Dos sacerdotes han acompañado al Papa en todas las ceremonias durante el 43º Viaje Apostólico en Mongolia: Padre Joseph Enkh y el Padre Sanjaajav Tserenkhand
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| Foto: Vatican Media. Dominio público |
Si la
ordenación de un sólo sacerdote es ya un motivo de alegría, cuando se trata del primer sacerdote de uno de
los países más extensos del mundo se convierte en una jornada histórica.
Es lo que ocurrió en 2016 en Mongolia, con la ordenación del P. Joseph Enkh, a
cuya ceremonia, además de la comunidad católica acudieron diplomáticos y
autoridades civiles.
La Iglesia
católica en Mongolia es una de las más jóvenes del mundo, y por este motivo de momento tan sólo es una Prefectura
Apostólica, un tipo de jurisdicción territorial que se
establece en regiones de misión que aún no se han constituido como diócesis. Quien sabe si en los próximos años, ante el
aumento de católicos podrá “ascender” al rango de diócesis. Su
obispo es el cardenal italiano Giorgio Marengo, misionero de la Consolata que
ha vivido en Mongolia más de 20 años. Los 1.500 católicos del país disponen
como principal centro de culto de la catedral de San Pedro y San Pablo,
que se encuentra en la capital, Ulán Bator.
El 28 de agosto de 2016
la catedral vivió la ceremonia más emocionante desde su inauguración: la ordenación del primer sacerdote nativo de
Mongolia: Joseph Enkh, que estuvo presidida por el entonces
prefecto apostólico, monseñor Wenceslao Padilla, uno de los tres primeros
misioneros que llegaron al país y que pertenecía a la Congregación del Corazón
Inmaculado de María.
El P. Joseph
Enkh Baatar había sido ordenado diácono el 11 de diciembre de 2014 en la
diócesis de Daejeong (Corea del Sur), donde recibió su formación inicial, y siempre recordará que en todas las iglesias de
Mongolia se realizó en su honor una novena para preparar su ordenación.
Muchos fieles le escribieron cartas para hacerle llegar su cercanía y oración,
asegurándole que se sentían muy orgullosos de su vocación.
El día de su
ordenación estuvo presente el máximo responsable del monasterio budista de
Dashi Choi Lin, quien le colocó una estola de seda azul alrededor del cuello,
que, en la tradición budista, simboliza el cielo y, por lo tanto, significa la
pureza, la buena voluntad, un buen augurio y compasión. Un gesto que fue
aplaudido por todos los participantes. El P. Joseph escogió para su ordenación
sacerdotal el lema: «Niégate a ti mismo, toma tu cruz cada día y sígueme» (Lc
9, 23).
Cinco años después de
este gran acontecimiento fue ordenado el segundo seminarista mongol, Sanjaajav
Tserenkhand, conocido familiarmente como Sanja. El lema que
escogió para su ordenación fue “Todo lo puedo en Cristo que me da fuerza”.
Su historia
está íntimamente ligada a la de las Misioneras de la Caridad de Santa Teresa de
Calcuta. Se
quedó huérfano muy pequeño, y a los 9 años ellas le enseñaron a leer.
Al bautizarse adoptó el nombre de Pedro. Descubrió su vocación junto a los
numerosos misioneros coreanos que trabajan en Mongolia, y al igual que su
predecesor, se formó en el seminario diocesano de Daejeon en Corea del Sur.
Sobre su experiencia personal a la hora de conocer el catolicismo asegura que
como mongol, una
de las parábolas que más le ayudó a crecer en su cercanía con Dios fue la
imagen del Buen Pastor que cuida de sus ovejas y que es capaz de dar su vida
por ellas. Para los mongoles, pueblo nómada, el ganado es
fuente de vida y sustento, por lo que conocen muy bien lo que implica la figura
del Buen Pastor.
El trabajo del religioso Wenceslao
Padilla, en el origen de las primeras vocaciones nativas de Mongolia
Cuando
Mongolia se convirtió en un país democrático a principios de la década de 1990,
uno de los primeros pasos que dieron las autoridades de Ulán Bator fue
solicitar el inicio de las relaciones diplomáticas con la Santa Sede, y además, abrieron las puertas a que los
misioneros católicos trabajaran en el país.
El 4 de
abril de 1992 se establecieron relaciones diplomáticas y se encargó a la
Congregación del Corazón Inmaculado de María la creación de la estructura
inicial de la Iglesia. El 10 de julio de 1992 los tres primeros
misioneros de esta Congregación llegaron a Mongolia. Entre
ellos se encontraba el padre Wenceslao Padilla, de origen filipino y dos padres
belgas, el padre Robert Goessens y el padre Gilbert Sales.
Cuando iniciaron la
misión no había ningún católico nativo en Mongolia, pero si que existían
algunos católicos expatriados entre el personal de las embajadas extranjeras o
trabajadores de empresas emergentes. El origen de los primeros encuentros fue muy
similar al de los primeros cristianos: se reunían en las casas y celebraban la
Misa dominical en el apartamento donde vivían los misioneros.
Poco a poco, dado el aumento de los participantes en las Misas fueron
alquilando algún salón hasta que llegó el momento de construir las primeras
parroquias de ladrillo.
El primer bautizado del país
fue un niño mongol adoptado por una pareja de ciudadanos ingleses al que
pusieron el nombre de Peter. En los primeros años se formó una comunidad
de una treintena de católicos mongoles.
Desde
el inicio la Iglesia en Mongolia fue una comunidad cercana a los pobres, a los
que brindó asistencia y auxilio, comprometiéndose, como suele suceder en muchos
países, en la educación y el diálogo con otras culturas y religiones.
El P. Gilbert Sales,
uno de los tres primeros misioneros que llegó al país recuerda que le llamó la
atención la cantidad de niños de la calle que se encontró en Ulán Bator. Le explicaron que sobrevivían como podían y
que en la estación fría, en la que se alcanzan temperaturas de 40 grados bajo
cero se refugiaban en las alcantarillas por donde pasan los conductos de
calefacción. Un día el misionero decidió bajar a las
alcantarillas y se encontró con un espectáculo que le destrozó el corazón: niños de entre 8 y 15 años alcoholizados,
violentos, enfermos y en situaciones de promiscuidad sexual.
Decidió ayudarlos de alguna forma y regresó a visitarlos con comida. Poco a
poco se fue ganando su confianza, una asignatura difícil, porque no estaban
acostumbrados a que nadie les tratara con cariño. Se empeñó en sacarlos de la
calle y de esta forma nació la primera iniciativa caritativa de los nuevos
misioneros: un centro para niños de la calle en 1995. Se les facilitó alimentación, alojamiento,
atención médica y una educación que los llevara a reintegrarse a la sociedad.
Alguno de estos niños ya han terminado sus estudios universitarios, trabajan de
manera estable y son padres de familia.
El primer
obispo del país, Wenceslao Padilla tenía como territorio de misión toda
Mongolia. Nombrado
Prefecto Apostólico diez años después de su llegada, en 2002, su consagración
episcopal tuvo lugar en la Catedral, cuya construcción él mismo había impulsado.
Durante los 26 años de servicio en Mongolia movió todos los hilos posibles para
que muchas congregaciones religiosas y misioneras, masculinas y femeninas, se
establecieran en Mongolia y gracias a su impulso llegaron al país muchos
misioneros desde África, Asia, Europa y América Latina.
Se abrieron colegios,
escuelas técnicas, orfanatos, asilos, centros de primeros auxilios, clínicas,
hogares para víctimas de violencia doméstica, centros para discapacitados y
guarderías. En 2006,
había alrededor de 600 católicos en Mongolia, incluidos 350 mongoles nativos. Y
finalmente, al cabo de los años se produjo la esperada ordenación de dos
sacerdotes mongoles. El impulso de Padilla también tuvo como
resultado la creación de Cáritas Mongolia que sacó adelante programas de
abastecimiento de agua, construcción de viviendas para los pobres, agricultura
sostenible, seguridad alimentaria, promoción social y lucha contra la trata de
personas.
La Agencia
Fides relata una anécdota importante que influyó en el desarrollo de la iglesia
católica y puede servir de ejemplo del trabajo de los misioneros para armonizar
la liturgia católica con las tradiciones locales. Una de las fiestas más antiguas e importantes
de la cultura mongola se llama ‘Tsagaan Sar’ y coincide con el año nuevo lunar.
La Iglesia Católica ha incorporado la fiesta a la liturgia y en las iglesias
católicas de Mongolia se celebra una Eucaristía especial al amanecer del nuevo
año para confiar la vida de todos a Dios y rezar por la nación. En 2017 la
celebración del año nuevo lunar coincidió con el inicio de la Cuaresma y con el
Miércoles de Ceniza, día de penitencia. Por ello, el obispo Padilla quiso aplazar la
imposición de la Ceniza al primer domingo de Cuaresma, emitiendo una “dispensa
extraordinaria del ayuno y la abstinencia cuaresmal” ya
que durante los días de esta fiesta las familias mongolas consumen tradicionalmente
una gran cantidad de carne. Los fieles católicos, que participaron masivamente
en la misa de la mañana, apreciaron mucho este detalle, que contribuyó a que se
sintieran más “en casa”.
El 25 de septiembre de 2018 el
obispo Padilla murió de un infarto en Ulán Bator, unos días antes de
cumplir sesenta y nueve años. Las raíces de la Iglesia católica en China se
remontan al siglo XIII.
Kublai Kan
fue el quinto y último gran kan del Imperio mongol y primer emperador de la
dinastía china Yuan, pero sobre todo pasó a la historia por ser el nieto de
Gengis Kan que llevó el imperio mongol a su plenitud, anexionándose China. A lo
largo de su vida mostró un gran interés en la fe católica y facilitó el
asentamiento de los primeros misioneros italianos, franciscanos y dominicos que se aventuraron a entrar en Mongolia y
llegaron hasta China. Se podría decir que gracias a los mongoles el catolicismo
pudo entrar en China.
Gran artífice de este
interés por el catolicismo fue Marco Polo, que durante una
época de su vida estuvo al servicio de Kublai Kan. En su viaje de regreso a
Italia el primer emperador de la dinastía china Yuan le entregó cartas para el
Papa en las que le pedía más misioneros católicos. En aquella época, el primer
obispo de Mongolia (y China) era un italiano, Giovanni da Montecorvino. A él se le debe la traducción del Nuevo
Testamento y los salmos al mongol.
Con la caída del imperio mongol y la llegada de la nueva dinastía, de origen chino, no se permitió la entrada de más misioneros y la Iglesia católica en Mongolia fue desapareciendo. Hubo que esperar a 1992, cuando tras salir del comunismo se aprobó una nueva Constitución democrática y Mongolia retomó las relaciones diplomáticas con el Vaticano.
Eva Fernández
Fuente: ECCLESIA
