Una reflexión medieval profundamente inspirada en los 5 septenarios del tesoro de la Iglesia
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| Hieronymus Bosch - Domínio Público |
4 – Tristeza o
pereza versus «Danos hoy nuestro pan de cada día» y el don de la Fortaleza
Al no encontrar
en sí mismo ni alegría ni consuelo, el hombre colérico cae en la tristeza. Ese
era el nombre que los medievales daban a la pereza, porque el pecado capital de
la pereza lleva a tener tristeza con el bien que recibió de Dios, visto que
esos bienes nos traen obligaciones.
Los pecados
capitales anteriores, como hemos visto, hacen que el hombre pierda todo el amor
al bien que Dios le ha dado. Entonces, dominado por la ira, él ya no tiene
alegría ni siquiera en el propio bien, y este bien le exige el
cumplimiento de sus deberes, porque a quien mucho se le ha dado, mucho le será
pedido.
Desconsolado y
triste, el hombre soberbio, envidioso y colérico lamenta las obligaciones que
conllevan los bienes que Dios le ha dado y tiene pocas ganas de trabajar en la
viña de Cristo. Es de la cólera que nace la pereza o tristeza.
El colérico
preferiría que Dios no le diera ningún bien, para no tener más obligaciones. La
tristeza o pereza ata al hombre a la columna de la inercia y lo
fustiga de tristeza.
Ahora, lo que
nos da fuerza para trabajar con alegría e incansablemente en la viña del Señor
es el pan de cada día. Por eso, para combatir la falta de generosidad en el
servicio de Dios, Jesús nos hace pedir en el Padrenuestro: «Danos hoy nuestro
pan de cada día».
Es decir, que
Dios nos conceda la gracia y la fuerza necesarias para cumplir nuestros
deberes de cada día. Que Dios nos dé su gracia y fuerza para cumplir los
deberes que éstas nos implican. Y esta fuerza de actuar es la que da al hombre
la alegría del deber cumplido.
Con «nuestro
pan de cada día» lo que pedimos es el don de la Fortaleza, el cual nos da
fuerza y paciencia para enfrentar las dificultades, trabajos y cruces de
nuestra vida de cada día.
Es el don de la
Fortaleza que produce en nuestra alma el hambre y la sed de justicia que
necesitamos para ir al cielo. En la cuarta petición, por lo tanto, pedimos
el hambre de justicia y el pan que la sacia.
Y ¿qué río de
maldad se genera por la pereza o tristeza?
De la tristeza
nace la voluntad de buscar consuelo en los bienes exteriores, porque aquel que
no encuentra bien o alegría dentro de sí buscará el consuelo fuera de sí.
5 – Avaricia
versus «Perdona nuestra ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos
ofenden» y el don del Consejo
De la pereza
viene, entonces, la avaricia, la codicia desmesurada de bienes materiales.
Quien no tiene hambre y sed de justicia tendrá hambre y sed de oro, y hará de
la fortuna su justicia.
Y en ausencia
de consuelo y alegría interiores se sumará la inquietud por la adquisición
y la conservación de bienes materiales, que sólo traen falta de paz, inquietud,
aprehensión de males y perturbación de espíritu.
La sed de
bienes materiales solamente crece poseyéndolos, y el hombre jamás estará
saciado por la riqueza. La riqueza es un agua que hace crecer siempre más la
sed de ella.
Para combatir
esa miseria y esa quinta enfermedad – tan baja – del alma, Cristo nos mandó que
pidiéramos, en quinto lugar: «Perdona nuestra ofensas, como también
nosotros perdonamos a los que nos ofenden».
Pues es junto
que quien no es avaricioso en lo que le deben no se inquiete por lo que debe.
El misericordioso con quien lo ha ofendido alcanzará la misericordia para sí.
Y cuando
pedimos a Dios el perdón por nuestras ofensas, de la misma manera en que
estamos dispuestos a perdonar a quien nos ha ofendido, lo que pedimos y
recibimos es el don del Consejo.
Por ese don del
Espíritu Santo sabemos y tenemos fuerza para ejercer de buen corazón la misericordia a
quien nos ofende, y del modo más conveniente, y en la hora oportuna, para
hacerles bien a cambio del mal que nos hicieron.
6 – Gula versus
«No nos dejes caer en la tentación» y el don de la Inteligencia o Entendimiento
Si el río
pecaminoso de la avaricia no es vencido en nosotros por la acción de la gracia,
podría nacer un río más lamentable todavía, el río de la gula.
Y es lógico
que, al buscar bienes inferiores, el hombre seducido por las riquezas – y no
encontrando en ellas la verdadera consolación, sino sólo mayor inquietud –
busque entonces en un bien inferior, que está en él mismo, aquello que los
bienes inferiores externos no le pudieron dar.
El hombre busca
el placer de los sentidos y, en primer lugar, el placer del comer,
visto que cada hombre, necesitando alimentarse, es tentado por la gula.
Este pecado
seduce al hombre y lo reduce a un nivel inferior al de los animales. Ese
hombre, que quiso igualarse a Dios poniéndose orgullosamente como causa de su
propio bien, cae ahora abajo de los animales, que sólo comen lo que necesitan.
Para combatir
este sexto y tan bajo mal, Cristo nos enseña a pedir en la oración
dominical: «No nos dejes caer en la tentación».
Nótese que no
se pide no tener la tentación de la gula. Visto que es necesario que el hombre
coma, todos los hombres estarán expuesto a la tentación de comer
incontrolablemente.
La gula explora
el apetito natural de subsistir, llevándonos al exceso. Con el pretexto de
la necesidad, la gula nos induce a comer irracionalmente.
Por eso, para
combatirla, pedimos a Dios, en la sexta petición del Padrenuestro, que nos
conceda el don de la Inteligencia.
Porque es
el apetito de la palabra de Dios el que contiene al hombre en la justa
medida del apetito del pan material, ya que «no sólo de pan vive el hombre».
Pero sólo
entiende eso quien tiene el espíritu de Inteligencia, que hace comprender la
superioridad de los bienes espirituales sobre los materiales, haciendo al
hombre vencer la gula por el ayuno y abstinencia, y la avaricia
acumuladora por la confianza en la Providencia.
Es el espíritu
de Inteligencia el que clarifica la visión interior del hombre por el
conocimiento de la Palabra de Dios, que actúa como un colirio en el ojo de la
sabiduría.
7 – Lujuria
versus «Líbranos del mal» y el don de la Sabiduría
Seducido por el
río lamentable de la gula, el hombre pecador es arrastrado al pantano final,
donde queda atorado, sucio y preso: la lujuria esclavizante.
Cuando el
hombre se entrega al placer de la gula, su alma se vuelve débil y ya
no logra dominar el ardor de las pasiones carnales.
Cayendo en la
lujuria, queda esclavizado, porque ninguna pasión tiene mayor poder de
dominación sobre el hombre que la impureza.
Esclavo de los
amores impuros, el hombre yace en el servicio al demonio, del que difícilmente
se libra, a no ser por la oración y la penitencia.
Este es el
séptimo y fétido río de los pecados de Babilonia, del que, en el Padrenuestro,
se pide apropiadamente la liberación: «Líbranos del mal».
Es natural que
el hombre esclavizado suspire e implore por su libertad. Y la séptima
petición del Padrenuestro nos implora de Dios Altísimo el don de la Sabiduría,
que vuelve al hombre realmente libre.
Ahora, la
palabra sabiduría tiene la misma raíz de sabor. Movida por la gracia y
sintiendo el sabor de la sabiduría, el alma se libera de la esclavitud de los
placeres materiales y puede, finalmente, alzar el vuelo para contemplar a Dios.
Por lo tanto,
es la dulzura interior y espiritual que da al hombre la fuerza de vencer la
voluptuosidad mentirosa de los sentidos.
Sólo entonces,
poseyendo la Sabiduría y libre de los pecados, el alma tendrá la paz de Cristo,
que no es la paz de este mundo.
Adaptado a
partir de la publicación del blog Modéstia Masculina
Fuente: Aleteia Brasil
