia del pecado, especialmente cuando éste afecta los
derechos de los pobres, pequeños y débiles; y aún más, cuando estos abusos se
generalizan al grado de convertirse en pecado social:
"La
doctrina social comporta también una tarea de denuncia, en presencia del
pecado: es el pecado de injusticia y de violencia que de diversos modos afecta
la sociedad y en ella toma cuerpo. Esta denuncia se hace juicio y defensa de
los derechos ignorados y violados, especialmente de los derechos de los pobres,
de los pequeños, de los débiles. Esta denuncia es tanto más necesaria cuanto
más se extiendan las injusticias y las violencias, que abarcan categorías
enteras de personas y amplias áreas geográficas del mundo, y dan lugar a
cuestiones sociales, es decir, a abusos y desequilibrios que agitan las
sociedades. Gran parte de la enseñanza social de la Iglesia es requerida y
determinada por las grandes cuestiones sociales, para las que quiere ser una
respuesta de justicia social".
(CDSI, n.
81)
Combatir el
mal
En el combate
al mal no cabe el declararse "fuera de combate". El cristiano termina
su misión hasta su muerte, no antes. Mientras tiene vida, tiene una misión; y
parte de ella es el combate al mal, empezando por el propio, al llevar una vida
virtuosa; es decir, santa, alejada del pecado y siempre asistida por Dios, sin
el cual no es posible ninguna virtud ni santidad.
Al final de la
vida llegaremos a nuestro juicio particular en el que compareceremos ante la
justicia y misericordia divinas. San Juan de la Cruz –religioso carmelita
descalzo, místico y Doctor de la Iglesia– señala en Dichos de luz y amor: “a la
tarde te examinarán en el amor” (n. 59). Los peritos sanjuanistas han hecho ver
que esa tarde es el ocaso de la vida. En efecto, no puede haber otra medida
pues Dios es, esencialmente, amor.
Luís Carlos Frías
Fuente: Aleteia
