Historia de una tradición, entre teología y leyenda, que tiene que ver con los dominicos
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No quiso renunciar al hábito blanco, ni siquiera cuando fue
electo papa: el fraile dominico Michele Ghislieri (su nombre antes de la
profesión religiosa era Antonio) fue el 224º sucesor de Pedro al frente de la
Iglesia católica con el nombre de Pío V y en 1566 mantuvo el hábito blanco
querido por santo Domingo de Guzmán para la orden de los frailes predicadores y
lo impuso como hábito para los pontífices.
Al menos esto sostiene una tradición.
En realidad san Pío V se limitó a continuar y vestir el
sayo blanco de su orden bajo el revestimiento papal, en señal no sólo de cariño
a la familia en la que había madurado su vocación religiosa, sino también como
signo de humildad.
A pesar de la autoridad que le otorgaba la vestimenta papal,
siempre permaneció como un humilde fraile.
Según otra tradición, aún bastante difundida en el 1700 y referida
por Filippo Bonanni, en su obra La Sacra Jerarquía explicada en sus hábitos
civiles y eclesiásticos (Roma, 1720), el uso del hábito blanco
para los pontífices deriva de la aparición de una paloma blanca en el
momento del martirio de san Fabián (L’Osservatore Romano 14
julio 2010).
El uso del hábito blanco, independientemente de las tradiciones y
leyendas, es muy
antiguo y precisamente Bonanni cuenta del papa Víctor III,
que cuando fue elegido en 1086, opuso resistencia a usar el hábito blanco antes
de la clámide (capa corta) púrpura.
Guillermo Durando ofrece en su tratado de liturgia Rationale
divinorum officiorum, escrito hacia el 1286, una
interpretación considerada la más completa sobre el color de los hábitos
papales: el
blanco del hábito se refiere a la pureza y la santidad de vida, mientras que el
rojo del manto simboliza la sangre derramada por Cristo en sacrificio por
nosotros.
El primer ceremonial papal que se detiene sistemáticamente en
estas vestimentas del pontífice es el redactado por Gregorio X (entre el 1272 y
el 1273) mientras la codificación precisa pertenece al ceremonial redactado por
Agostino Patrizi-Piccolomini y Giovanni Burcardo a finales del ‘400.
Esto hará que el neo-electo pontífice, que lleva el hábito rojo
–de lino u otro tipo de tela según la estación–, sea cubierto con el manto rojo
pontificio del cardenal prior de los diáconos, conservando la estola según el
respectivo orden de pertenencia, o sin ella, si el elegido no es condecorado ni
siquiera por la orden diaconal, y la mitra de lama en la cabeza. Revestido de
esta manera, el nuevo papa, entronado en el lugar de la elección, recibía la
primera obediencia de los cardenales (L’Osservatore Romano 14 de
julio de 2010).
Este ritual aunque con algunas diferencias – el Papa Francisco no
se sentó en el trono, sino que acogió de pie el homenaje de los cardenales – se
conserva hasta nuestros días.
¿Y san Pío V? Quien visite el monasterio de Santa
Sabina en el Aventino, la sede de la orden de los dominicos, podrá visitar la
capilla de san Pío V, preparada en la habitación de donde salió el cardenal
Ghislieri para ser papa.
Al levantar la mirada encontrará la imagen del severo papa asceta,
protagonista de la contrarreforma, al que se debe el catecismo y la reforma del
breviario y el misal romano, vestido de blanco, arrodillado frente a un
crucifijo.
El fraile y pontífice solía besar ese crucifijo todas las tardes
pero un día sucedió un prodigio: el crucifijo alejó las piernas del beso de san
Pío V porque alguien había puesto veneno.
Al menos así dice la leyenda…
En las paredes de enfrente, en cambio, san Pío V está hablando con
un ángel que le enseña una pintura de una batalla naval.
Sucedió que, en oración, el pontífice estaba esperando noticias
sobre el éxito de la batalla de Lepanto, el
combate campal entre los ejércitos de la cristiandad y los otomanos de Ali
Pascià, que se llevó a cabo el 7 de octubre de 1571.
Fue entonces que Pío tuvo una visión, donde vio coros de ángeles
alrededor del trono de la Virgen que cargaba al niño Jesús y en la mano
sostenía la Corona del Rosario.
Después del evento prodigioso –a mediodía– el Papa dio la orden de
que todas las campanas de Roma sonaran a fiesta y sólo dos días después un
mensajero llevó la noticia del triunfo de las fuerzas cristianas.
El 7 de octubre fue instituida la fiesta de “Santa María de la Victoria”, transformada luego en la fiesta del “Santísimo Rosario”, mientras que desde entonces al mediodía se toca el Ángelus.
Chiara Santomiero
Fuente: Aleteia
