Tras una tumultuosa adolescencia "anulado" y lejos de la fe, el padre Chema, de Madrid, supo que en el vandalismo solo "desfogaba algo que estaba buscando"... y lo encontró en su vocación.
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| P. Chema. Dominio público |
Recuerda
que entonces toda su vida giraba en torno a un grupo de amigos unidos, en un principio, por
diversos géneros de la música heavy y metal.
La
relación pronto derivó en frecuentes actos de vandalismo, destrozos y consumo de drogas. Al principio era poca cosa. Quemaban contenedores,
corrían para no ser descubiertos… Chema tardó en comprender que solo buscaba "desfogar algo que estaba buscando".
Pero entonces era su vida, en detrimento de una fe cada vez más menguada.
"Me
planteaban preguntas sobre Dios y me di cuenta de que no tenía
respuestas", confiesa en el canal de Mater
Mundi. Movido por lo que creía que implicaba la coherencia,
decidió renunciar a su "doble vida". No podía confesarse porque no se arrepentía de lo que
hacía. "Quería seguir haciéndolo".
"Salvado" de los estragos del
vandalismo y las drogas
Declaró
a sus padres que no se confirmaría, se declaró agnóstico y renunció "a
todo" lo que le habían transmitido. Incluso a sí mismo. En su paso 3º de
Educación Secundaria se dijo a sí mismo que nunca volvería a llorar.
"Anulé cualquier cosa que me pudiese emocionar y al final acabé anulándome a mí mismo",
recuerda.
Chema
profundizó en un tipo de vida que no solo "no era cristiano", sino
que también "era malo en muchas cosas".
Sus
actos de vandalismo se incrementaron. En una ocasión, sus amigos fueron detenidos y multados en un
caso que trascendió a la prensa.
Las
drogas eran para su grupo de amigos una rutina. Recuerda una fiesta, cuando se
encerraron él y dos amigos en un cuarto, como la noche que más marihuana consumió.
"Eran
las 3 o las 4 de la madrugada cuando tuve una certeza. Supe que me estaba riendo, pero
que no era feliz. Que algo que me estaba engañando de esa manera no podía
ser bueno. Ese mismo día decidí no volver a consumir", recuerda. No
tardó en conocer la Comunidad del Cenáculo y comprendió que lo que había sucedido aquella
noche fue, con toda certeza, fruto
de la oración que mantienen sus integrantes por otras personas con
adicción.
"De heavy" y derrumbado por la
gracia en Lourdes
Pero
él no quería tener nada que ver con la fe, la religión o la Iglesia. Por eso le
resultó especialmente difícil acudir a una peregrinación de familias a Lourdes. Se negó y sus padres le
dijeron que no irían sin él, "pero no como una amenaza", sino como un
dato: si él no estaba, la familia tampoco. No pudo negarse.
Y
así llegó al santuario, sin saber qué hacía allí y por supuesto con su música y
unas camisetas que, para algunos, desentonaban.
Por la noche, un fraile
se sentó junto a ellos y contó su historia, "una vida tremenda"
ante la cual Chema quedó emocionado: "Noté ese nudo de antes de llorar en
la garganta al escucharle, me resistí, pero había un dato objetivo, que él tenía una alegría que yo no
tenía".
Lo
siguiente fue como una reacción en cadena. "Una monja me dio un abrazo y sentí un amor brutal, me
derribó", recuerda.
En
ese momento le ofrecieron la posibilidad de confesarse. Explica bromeando que Dios usó su orgullo para
confesarse, ya que solo tenía dos opciones, o irse, llorar y romper su voto
o quedarse y reconciliarse con su fe.
Valora
que en ningún momento le resultó asertivo o le ordenó "creer en Dios. Me
dijo que buscase lo que mi corazón me estaba pidiendo. No me quería vender su
producto, fue honesto y sincero… Me dio la absolución y me levanté lleno de paz y alegría.
Todo me parecía feliz".
"Como estar cara a cara con Dios"
Chema
no volvió a casa con fe, pero sí impresionado. Era el mes de mayo y los que
habían organizado la peregrinación pronto irían a Medjugorje. Él "no
sabía ni lo que era, solo que esa gente estaría allí", así que fue
"con la excusa" de acompañar a su hermana.
Admite
que nunca olvidará a una
monja, joven, que se "pegó" a él nada más verle con sus camisetas y
"hablaba de todo" mientras él se limitaba a escuchar. Hasta
que en una adoración, ella le dio cinco piedras y le preguntó si conocía su
significado, en referencia a las cinco piedras de Medjugorje -la Oración,
Eucaristía, la lectura de la Biblia, el ayuno y la confesión-.
La
religiosa no había terminado de enumerarlas cuando su "voto"
particular de no llorar se "derrumbó" y algo dentro de él "se
rompió: "Me caí de
rodillas al suelo, llorando sin parar. No podía parar. Fue como estar delante de Dios cara
a cara, con una paz y una alegría brutales. Como si mi corazón hubiese estado
petrificado mucho tiempo y de repente una bola de demoliciones hiciese saltar la piedra en mil pedazos".
Cuando
regresó a Madrid era otra persona y todo había cambiado. Recuerda el momento en
el que empezó a admirar
como las naciones rendían culto a Dios en la consagración de
Medjugorje y supo que "no podía ser malo". Algo muy distinto a su
"vandalismo favorito" practicado hasta no hacía mucho, quemar la
bandera en la plaza de su pueblo.
"Tú tienes cara de fraile"
También,
nada más llegar, renunció de nuevo ante sus amigos a consumir drogas "más
fuertes" y comenzó un proceso en el que le atraía todo lo relacionado con
Dios. Y comer con su
familia ya no era motivo de tensión o incomodidad, sino que
"ahora estaba a gusto".
Sus
notas seguían siendo malas. Pero "ya no era por la fiesta, sino porque no
podía pensar en otra cosa que ir con los frailes a los encuentros de Murcia del
padre Francisco".
No
había pasado mucho tiempo desde su regreso cuando en el encuentro de
familias de Murcia al que fue con unos religiosos, una monja le dijo "medio en broma"
que tenía "cara de fraile".
"Empezó a ser para mí una
posibilidad en la que nunca había entrado… y me puse a llorar otra
vez. Empecé a planteármelo. Quería entrar, todo lo que era Dios y los frailes
me gustaban y lo que era el mundo y las amistades ya no me llenaban", le
dijo a uno de los religiosos.
Las piezas del puzzle encajaron en
Schola Cordis Iesu
Los
superiores de la orden le recomendaron "paciencia". Se matriculó en
Filosofía y meditó en su vocación dos años hasta que en segundo de carrera un
amigo le presentó lo que recuerda entre risas como "un grupo de gente que se junta a hablar del fin del mundo".
Se refería a Schola Cordis Iesu,
un grupo de fieles y sacerdotes nacido en Barcelona basado en la devoción al
Sagrado Corazón, la Adoración y la Teología de la Historia.
Tras
un primer acercamiento, Chema accedió a ir a unos ejercicios espirituales de
Schola con los sacerdotes Santiago
Arellano y José
María Alsina. Recuerda una anécdota de este último que "le
rompió" los esquemas… y solventó sus dudas. El sacerdote acababa de
impartir la absolución a un moribundo, al que después diría bromeando que le mandó "a tomar café con
San Pedro".
Aunque
"puede parecer una tontería", recuerda que "todas las piezas del puzzle encajaron en esa frase.
Todo lo que deseaba en mi corazón, aquello que me dijo el sacerdote al
confesarme, era ser
sacerdote. Mandar a la gente a tomar café con San Pedro. Ser su
secretario".
Decidido,
Chema acabó Filosofía, entró al seminario de La Hermandad de Hijos de Nuestra
Señora del Sagrado Corazón -de los sacerdotes que llevan Schola- y se ordenó
sacerdote. Desde entonces, dice, nunca ha dudado de su vocación y recuerda la administración de la Eucaristía
y la confesión como los momentos más felices de su vida.
Concluye
con una anécdota que lo refleja, recién ordenado. "Un chico se vino a
confesar en Navarra. Estaba todo nublado. Le fui a dar la absolución y en ese
momento salió un rayo de luz de las nubes que pasó por mis manos hasta su
cabeza. Ahí el Señor me dijo: `Para que veas lo que tienes entre manos´. Ser sacerdote es tremendo. Es lo
mejor", concluye.
Fuente: ReL
