Las tradiciones latina, ortodoxa y protestante en relación con el misterio eucarístico fueron desarrolladas por el predicador de la Casa Pontificia, el Cardenal Raniero Cantalamessa, en su cuarta predicación sobre la Cuaresma, pronunciada este viernes 1º de abril
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“¿Cómo afrontar un misterio tan elevado e inaccesible?”. Es la pregunta que se plantea el Cardenal Raniero Cantalamessa, OFMCAP, Predicador de la Casa Pontificia, al comenzar la cuarta prédica de Cuaresma.
En la mañana de este viernes 1º de abril, desde el Aula Pablo VI y ante
la presencia de los miembros de la Curia Romana, Cantalamessa dedicó su
reflexión a una “breve peregrinación eucarística a través de las diversas
confesiones cristianas”. También recogió algunas “cestas de fragmentos que han
sobrado de la gran multiplicación de los panes que ha tenido lugar en la
Iglesia”.
Según Cantalamessa, “la vía para
ponernos en marcha sobre este camino del ecumenismo eucarístico es la vía del
reconocimiento recíproco, la vía cristiana del ágape, es decir, del compartir,
o de “las diferencias reconciliadas’, como dice nuestro Santo Padre”. No se
trata –afirmó- de pasar por encima de las divergencias reales, o de disminuir
en algo la auténtica doctrina católica, sino, más bien, de poner en común los
aspectos positivos y los valores auténticos que hay en cada una de las
tradiciones, de modo que podamos constituir una “masa” de verdad común que
comience a atraernos hacia la unidad.
El Predicador insistió en que la síntesis que debemos empezar a hacer es examinar las grandes tradiciones cristianas, para quedarnos “con lo bueno” de cada una, como nos exhorta el Apóstol (cf. 1 Tes 5,21). “Esta es la única forma en que podemos esperar llegar un día a sentarnos todos alrededor de la misma mesa”, puntualizó.
Una presencia real, pero escondida: la tradición latina
Cantalamessa subrayó que el centro indiscutido en la visión de la
teología y liturgia latina es el momento de la consagración, del que brota la
presencia real de Cristo. “En él Jesús actúa y habla en primera persona”,
señaló, por lo que consideró que, en este enfoque, se puede hablar de un
“realismo cristológico”.
Por un lado, explicó el concepto “realismo” recordando que “Jesús
no es visto presente sobre el altar simplemente como un signo o un símbolo,
sino en verdad y con su realidad”. Por otro, el purpurado enfatizó que el
término “cristológico” se debe a que toda la atención se dirige a Cristo,
“visto tanto en su existencia histórica y encarnada, como en la del
Resucitado”. Cristo es, dijo, tanto el objeto como el sujeto de la Eucaristía,
es decir, aquel que es realizado en la Eucaristía y el que realiza la
Eucaristía.
“El concilio de Trento, a continuación, precisó mejor esta forma
de concebir la presencia real, utilizando tres adverbios: vere, realiter,
substantialiter. Jesús está presente verdaderamente, no sólo en imagen o en
figura; está presente realmente, no sólo subjetivamente, para la fe de los
creyentes; está presente sustancialmente, es decir, según su realidad profunda
que es invisible a los sentidos, y no según su apariencia que sigue siendo la
del pan y el vino”
La acción del Espíritu Santo: la tradición ortodoxa
La segunda visión analizada fue la ortodoxa, que resalta de manera especial la acción del Espíritu Santo en la celebración eucarística. De acuerdo con Cantalamessa, esta comparación ha traído sus frutos después del Concilio Vaticano II. “Hasta entonces, en el Canon Romano de la Misa, la única mención del Espíritu Santo era la que, por inciso, se hacía en la doxología final: ‘Por Cristo, con él y en él… en la unidad del Espíritu Santo…’. Ahora, en cambio, todos los cánones nuevos recogen una doble invocación del Espíritu Santo: una sobre las ofrendas, antes de la consagración, y otra sobre la Iglesia, después de la consagración”, apuntó.
Cantalamessa declaró que es importante tener en cuenta una cosa
que nos permite ver cómo incluso la tradición latina tiene algo que ofrecer a
los hermanos ortodoxos, y es que el Espíritu Santo no actúa separadamente de
Jesús, sino en la palabra de Jesús. Para ilustrar este punto, recordó unas
palabras de Jesús en el Evangelio según San Juan, en el que dice sobre el
Espíritu Santo: “No hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga… Él me
dará gloria porque recibirá de lo mío y os lo anunciará” (Jn 16,13-14).
Por eso no hay que separar –continuó Cantalamessa-, y mucho menos
contraponer, las palabras de Jesús (“Esto es mi Cuerpo”) de las palabras de la
epíclesis (“Que este mismo Espíritu santifique estas ofrendas, para que se
conviertan en el Cuerpo y en la Sangre de Jesucristo”).
“La llamada a la unidad para los católicos y los hermanos
ortodoxos, se eleva desde las profundidades mismas del misterio eucarístico.
Aunque el recuerdo de la institución y la invocación del Espíritu sucedan en
momentos distintos (el hombre no puede expresar el misterio en un solo
instante), su acción, sin embargo, es conjunta. La eficacia proviene,
ciertamente, del Espíritu (no del sacerdote, ni de la Iglesia), pero dicha
eficacia se ejerce en la palabra de Cristo y a través de ella”
La importancia de la fe: la tradición protestante
Por último, el Cardenal Cantalamessa expuso sobre la visión
protestante del tema en cuestión. “No nos detengamos enseguida en las
consecuencias negativas sacadas, en determinados períodos del principio
protestante según el cual los sacramentos no son más que ‘signos de la fe’”,
reflexionó. Por el contrario, invitó a pasar por encima de la polémica y los
malentendidos, y “démonos cuenta de que esta enérgica llamada a la fe es
saludable precisamente para salvaguardar el sacramento y no hacer que degenere
en una de tantas ‘buenas obras’, o en algo que actúa mecánica y mágicamente,
casi a espaldas del hombre”.
En el fondo –aseveró el purpurado- se trata de descubrir el
profundo significado de esa exclamación que la liturgia hace resonar al final
de la consagración y que, en un tiempo –aún no nos acordamos de ello-, estaba
incluso insertada en el centro de la fórmula de la consagración, como para
subrayar que la fe es parte esencial del Misterio: Mysterium fidei, “Este es el
misterio de nuestra fe”.
“La fe es necesaria para que la presencia de Jesús en la
Eucaristía sea, no sólo «real», sino también «personal», es decir, de persona a
persona. En efecto, una cosa es «estar» y otra «estar presente». La presencia
supone alguien que está presente y alguien a quien se hace presente; supone
comunicación recíproca, el intercambio entre dos sujetos libres que toman
conciencia el uno del otro. Es mucho más, pues, que un simple estar en un
determinado lugar”
Cantalamessa manifestó que “Lutero, que tanto ensalzó la función
de la fe, es también uno de los que ha sostenido con mayor vigor la doctrina de
la presencia real de Cristo en el sacramento del altar”. El predicador de la
Casa Pontificia recordó las palabras de Lutero en el famoso coloquio de
Marburgo de 1529, en el que afirmó:
“No puedo entender las palabras “Esto es mi cuerpo”, de manera distinta de como suenan. Tendrán que probar los demás que allí donde dice “Esto es mi cuerpo”, no está el cuerpo de Cristo. No quiero escuchar explicaciones basadas en la razón. No admito disputa alguna sobre palabras tan claras; rechazo los argumentos de razón o de sentido común. Demostraciones materiales, argumentos geométricos: rechazo todo esto por completo. Dios está por encima de las matemáticas, y hay que adorar y cumplir con estupor las palabras de Dios” (Lutero).
Sebastián Sansón Ferrari – Ciudad del Vaticano
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