El tiempo de Adviento inicia el año litúrgico con una poderosa llamada a la esperanza, virtud teologal que nos hace poner la mirada en el Dios fiel que cumple sus promesas.
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| Aciprensa. Dominio público |
Esta promesa cumplida es el
fundamento de otras esperanzas que tejerán nuestra propia vida. No hay que
olvidar que el hombre es un ser en camino, homo viator. Al cumplir las
etapas de la vida, uno aspira a llegar a la felicidad última, al gozo pleno de
la vida sin fin; más aún, a la resurrección de la carne. No estamos hechos para
la muerte, sino para la vida. Y la vida plena y definitiva llegará con la
resurrección de la carne.
Por eso, la esperanza del Adviento
mira también hacia el fin de la historia, cuando Dios venga a recrear todo y
llenar con su gloria el universo entero. Entre la primera venida de la Navidad
y la última venida como Rey eterno transcurre la historia del hombre, llamado a
vivir siempre en actitud de esperanza. Debe, por tanto, mirar este mundo desde
la luz del venidero. De lo contrario, se aposentará aquí como si fuese lo
definitivo. Y no es así.
Una de las fuentes de mayor
sufrimiento del hombre es precisamente caer en la «ilusión»
de pensar que este mundo puede darle la felicidad plena. Decimos que uno es un
iluso cuando cree que espera alcanzar un imposible. Pues bien, es una ilusión
pensar que este mundo puede darnos la plena felicidad. Y al experimentar que no
es así, que existe el desengaño, el desamor, la injusticia y la traición, nos
desesperamos. Hemos puesto el fundamento de la esperanza en lo que es efímero,
pasajero, mortal.
Se ha dicho que Dios y el hombre son
como dos enamorados que no se han puesto de acuerdo en el lugar de la cita.
Dios nos espera en la eternidad y el hombre permanece en la temporalidad. La
Navidad nos anuncia que Dios ha entrado en el tiempo, ha tomado nuestra carne
para vivir con nosotros. Pero su destino último no era este mundo temporal y
caduco, sino volver al Padre. Con la resurrección ha trascendido el tiempo. Y
nos ha abierto el camino para llegar también nosotros a él.
Si estamos atentos a la liturgia del
Adviento, que, aunque breve es un tiempo muy intenso, observaremos que se nos
llama a vivir con la esperanza de la última venida de Cristo para no apegarnos
a este mundo y sufrir la frustración de la desesperanza al tener que decir
adiós a tantas realidades: desde las familiares a las cosas que hemos hecho y
que constituyen la obra de nuestra vida. Esto no quiere decir que no tengan
valor: mi familia, mi profesión, mi trabajo, ¿cómo no van a tener valor? ¿Acaso
no tuvo valor la vida de Jesús en esta tierra? Él nos enseñó a vivir, a
trabajar, a servir a los demás. Pero también nos enseñó a sufrir y morir con la
mirada puesta en el Padre. Nada de nuestra vida se perderá, todo lo bueno que
hayamos hecho tendrá su plenitud en la eternidad. Esta es la verdadera
esperanza.
Cuando domingo tras domingo vayamos
encendiendo las cuatro velas del Adviento, avivemos la luz de la fe que nos
hace peregrinar hacia la casa del Padre y cada día que transcurra miremos al
siguiente como otro paso más hacia la meta definitiva. Dios no defrauda, cumple
siempre sus promesas. Para eso ha venido, para darnos la certeza de que nos
acompaña en todos los momentos de la vida sin excluir el duro trance del morir
que él definió como volver al Padre y formar la verdadera ciudad que permanece
porque esta edificada sobre el sólido fundamento de lo eterno.
César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia
