La vida de Jesús ha sido comparada con un viaje. Un viaje desde el Padre a los hombres, de la eternidad al tiempo.
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| Dominio público |
El evangelista
historiador, llamado Lucas, dice al comienzo de su segunda obra, Los Hechos de
los Apóstoles, que Jesús se presentó a sus apóstoles «después de su pasión,
dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo apareciéndoseles durante cuarenta
días y hablándoles del reino de Dios» (Hch 1,3). Este tiempo de apariciones se
clausura con la Ascensión, que describe de esta manera sobria: «A la vista de
ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nueve se lo quitó de la vista» (Hch
1,9).
En su
Evangelio, lo narra de manera parecida. Después de haber comido con ellos,
Jesús «los sacó cerca de Betania y, levantado sus manos, los bendijo. Y
mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos
se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría» (Lc
24,50-52).
El retorno de
Jesús al Padre es descrito de una manera simbólica como ascensión a los cielos.
Esta fórmula, sin embargo, no significa que Jesús asciende al cielo que vemos.
En la mentalidad judía la morada de Dios es presentada por «los cielos», que
representa adecuadamente el mundo que está más allá de lo que vemos y
trasciende, como es obvio, el límite de los creado. Jesús retorna al Padre, que
es su morada definitiva. Vuelve al origen del que vino, al seno del Padre. Como
hemos dicho, Jesús cierra así su ciclo iniciado en la encarnación.
Esta vuelta de
Jesús a su Padre tiene una trascendencia que pasa a menudo desapercibida. El
que ahora asciende a los cielos es el Hijo de Dios encarnado, crucificado y
resucitado. Dicho de otra manera: asciende con la realidad de su carne, que es
la nuestra. El Hijo de Dios, que durante toda la eternidad hasta la encarnación
no poseía carne humana, asciende ahora con su propio cuerpo. Ante el asombro de
los ángeles, como dice la Escritura, asciende hecho hombre con una carne
glorificada en la que pueden contemplarse las huellas de su pasión.
En el seno de
la Trinidad ha sucedido un cambio trascendente en Dios y en los hombres. En
Dios, porque el Hijo tiene la forma del hombre que asumió en la encarnación,
mostrándose así como uno de nosotros, aunque glorificado. En nosotros, porque,
al asumir nuestra carne, podemos decir con san Pablo que, en cierto sentido,
nuestra carne ha ascendido con él y estamos unidos a él en la gloria eterna.
Así lo han descrito admirables pintores y escultores, cuando, al representar la
Trinidad, muestran a Cristo en su realidad carnal, con las llagas visibles en
sus manos, pies y costado, e incluso abrazado a la cruz como signo de su
pasión.
Al contemplar
al Verbo en la gloria del Padre, con un cuerpo semejante al nuestro, entendemos
más fácilmente que ese es nuestro destino: ascender, subir, elevarnos —primero
solo en alma y, al final, con el cuerpo— hasta el seno del Padre para alojarnos
en la morada que nos ha preparado junto al que nos ha redimido, no de cualquier
manera, sino asumiendo nuestra naturaleza mortal, que ha sido trasformada
mediante la resurrección de la carne.
Al contemplar a Cristo ya en su gloria, podemos decir con el poeta Daniel Cotta: «Y ya nos parecemos más a Dios, /luego el día se acerca, /el día que esperamos y que asusta, /el día en que podamos salir de la materia/y veamos la luz/ y respiremos fuera/como estrenando cuerpo/ y Dios nos tenga en brazos y nos meza/».
César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia
