El Santo Padre recuerda en el Ángelus de este cuarto Domingo de Adviento que renunciar a las certezas, planes perfectos o legítimas expectativas, es abrirse al futuro y a la misericordia de Dios
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Cuarto y último domingo de Adviento, el Papa
asomado desde la ventana de su estudio en el Palacio apostólico reflexiona como
siempre, sobre el Evangelio de este domingo que ve a san José en su
discernimiento sobre la paternidad del hijo de Dios en el vientre de su
prometida María. Una Plaza de San Pedro soleada y repleta de peregrinos entra
junto al Pontífice en las tribulaciones de un hombre que sueña para el futuro
“una hermosa familia, con una esposa afectuosa, muchos hijos buenos y un
trabajo digno; sueños simples y buenos.”, pero que se rompen ante la noticia
del embarazo de su prometida, María.
“¡María, su prometida, espera un niño, y ese
niño no es suyo! ¿Qué pudo haber sentido José? Desconcierto, dolor,
desorientación, quizá también enojo y desilusión… ¡El mundo se le vino encima!
¿Qué podía hacer?”
La encrucijada
Una cuestión que según la Ley judía ofrecía dos
posibilidades. La primera. – dijo Francisco - denunciar a María y hacerle pagar
el precio de una presunta infidelidad. La segunda. – agregó - anular su
compromiso en secreto, sin exponer a María al escándalo y a graves
consecuencias, tomando sobre sí el peso de la vergüenza.
El camino de la misericordia
“José escoge esta segunda vía: la vía de la
misericordia”, subraya el Pontífice, pues en el centro de esa crisis,
precisamente mientras piensa y evalúa todo esto, Dios enciende en su corazón
una luz nueva, porque la maternidad de María no procede de una traición, sino
que es obra del Espíritu Santo, y el niño que nacerá es el Salvador (cfr. v.
20-21).
“María será la madre del Mesías y él será su
custodio. Al despertar, José comprende que el mayor sueño de todo pío israelita
-ser el padre del Mesías- se está haciendo realidad en él de modo absolutamente
inesperado.
Confianza en Dios
Ante esta desconcertante noticia, y más allá de
la Ley, José confía en Dios “por encima de todo, acoger a María y a su hijo.
“En otras palabras, José deberá renunciar a sus
confortantes certezas, a sus planes perfectos, a sus legítimas expectativas, y
abrirse a un futuro enteramente por descubrir. Y a Dios, que estropea sus
planes y le pide que se fíe de Él, José responde sí.
Una valentía heroica
El Papa describe esta elección como una
“valentía es heroica” y en “silencio”, es decir, “José se fía, acoge, se hace disponible, no pide
más garantías”. Entonces, Francisco plantea una interrogante: ¿qué nos dice
José hoy a nosotros?.
“También nosotros tenemos nuestros sueños, y quizá en
Navidad pensamos más en ellos, los discutimos juntos. Quizá añoramos algunos
sueños rotos, y vemos que las mejores esperanzas a menudo deben enfrentarse a
situaciones inesperadas, desconcertantes. Cuando esto sucede, José nos indica
el camino: no hay que ceder a los sentimientos negativos, como la rabia y la
cerrazón, ¡este es un camino equivocado! Por el contrario, debemos acoger las
sorpresas de la vida, incluidas las crisis, teniendo en cuenta que cuando se
está en crisis no hay que decidir apresuradamente, según el instinto, sino que,
como José, es preciso “considerar todas las cosas” (cfr. v. 20) y apoyarse en
el criterio principal: la misericordia de Dios”.
No ceder a la cerrazón y la rabia
El Santo Padre asegura que cuando se habita la
crisis sin ceder a la cerrazón, a la rabia y al miedo, teniendo la puerta
abierta a Dios, Él puede intervenir.
“Él es experto en transformar las crisis en
sueños: sí, Dios abre las crisis a perspectivas nuevas, quizá no como nosotros
nos esperamos, sino como Él sabe. Son los horizontes de Dios: sorprendentes,
pero infinitamente más amplios y hermosos que los nuestros”
Francisco, junto a los fieles, antes del rezo
mariano, pide a la Virgen María que nos ayude a vivir abiertos a las sorpresas de Dios.
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