La hermana Mayín sintió la vocación de niña, y hoy es la que cuida a los pequeños
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| La Hermana Mayim cuenta su testimonio de vocación y servicio con niñas como fue ella - foto de Miguel Ávila |
Hace 60 años, un hombre y una mujer llegaron al orfanato de la
Divina Providencia e Hijas de María, en la colonia Agrícola Oriental, en
México. Traían un niño de
dos años y una bebé casi recién nacida, de apenas 15 días. Los dejaron a las
religiosas con la promesa de que un día volverían a por ellos.
Esa bebé es
hoy la hermana Mayín, la superiora de la comunidad desde
hace tres años. Ella fue acogida y ahora ella es la acogedora. Esperó encontrar
algún día a sus padres y sabe
lo que sienten muchas de las niñas que atiende hoy. Ha contado su
historia Vladimir
Alcántara Flores en Desde la Fe, el semanario de la arquidiócesis de
México.
Una infancia muy feliz aunque
austera
La hermana Mayín recuerda que su infancia con su hermanito y las
religiosas fue muy feliz.
“Tenía yo unos 8 años cuando empecé a darme cuenta de la manera en que las madres se
desvivían por nosotros y por todos los demás niños; y a cobrar
conciencia de que también existía un mundo allá afuera. No era que no saliera.
Era que empezaba a entender la realidad”, recuerda.
Más adelante su hermano creció y tuvo que ir a otra casa hogar
para chicos algo mayores. Ella se quedó. Miraba a las religiosas a su alrededor y le llamaba la atención
el reto de ser como ellas.
Aún no tenía 10 años y ya sentía un deseo de ser religiosa de la
Divina Providencia e Hija de María. Esta comunidad, fundada por la hermana
María de los Ángeles Ybellez, siempre se esfuerza por preparar a las niñas para
el futuro, hablándoles del matrimonio y de la vida religiosa.
“El matrimonio me
sonaba bien. Yo tenía suerte con los muchachos y me hicieron varias
propuestas de noviazgo. Y, además, crecía en mí un deseo imposible de cumplir dentro de la
comunidad por la pobreza en la que vivíamos: ir a Disneylandia”, recuerda de su adolescencia.
Vocación clara... y preguntas
sobre su origen
A los 15 años dejó a un lado su sueño de ir a Disneylandia, cerró la puerta al matrimonio y
decidió pedir formalmente su ingreso en la comunidad religiosa. La
norma exigía tener al menos 17 años, pero el entonces Vicario para la Vida
Religiosa le otorgó un permiso especial
Así empezó su vida de religiosa, que vivía con alegría y plenitud.
Pero en su interior se mantenía la pregunta sobre su origen.
"Siempre me
preguntaba por mis papás. ¿Quiénes eran? ¿Cuáles serían mis raíces? ¿De
dónde vendría yo? ¿Por qué me habrían dejado?"
Toda su vida la había pasado en la casa de acogida, y sabía bien
las razones que llevaban a algunos padres a dejar a sus hijos. A veces, lo
sabía, era la pobreza absoluta: que el niño al menos tuviera alimento
asegurado. Sospechaba que por eso la dejaron a ella y su hermano y no sentía
rencor por ello.
“Y si algo
habría que perdonarles, yo desde el principio perdoné a los dos. No les podría
guardar rencor. Me dejaron al inicio de un camino en el que siempre
está Dios, y en el que encontré la alegría que hay en el servir”, explica.
Un día llegó un matrimonio...
Cuando la hermana Mayín tenía 40 años, llegó a la casa hogar una
señora con su marido. Preguntaban por unos niños que habían dejado hace mucho
tiempo: un niño de dos años y una más pequeñita, detallaron.
“Sentí una emoción que no puedo describir. Sólo atinaba a pensar:
‘¡Dios bendito!’. ‘¡Me vienen a
buscar!’. Yo quería decirles: ‘¡Soy yo! ¡Soy yo!’. Quería levantar la mano,
que me vieran. Les preguntaron: ‘Hace cuánto los dejaron’. ‘Pues hace como 38
años’, dijeron los señores’. Y mi corazón se seguía llenando de emoción.
Entonces el matrimonio reveló el nombre de los niños: Margarita y
Leonardo. Y la hermana Mayín supo que no se trataba de ella y de su hermano,
sino de otros que habían sido recibidos de forma similar. Las religiosas
pusieron en contacto a este matrimonio con Margarita y Leonardo, ya adultos en
el mundo.
"Fue muy conmovedor verlos nuevamente juntos. Fue algo muy bonito. Esto me
sucede cada vez que los niños se reencuentran con sus familias”, explica.
Ella no ha encontrado a sus padres terrenales, pero se alegra
viendo familias que se reencuentran y cuidando a gran cantidad de niños que van
pasando por su vida.
“Mis papás dijeron que regresarían. Yo a veces digo en broma: ‘A
lo mejor no les ha dado tiempo’. Ya no creo que vengan. Eso sí, le pido a Dios me conceda
encontrármelos en el cielo, y darles las gracias de todo corazón por
haberme dejado aquí, en un lugar en el que pude poner mi vida al servicio de
Dios y de los niños.
Servir a Dios... y alguna
sorpresa
Hoy la casa hogar de las Religiosas de la Divina Providencia e
Hijas de María alberga a 85 niños. Les atienden entre 5 religiosas. “Cinco son los dedos de una mano: cada dedo
es diferente al otro, cada dedo cumple una función distinta, pero al
cerrarse la mano se hace mucha fuerza y se pueden lograr muchas cosas”, señala
la hermana Mayín.
A los niños les anima a no renunciar a sus sueños y confiar en que
Dios puede enviar regalos inesperados y sorpresas. Y tiene un ejemplo que anima
a muchos.
Cuando tenía 21 años, la mandaron a Tijuana una semana junto con
otras hermanas para participar en un congreso de Pastoral Vocacional. Un señor
con dinero era el patrocinador y se encargaba de los gastos. Acabado el
congreso, el señor las animó a quedarse un día más para llevarlas a un sitio
apartado que quería enseñarles, saliendo muy pronto por la mañana.
“Apenas subí al coche, me quedé dormida. Cuando llegamos, el señor
nos dijo que despertáramos. Abrí
los ojos y vi una cosa maravillosa que me hizo llorar de alegría: ¡Estábamos
en Disneylandia! No podía dejar de llorar. El señor nos dio dinero para comprar
lo que quisiéramos. Compramos recuerdos para nuestras hermanas. Y a mí que me encanta sacar fotos, me
regaló seis rollos para tomar cuantas quisiera”.
Así que su sueño de Disneylandia se cumplió. Y así lo cuenta a los
niños de la casa. “Si tenemos un sueño, si lo deseamos con todo el corazón y se lo pedimos a Dios, un día, en
el momento más inesperado, Él nos da la oportunidad para alcanzarlo”,
propone.
Fuente: ReL
