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El Hospital
Nacional de Parapléjicos cumple 50 años. La Iglesia se hace presente junto al
que sufre en el capellán y los voluntarios de la Pastoral de la Carretera
El pasado 1 de
septiembre, Aloa Bezares salió a dar una vuelta en coche con un amigo de su
primo. «Íbamos por un tramo de muchas curvas. El límite de velocidad era de 60
y él iba a 180. Le pedí por favor tres veces que parase, iba muy tensa.
Recorrimos apenas dos kilómetros antes de salirnos. Arrancamos una señal de
tráfico con hormigón en la base, volamos unos quince metros, pasamos entre dos
copas de árboles sin chocar con ellas y dimos dos vueltas de campana a 120
kilómetros por hora. Estoy viva de milagro», recuerda. «No podía moverme,
gritar y casi ni respirar, pues tenía el pelo sobre la cara y casi me asfixio.
Me repetía a mí misma: “No puedes dormirte. Tienes que sacar fuerzas de donde
sea”. Los bomberos tardaron una hora en llegar y me tuvieron que sacar con una
radial. Me pareció una eternidad. Al amigo de mi primo no le pasó nada. Yo le
pedía que me ayudara y él no hizo nada. Solo lloraba por su coche», agrega.
A sus treinta
años, Aloa ofrece a ECCLESIA
su testimonio desde el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo (HNP).
«Gracias a Dios, mi fractura es incompleta y he podido recuperar algo de
movilidad, pero mi primera reacción fue de no querer vivir, pedía que me
cortaran las extremidades. Había visto morir a mi tía de cáncer y yo no iba a
ser una carga para nadie», reconoce. Solo el año pasado, 260 personas fueron
tratadas en el centro por graves lesiones medulares, siendo los accidentes de
tráfico la segunda causa principal de ingreso, solo por detrás de las caídas
casuales. Enfermedades —con especial incidencia del síndrome de
Guillain-Barré—, zambullidas en piscinas naturales, intentos de suicidio,
imprevistos en quirófano y hasta casos de padres que han quedado tetrapléjicos
jugando a lanzarse contra las olas del mar en la playa ocupan el día a día del
personal.
No resulta de
extrañar, por tanto, que la Pastoral de la Carretera de la Conferencia Episcopal Española
haya querido visitar las instalaciones y dar voz a las víctimas durante sus ya
tradicionales Jornadas de delegados diocesanos, que se celebraron en octubre en
la capital de Castilla-La Mancha. En palabras de José Aumente, director del
departamento, «aquí hay mucho sufrimiento y la Iglesia tiene que estar junto al
que sufre. Por eso, nos gusta hablar de acompañamiento materno a quienes han
sufrido un grave siniestro, porque la Iglesia es madre que da mucho y pide
poco».
Juan Luis Gómez
de la Torre ha sido el capellán del HNP hasta hace mes y medio, cuando cesó en
el cargo tras ser nombrado formador del Seminario Mayor San Ildefonso. Acumula
seis años de experiencia en centros sanitarios, cuatro en el Nacional de
Parapléjicos y dos —con anterioridad— en el Hospital Virgen de la Salud. «Mi
aproximación es más experiencial que doctrinal», afirma. «Se trata de llevar
una palabra de aliento, consuelo y esperanza, especialmente a aquellos que no
quieren seguir luchando, a los que te dicen que están cansados y a quienes no
aceptan vivir», prosigue. «Entiendo este trabajo como ese hospital de campaña
del que habla el papa Francisco, porque es la Iglesia quien se acerca a ellos
en la persona del sacerdote, una Iglesia que acompaña a los más sufrientes y
vulnerables. Te acercas, les das ánimo y, si son gente de fe, les animas a
vivir sus circunstancias desde la fe. Aunque cuando se trata de personas no
creyentes, también trabajamos para que se apoyen en Dios», agrega.
Así, personas
que se manifestaban ateas en un principio han acabado reconociendo que «algo
creo ya», según revela el capellán. Casos, como es obvio, hay tantos como
personas, aunque algunos brillan con la luz propia de la fe. Como el de Rosa,
para quien su paraplejía «ha sido una gracia de Dios». «Porque gracias a ese
accidente dedico mi vida a salvar a otros, para que nadie más tenga que pasar
por esto», explica. Ni que decir tiene que es un testimonio excepcional, pero,
a la vez, uno más de los que se arremolinan por los pasillos y salas del HNP.
Hospital de
sacramentos
Junto al
gimnasio de la planta baja, figuran una serie de fotografías que marcan la
historia del Hospital Nacional de Parapléjicos, que acaba de cumplir la cifra
redonda de cincuenta años desde su apertura. Una de las imágenes corresponde a
una boda, en la que el capellán del centro aparece casando a uno de los
pacientes. «Se han hecho también confirmaciones, primeras comuniones, unciones…
Es un lugar donde también se derrama la gracia de los sacramentos», señala
Gómez de la Torre. Por ello, añade, «aquí no se vive un ambiente dramático,
sino todo lo contrario. Es más dramático para los que vienen de fuera que para
los que están dentro».
Y para que la
Iglesia pueda hacerse presente en la figura del capellán o de los voluntarios
de la Pastoral de la Carretera es imprescindible la colaboración por parte del
hospital. «Cuando llega un paciente nuevo, lo primero es ir a visitarlo. Para
eso, es fundamental que al capellán le pasen la relación de personas que
ingresan cada día, algo que todavía ocurre en Toledo, que es básico y que en
otros tantos sitios ya no se hace», detalla Gómez de la Torre. En ese primer
contacto, reconoce, «hay un poco de todo, desde pacientes con el duelo más o
menos hecho hasta personas muy afectadas y en shock». Incluso, anécdotas
graciosas, como la de la mujer que, angustiada, preguntó a su enfermera si se
iba a morir, porque «venía a visitarla el cura». O el ingresado en la UVI, que
está en la planta baja, al que el sacerdote creyó animar diciéndole muy ufano
que «a ver si te suben ya para arriba» y este le respondió: «Sí, pero a la
habitación, a la planta ¿eh? No tan arriba como el cielo».
El HNP es un
hospital familiar, donde el capellán se junta cada noche para cenar con
médicos, enfermeros y demás personal de guardia. Incluso, no es raro pasar por
las habitaciones y ver al sacerdote dando de comer a pacientes sin movilidad de
cuello para abajo. «Te lo agradecen, aunque se quedan extrañados. Como
llevarlos a Misa o facilitarles ropa, útiles de aseo, etc.», continúa. Para
ello, nuevamente es fundamental la colaboración con los sanitarios, pues son
ellos quienes solicitan la ayuda material al capellán.
Naturalidad
ante todo
«Hay que tratar
al paciente con naturalidad, como a cualquier otra persona, charlando un poco
de todo, haciendo bromas… pero no con el sentimiento de compasión que suele
surgir en las personas que no han visitado nunca el hospital», afirma el
capellán. «También evito preguntar sobre qué les ha pasado, si ellos no me lo
cuentan, porque muchas de sus lesiones han sido traumáticas», prosigue. Para
ello, «la escucha es fundamental, más que decirles nada, porque, además de la
lesión, muchos se han tenido que enfrentar a crisis de pareja, abandono de
amigos, distanciamiento de las familias… Contarlo es un descanso y les da mucha
paz», sentencia.
Historias como
la del guardia civil Alberto Guzmán, quien, como cada día, preparaba un control
de tráfico en una autovía cerca de Sevilla. «Todo se estaba desarrollando con
normalidad, hasta que un camión no hizo caso a las señales, impactó contra el
primer vehículo que teníamos, hizo la tijera y barrió de quitamiedos a
quitamiedos», rememora. En el accidente fallecieron seis personas y tres
agentes quedaron heridos, siendo Alberto, parapléjico, el más damnificado.
«Cuando empiezas a ser consciente de que te has quedado paralítico, te hundes»,
recuerda. «Luego me contaron que había perdido a dos compañeros y me derrumbé…
pero eso también fue mi redención total: lo mío tenía algo de solución, lo suyo
no, y no me podía quejar. Lo fácil habría sido dejarse morir, pero en la
Guardia Civil nos enseñan y vivimos de manera que la rendición es lo último. Si
hay una gota de esperanza, nos agarramos a ella. Al menos, la cabeza está bien,
y la cabeza y el corazón deben tirar del resto del cuerpo», señala.
La ayuda del
deporte
Para María
Pilar García-Ramberde, jefa del Servicio de Salud Mental y Psiquiatría del HNP,
«depende mucho de la personalidad de cada paciente, pero los pacientes que son
deportistas antes de la lesión se lanzan mucho más en la rehabilitación, piden
más y alcanzan los objetivos más rápidamente y con más amplitud, porque están
más acostumbrados a tener una disciplina y toleran mejor el sufrimiento».
También es importante la edad del paciente, puesto que, en opinión de la
doctora Carolina Redondo, facultativa especialista de Área de Medicina Física y
Rehabilitación, «para una persona más mayor es más difícil adaptarse a una
nueva vida. Los niños, por ejemplo, son capaces de aceptarlo, crecer y llegar a
verlo como una vida normal». Esto es así, porque «hasta los 30-35 años el
cerebro tiene más plasticidad para cambiar formas de pensamiento».
«Por mi
experiencia —señala el capellán—, el paciente vive tres momentos de duelo: la
lesión, la confirmación del diagnóstico y cuando les van a dar el alta, por la
incertidumbre sobre cómo va a ser su vida fuera del hospital, donde todo está
adaptado y a una llamada». «Recuerdo una vez una señora que vino a verme a la
capilla y me dijo: “Padre, deme la eutanasia”. Yo le dije: “Primero, eso no va
así, y, segundo, has venido a pedirlo a la persona menos indicada», agrega, con
una sonrisa. La doctora García-Ramberde, por su parte, reconoce que «lo primero
que te piden directamente es la eutanasia». «Evidentemente, cuando una persona
está en shock tiene la realidad distorsionada y no puede tomar según qué
decisiones. Luego, del 80 %-90 % que la piden, solo he conocido a uno que haya
seguido hasta el final», apunta.
«Al paciente
que ingresa le cuesta más aceptar su lesión cuando la culpa la ha tenido otro y
no él mismo. El proceso de aceptación suele ser más difícil», explica el padre
Gómez de la Torre. David González, delegado de Pastoral de la Carretera en
Salamanca, resume su experiencia de acercamiento: «Hay un primer rechazo a
Dios, sobre todo por parte de las familias». «Es la ira del primer momento»,
explica José Aumente. «Es una rabia muy comprensible, ante la que solamente
podemos escuchar, callar y recordarles que estamos ahí y vamos a seguir estando
para lo que necesiten. Pasado un tiempo, hemos visto a personas que en su mayor
dolor han encontrado a Dios y aman la cruz con todas sus fuerzas», añade.
Piensa en Fernando, quien necesitó siete años para aceptar su paraplejía y hoy,
tras haber hecho un Cursillo de Cristiandad, da charlas donde anima a otros en
su situación.
Pequeños
retos
Algo similar
sucede con Iván Díaz Béjar, tetrapléjico desde hace treinta años, cuando estaba
a punto de dar el paso al fútbol profesional. «Me salí con el coche; el morro
pegó en la tierra y volcó. Yo paré todo el golpe con la cabeza y me estalló una
vértebra», recuerda. Cuando vio que su novia estaba bien —«el rato que pasé
desde que desperté en la UCI pensando que has podido matar a alguien no se lo
deseo a nadie»—, se marcó el propósito de recuperarse lo máximo posible.
«Busqué el apoyo de todo el mundo, y me marcaba pequeños retos, iba de reto
pequeño en reto pequeño y así me hacía más fuerte mentalmente», asegura. Así,
se convirtió en la primera y única persona con lesión completa de médula capaz
de andar con bitutores —aparatos para ponerse de pie— y muletas en los 50 años
de vida del HNP. Como había sido deportista semiprofesional, enseguida retomó
la actividad física, llegando a competir internacionalmente en tenis de mesa y
logrando la primera medalla masculina en la historia de la esgrima paralímpica
española. Pero entonces se rompió un hombro y tuvo que dejar la alta
competición. «Busqué otro reto: dar charlas en colegios, hablar con personas en
la misma situación, hacer lo que pueda para ayudar a la redención», señala.
«Trato de convencer a los que están en esto, que se quieren morir, de que yo
tengo una buena calidad de vida: vivo solo, vuelvo a tener pareja, viajo por
Europa, juego al rugby…», detalla.
Ahora,
está ayudando con su testimonio a Manuel García Pulido, quien se lesionó la
médula hace unos meses en un accidente de moto: «La gente se fija solo en que
no puedes mover las piernas, pero hay mucho más: el dolor, me arden los pies,
la pérdida de esfínteres, etc.». Muchos días se levanta sin ganas de nada,
«pero aprovecho mi capacidad de sacrificio interior». Por ello, el capellán
señala siempre que «en el hospital, la vida empieza de nuevo». «Es una escuela
de vida. Es, también, un lugar de esperanza, donde, a pesar de todo, se
despiertan proyectos e ilusiones de futuro. Y, por último, puede ser un lugar
de encuentro con Dios, porque cuántos pacientes se han encontrado con Cristo a
raíz de su lesión. Recuerdo a un joven metido en el mundo de la droga, al que
dispararon dos veces y cuando lo iban a ejecutar en la cabeza, el arma se
encasquilló. Él vio ahí la providencia del Señor», agrega.
Por ello, Aloa
destaca que «con fe y esperanza de todo se sale». «Una mala decisión trae
consecuencias, pero también un aprendizaje. Esto me ha pasado a mí porque tenía
que aprender algo, porque no me tocaba vivir la vida que me estaba
construyendo. Es una segunda oportunidad. Me ha llevado a conocer gente nueva y
muchas historias. Doy muchas gracias a Dios porque en un primer momento me
quería morir, pero de todo se sale», asevera. Aloa ha perdonado al causante de
su accidente, aunque no le gustaría volver a verlo. «Perdonar libera mucho»,
explica la jefa de Salud Mental y Psiaquiatría.
Pese a estas situaciones, el capellán reconoce que «en cuatro años, ni un solo paciente me ha rechazado la visita. Unos se abrían más y otros menos, pero todos han acogido a la Iglesia». Al final, el personal sanitario entra en las habitaciones para hacer algo con la postura o la medicación, pero el cura visita al enfermo, lo escucha. No es de extrañar, por ello, que alguno le dijera: «Para mí, el verdadero médico fue el capellán».
Luis Rivas
Fuente:
Ecclesia