LOS 7 PECADOS CAPITALES, LAS 7 PETICIONES DEL PADRENUESTRO Y LOS 7 DONES DEL ESPÍRITU SANTO (II/II)

Una reflexión medieval profundamente inspirada en los 5 septenarios del tesoro de la Iglesia

Hieronymus Bosch - Domínio Público

4 – Tristeza o pereza versus «Danos hoy nuestro pan de cada día» y el don de la Fortaleza

Al no encontrar en sí mismo ni alegría ni consuelo, el hombre colérico cae en la tristeza. Ese era el nombre que los medievales daban a la pereza, porque el pecado capital de la pereza lleva a tener tristeza con el bien que recibió de Dios, visto que esos bienes nos traen obligaciones.

Los pecados capitales anteriores, como hemos visto, hacen que el hombre pierda todo el amor al bien que Dios le ha dado. Entonces, dominado por la ira, él ya no tiene alegría ni siquiera en el propio bien, y este bien le exige el cumplimiento de sus deberes, porque a quien mucho se le ha dado, mucho le será pedido.

Desconsolado y triste, el hombre soberbio, envidioso y colérico lamenta las obligaciones que conllevan los bienes que Dios le ha dado y tiene pocas ganas de trabajar en la viña de Cristo. Es de la cólera que nace la pereza o tristeza.

El colérico preferiría que Dios no le diera ningún bien, para no tener más obligaciones. La tristeza o pereza ata al hombre a la columna de la inercia y lo fustiga de tristeza.

Ahora, lo que nos da fuerza para trabajar con alegría e incansablemente en la viña del Señor es el pan de cada día. Por eso, para combatir la falta de generosidad en el servicio de Dios, Jesús nos hace pedir en el Padrenuestro: «Danos hoy nuestro pan de cada día».

Es decir, que Dios nos conceda la gracia y la fuerza necesarias para cumplir nuestros deberes de cada día. Que Dios nos dé su gracia y fuerza para cumplir los deberes que éstas nos implican. Y esta fuerza de actuar es la que da al hombre la alegría del deber cumplido.

Con «nuestro pan de cada día» lo que pedimos es el don de la Fortaleza, el cual nos da fuerza y paciencia para enfrentar las dificultades, trabajos y cruces de nuestra vida de cada día.

Es el don de la Fortaleza que produce en nuestra alma el hambre y la sed de justicia que necesitamos para ir al cielo. En la cuarta petición, por lo tanto, pedimos el hambre de justicia y el pan que la sacia.

Y ¿qué río de maldad se genera por la pereza o tristeza?

De la tristeza nace la voluntad de buscar consuelo en los bienes exteriores, porque aquel que no encuentra bien o alegría dentro de sí buscará el consuelo fuera de sí.

5 – Avaricia versus «Perdona nuestra ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» y el don del Consejo

De la pereza viene, entonces, la avaricia, la codicia desmesurada de bienes materiales. Quien no tiene hambre y sed de justicia tendrá hambre y sed de oro, y hará de la fortuna su justicia.

Y en ausencia de consuelo y alegría interiores se sumará la inquietud por la adquisición y la conservación de bienes materiales, que sólo traen falta de paz, inquietud, aprehensión de males y perturbación de espíritu.

La sed de bienes materiales solamente crece poseyéndolos, y el hombre jamás estará saciado por la riqueza. La riqueza es un agua que hace crecer siempre más la sed de ella.

Para combatir esa miseria y esa quinta enfermedad – tan baja – del alma, Cristo nos mandó que pidiéramos, en quinto lugar: «Perdona nuestra ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».

Pues es junto que quien no es avaricioso en lo que le deben no se inquiete por lo que debe. El misericordioso con quien lo ha ofendido alcanzará la misericordia para sí.

Y cuando pedimos a Dios el perdón por nuestras ofensas, de la misma manera en que estamos dispuestos a perdonar a quien nos ha ofendido, lo que pedimos y recibimos es el don del Consejo.

Por ese don del Espíritu Santo sabemos y tenemos fuerza para ejercer de buen corazón la misericordia a quien nos ofende, y del modo más conveniente, y en la hora oportuna, para hacerles bien a cambio del mal que nos hicieron.

6 – Gula versus «No nos dejes caer en la tentación» y el don de la Inteligencia o Entendimiento

Si el río pecaminoso de la avaricia no es vencido en nosotros por la acción de la gracia, podría nacer un río más lamentable todavía, el río de la gula.

Y es lógico que, al buscar bienes inferiores, el hombre seducido por las riquezas – y no encontrando en ellas la verdadera consolación, sino sólo mayor inquietud – busque entonces en un bien inferior, que está en él mismo, aquello que los bienes inferiores externos no le pudieron dar.

El hombre busca el placer de los sentidos y, en primer lugar, el placer del comer, visto que cada hombre, necesitando alimentarse, es tentado por la gula.

Este pecado seduce al hombre y lo reduce a un nivel inferior al de los animales. Ese hombre, que quiso igualarse a Dios poniéndose orgullosamente como causa de su propio bien, cae ahora abajo de los animales, que sólo comen lo que necesitan.

Para combatir este sexto y tan bajo mal, Cristo nos enseña a pedir en la oración dominical: «No nos dejes caer en la tentación».

Nótese que no se pide no tener la tentación de la gula. Visto que es necesario que el hombre coma, todos los hombres estarán expuesto a la tentación de comer incontrolablemente.

La gula explora el apetito natural de subsistir, llevándonos al exceso. Con el pretexto de la necesidad, la gula nos induce a comer irracionalmente.

Por eso, para combatirla, pedimos a Dios, en la sexta petición del Padrenuestro, que nos conceda el don de la Inteligencia.

Porque es el apetito de la palabra de Dios el que contiene al hombre en la justa medida del apetito del pan material, ya que «no sólo de pan vive el hombre».

Pero sólo entiende eso quien tiene el espíritu de Inteligencia, que hace comprender la superioridad de los bienes espirituales sobre los materiales, haciendo al hombre vencer la gula por el ayuno y abstinencia, y la avaricia acumuladora por la confianza en la Providencia.

Es el espíritu de Inteligencia el que clarifica la visión interior del hombre por el conocimiento de la Palabra de Dios, que actúa como un colirio en el ojo de la sabiduría.

7 – Lujuria versus «Líbranos del mal» y el don de la Sabiduría

Seducido por el río lamentable de la gula, el hombre pecador es arrastrado al pantano final, donde queda atorado, sucio y preso: la lujuria esclavizante.

Cuando el hombre se entrega al placer de la gula, su alma se vuelve débil y ya no logra dominar el ardor de las pasiones carnales.

Cayendo en la lujuria, queda esclavizado, porque ninguna pasión tiene mayor poder de dominación sobre el hombre que la impureza.

Esclavo de los amores impuros, el hombre yace en el servicio al demonio, del que difícilmente se libra, a no ser por la oración y la penitencia.

Este es el séptimo y fétido río de los pecados de Babilonia, del que, en el Padrenuestro, se pide apropiadamente la liberación: «Líbranos del mal».

Es natural que el hombre esclavizado suspire e implore por su libertad. Y la séptima petición del Padrenuestro nos implora de Dios Altísimo el don de la Sabiduría, que vuelve al hombre realmente libre.

Ahora, la palabra sabiduría tiene la misma raíz de sabor. Movida por la gracia y sintiendo el sabor de la sabiduría, el alma se libera de la esclavitud de los placeres materiales y puede, finalmente, alzar el vuelo para contemplar a Dios.

Por lo tanto, es la dulzura interior y espiritual que da al hombre la fuerza de vencer la voluptuosidad mentirosa de los sentidos.

Sólo entonces, poseyendo la Sabiduría y libre de los pecados, el alma tendrá la paz de Cristo, que no es la paz de este mundo.

Adaptado a partir de la publicación del blog Modéstia Masculina

Fuente: Aleteia Brasil