En 1953, con un Japón que luchaba por la reconstrucción tras ser arrasado durante la Segunda Guerra Mundial y a pocos meses de que concluyese la ocupación oficial del país por los Estados Unidos, el pueblo católico necesitaba fe, pero también esperanza y caridad.
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| Fidel Herráez Vegas, arzobispo emérito de Burgos, visitando al misionero fallecido, Cremencio Manso. Dominio público |
Ocho
años después, los cristianos no superaban las 185.000 personas, y la bomba
atómica tuvo mucho que ver. En 1929 había unos 94.096 católicos nipones, de los
cuales 63.698 residía en Nagasaki: la bomba eliminó a más de dos tercios de la Iglesia en Japón.
En
este contexto, la labor de asistencial y de reconstrucción aportada por la
Iglesia fue crucial. Uno de los misioneros de "primera hora" en el
Japón de la posguerra fue el burgalés Cremencio Manso, llegado al país en 1953
y fallecido este 3 de abril. Allí
permaneció durante 63 años, ejerciendo una labor que le mereció importantes condecoraciones, como
fue la recepción de la Medalla de Honor de manos del mismo emperador
Akihito.
Nacido
en Villasandino en 1928, Manso fue ordenado sacerdote en 1951, a los 23 años. Poco después de
ser ordenado fue uno de los impulsores e iniciadores del Instituto Español de
Misiones Extranjeras. Tras ser enviado durante seis meses a Estados Unidos para
aprender inglés, asistió al convenió de colaboración entreel entonces arzobispo
de Burgos, Mons. Pérez Platero y el de Osaka, Pablo Taguchi, para potenciar la misión en las
ciudades de Marugame y Sakaide, cerca de la devastada Hiroshima.
El
5 de enero de 1953, Manso desembarcó en el puerto de Yokohama, donde le
esperaban otros dos sacerdotes madrileños, y pocos días después llegaron a la
ciudad de Marugame, junto con el sacerdote japonés Takana.
Reconstruyendo y evangelizando Japón
Comenzó
así un periodo de misión y
reconstrucción para el misionero que se alargaría durante 50 años, en plena
escasez alimenticia, textil y económica -la renta per cápita no superaba los
172 dólares, más de un millón de personas vivía sin hogar-.
La
labor a la que se enfrentó el misionero español a su llegada fue extenuante.
Solo un año después de su llegada, los misioneros se hicieron cargo de 400 parroquias y en 1955
obtuvieron autorización para crear un parvulario. No tardaron en ver como
la misión crecía y cada vez más japoneses pasaban a formar parte de la renovada
Iglesia, viendo llegar unos 12.000
nuevos conversos cada año.
En
1957, a la ayuda de Manso se sumó la de otro burgalés, Kobe David Tellez, de 27
años, encargándose los dos sacerdotes de abrir la primera escuela de Primaria
con 25 alumnos.
Desde
entonces, la misión se consolidó y la llegada de las primeras religiosas para
apoyar la labor sanitaria y educativa se materializó desde 1958, coincidiendo
con el devastador
terremoto que devastó nuevamente al país con ocho misioneros y cuatro
misiones.
En
los siguientes años crecieron las escuelas, los hospitales, e incluso, pudieron comprar dos coches para
la misión. Diez años después de su llegada a Japón, existía ya un buen equipo
de misioneros en cuatro ciudades: Kanonji, Zentsuji, Marugame y Sakaide.
Entre
su extensa labor educativa desarrollada durante aquellos 50 años, Manso destacó
como director de parvularios en las ciudades de Zentsuji, Marugame y desde 1970
en Kanoji, donde recogía a los mismos niños en autobús. Durante su trayectoria
misionera y educativa en el país nipón, más de 3.000 niños han pasado por las escuelas a él encomendadas,
lo que en 2006 le mereció el reconocimiento por el mismo emperador de Japón con
la Medalla de Honor de la
Orden del Tesoro Sagrado por su contribución al bienestar de la
nación, cuando contaba con 78 años.
José María Carrera
Fuente: ReL
