En la segunda reflexión cuaresmal centrada en la Eucaristía, el Cardenal Raniero Cantalamessa OFMCAP, Predicador de la Casa Pontificia, se detiene hoy en la parte central de la Misa, la Plegaria eucarística, que tiene en su centro la consagración
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“Para
comprender el papel del sacerdote en la consagración es de vital importancia
conocer la naturaleza del sacrificio y del sacerdocio de Cristo, porque de
ellos deriva el sacerdocio cristiano, tanto el sacerdocio bautismal común a
todos, como el de los ministros ordenados.” Lo afirmó el cardenal Raniero
Cantalamessa, este viernes 18 de marzo en el Aula Pablo VI, en la segunda
predicación de Cuaresma para los miembros de la Curia Romana, ante la presencia
del Papa Francisco.
Continuando con
la catequesis mistagógica sobre la Eucaristía, el Predicador de la Casa
Pontificia dedicó hoy su reflexión a la parte central de la Misa, la Plegaria
eucarística e hizo dos tipos de consideraciones sobre ella: una litúrgica y
ritual, la otra teológica y existencial.
A continuación,
el texto de la segunda predicación de Cuaresma del P. Raniero Cantalamessa
ofmcap:
TOMAD, COMED:
ESTO ES MI CUERPO
Segunda
predicación, Cuaresma 2022
El objeto de
nuestra catequesis mistagógica de hoy es la parte central de la Misa, la
Plegaria eucarística, o Anáfora, que tiene en su centro la consagración.
Hacemos dos tipos de consideración sobre ella: una litúrgica y ritual, la otra
teológica y existencial.
Desde el punto
de vista ritual y litúrgico, tenemos hoy un nuevo recurso que no tenían los
Padres de la Iglesia y los doctores medievales. El nuevo recurso del que
disponemos hoy es el acercamiento entre cristianos y judíos. Desde los primeros
días de la Iglesia, diversos factores históricos llevaron a acentuar la
diferencia entre cristianismo y judaísmo, hasta el punto de contraponerlos
entre sí, como ya hace Ignacio de Antioquía[1].
Distinguirse de los judíos —en la fecha de la Pascua, en los días de ayuno y en
muchas otras cosas—, se convierte en una especie de consigna. Una acusación
dirigida a menudo a los propios adversarios y a los herejes es la de
«judaizar».
La tragedia del
pueblo judío y el nuevo clima de diálogo con el judaísmo, iniciado por el
Concilio Vaticano II, han hecho posible un mejor conocimiento de la matriz
judía de la Eucaristía. Igual que no se entiende la Pascua cristiana si no se
la considera como el cumplimiento de lo que preanunciaba la Pascua, tampoco se
entiende a fondo la Eucaristía si no se la ve como el cumplimiento de lo que
hicieron y dijeron los judíos durante su comida ritual. Un primer resultado
importante de este punto de inflexión ha sido que hoy ningún estudioso serio
plantea la hipótesis de que la Eucaristía cristiana se explique a la luz de la
cena en boga entre algunos cultos mistéricos del helenismo, como se ha
intentado hacer durante más de un siglo.
Los Padres de
la Iglesia consideraban las Escrituras del pueblo judío, pero no su liturgia, a
la que ya no tenían acceso, después de la separación de la Iglesia de la
Sinagoga. Por eso, utilizaron las figuras contenidas en las Escrituras —el
cordero pascual, el sacrificio de Isaac, el de Melquisedec, el maná—, pero no
el contexto litúrgico concreto en el que el pueblo judío celebraba todos estos
recuerdos, es decir, la comida ritual celebrada una vez al año en la cena
pascual (el Séder) y semanalmente en el culto de la sinagoga. El primer
nombre con el que Pablo designa la Eucaristía en el Nuevo Testamento es el de
«comida del Señor» (kuriakon deipnon) (1 Cor 11,20), con evidente referencia a
la comida judía de la que ahora difiere por la fe en Jesús. La Eucaristía es el
sacramento de la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre el
judaísmo y el cristianismo.
La Eucaristía y
la Beraka judía
Esta es la
perspectiva en la que se sitúa Benedicto XVI en el capítulo dedicado a la
institución de la Eucaristía en su segundo volumen sobre Jesús de Nazaret.
Siguiendo la opinión de los eruditos prevaleciente ahora, acepta la cronología
joánica según la cual la Última Cena de Jesús no fue una Cena de Pascua, sino
que fue una solemne comida de despedida (¡la «Última Cena»!) y mantiene que es
posible «trazar el desarrollo de la eucaristía cristiana, es decir,
del canon, de la Berakah judía»[2].
Por diversas
razones culturales e históricas, desde la Escolástica en adelante, se ha
intentado explicar la Eucaristía a la luz de la filosofía, en particular de las
nociones aristotélicas de sustancia y accidentes. Esto también era poner al
servicio de la fe el nuevo conocimiento del momento y, por lo tanto, imitar el
método de los Padres. En nuestros días, debemos hacer lo mismo con los nuevos
conocimientos de orden, esta vez, histórico y litúrgico más que filosófico.
Tienen la ventaja de ser las categorías con las que Jesús pensaba y hablaba,
que ciertamente no eran los conceptos aristotélicos de materia y forma,
sustancia y accidentes, sino los de signo y realidad y de memorial.
Siguiendo
algunos estudios recientes, especialmente el de L. Bouyer[3],
me gustaría tratar de mostrar la luz brillante que cae sobre la Eucaristía
cristiana cuando colocamos los relatos evangélicos de la institución en el
trasfondo de lo que sabemos sobre la comida ritual judía. La novedad del gesto
de Jesús no disminuirá, sino que será exaltada al máximo.
El vínculo
entre el rito antiguo y el nuevo lo da la Didachè, un escrito de la era
apostólica que podemos considerar como el primer borrador de la anáfora
eucarística. El rito de la sinagoga estaba compuesto por una serie de oraciones
llamadas «berakah» que en griego se traduce como «Eucaristía». Al comienzo
de la comida, cada uno,por turno, tomaba una copa de vino en la mano y, antes
de llevársela a los labios, repetía una bendición que la liturgia actual nos
hace repetir casi literalmente en el momento del ofertorio: «Bendito seas,
Señor, Dios nuestro, Rey de los siglos, que nos has dado este fruto de la vid».
Pero la comida
comenzaba oficialmente solo cuando el padre de familia, o el jefe de la
comunidad, había partido el pan que se debía distribuir entre los comensales.
Y, de hecho, Jesús toma el pan, recita la bendición, lo parte y lo distribuye
diciendo: «Esto es mi cuerpo...» Y aquí el rito —que era sólo una preparación—,
se convierte en realidad.
Después de la
bendición del pan, se servían los platos habituales. Cuando el almuerzo está a
punto de terminar, los comensales están listos para el gran acto ritual que
concluye la celebración y le da el significado más profundo. Todos se lavan las
manos, como al principio. Habiendo terminado esto, teniendo ante sí una copa de
vino mezclada con agua, invita a hacer las tres oraciones de acción de gracias:
la primera por Dios Creador, la segunda por la liberación de Egipto, la tercera
para que continúe su obra en el presente. Terminada la oración, la copa
pasaba de mano en mano y todos bebían. Este es el antiguo rito realizado tantas
veces por Jesús durante su vida.
Lucas dice que,
después de la cena, Jesús tomó la copa diciendo: «Este cáliz es la nueva
Alianza en mi Sangre que se derrama por vosotros». Algo decisivo sucede cuando
Jesús añade estas palabras a la fórmula de las oraciones de acción de gracias,
es decir, a la Berakah judía. Ese rito era un banquete sagrado en el
que se celebraba y agradecía a un Dios salvador, que había redimido a su pueblo
para estrechar una alianza de amor con él, concluida en la sangre de un
cordero. La comida diaria bendecía a Dios por esa Alianza, pero ahora, es
decir, en el momento en que Jesús decide dar su vida por los suyos como el
verdadero cordero, declaró concluida esa antigua Alianza que todos juntos
estaban celebrando litúrgicamente.
En ese momento,
con pocas y sencillas palabras, estrecha con sus seguidores la nueva y eterna
Alianza en su Sangre. Al agregar las palabras «haced esto en memoria mía»,
Jesús da un alcance duradero a su don. Desde el pasado, la mirada se proyecta
hacia el futuro. Todo lo que ha hecho hasta ahora en la cena es puesto en
nuestras manos. Al repetir lo que hizo, se renueva ese acto central de la
historia humana que es su muerte para el mundo. La figura del cordero
pascual que en la cruz se convierte en acontecimiento, en la cena se nos da
como sacramento, es decir, como un memorial perenne del acontecimiento.
Sacerdote y
víctima
Esto, decía,
por lo que se refiere al aspecto litúrgico y ritual. Pasemos ahora a la otra
consideración, la de tipo personal y existencial, en otras palabras, al papel
que nosotros, sacerdotes y fieles, desempeñamos en dicho momento de la Misa.
Para comprender el papel del sacerdote en la consagración es de vital
importancia conocer la naturaleza del sacrificio y del sacerdocio de Cristo,
porque de ellos deriva el sacerdocio cristiano, tanto el sacerdocio bautismal
común a todos, como el de los ministros ordenados
Ya no somos, en
realidad, «sacerdotes según el orden de Melquisedec»; somos sacerdotes «según
el orden de Jesucristo»; en el altar actuamos «in persona Christi», es decir,
representamos al Sumo Sacerdote que es Cristo. El Simposio sobre el sacerdocio,
celebrado en este mismo lugar el mes pasado, dijo infinitamente más sobre este
tema de lo que puedo decir en mi breve reflexión (preparada, entre otras cosas,
antes de esa fecha), pero también es necesario decir algo para la comprensión
de la Eucaristía
La Carta a los
Hebreos explica en qué consiste la novedad y unicidad del sacerdocio de Cristo:
«Él entró en el santuario de una vez por todas, no mediante la sangre de
cabritos y toros, sino en virtud de su propia sangre, obteniendo así una
redención eterna» (Heb 9,12). Todo sacerdote ofrece algo externo a sí mismo,
Cristo se ofreció a sí mismo; cualquier otro sacerdote ofrece víctimas, ¡Cristo
se ofreció como víctima! San Agustín resumió en pocas palabras la naturaleza de
este nuevo tipo de sacerdocio en el que sacerdote y víctima son la misma
persona: «Ideo sacerdos quia sacrificium», sacerdote porque víctima[4].
Un conocido estudioso definió esta novedad del sacrificio de Cristo como
"el hecho central de la historia religiosa de la humanidad", que puso
fin para siempre a la alianza intrínseca entre lo sagrado y la violencia.[5]
En Cristo es
Dios quien se hace víctima. Ya no son los seres humanos los que ofrecen
sacrificios a Dios para aplacarlo y hacerlo favorable; es Dios quien se
sacrifica a sí mismo por la humanidad, entregando a la muerte por nosotros a su
Hijo unigénito (cf. Jn 3,16). Jesús no vino con la sangre de otros, sino con su
propia sangre; no puso sus pecados sobre los hombros de otros —animales o
criaturas humanas— sino que puso los pecados de los demás sobre sus hombros:
«Él llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero de la cruz» (1 Pe
2,24). Todo esto significa que en la Misa debemos ser al mismo tiempo
sacerdotes y víctimas.
A la luz de
esto, reflexionemos sobre las palabras de la consagración: «Tomad, comed: esto
es mi cuerpo que se entrega por vosotros». Quiero decir, a este propósito, mi
pequeña experiencia, es decir, cómo llegué a descubrir el alcance eclesial y
personal de la consagración eucarística. Así vivía el momento de la
consagración en la Santa Misa los primeros años de mi sacerdocio: cerraba los
ojos, inclinaba la cabeza, trataba de alejarme de todo lo que me rodeaba para
identificarme con Jesús que, en el Cenáculo, pronunció esas palabras por
primera vez: «Accipite et manducate: Tomad, comed...». La liturgia misma
inculcaba esta actitud, haciendo pronunciar las palabras de la consagración en
voz baja y en latín, inclinados sobre las especies.
Luego vino la
reforma litúrgica del Vaticano II. La misa comenzó a celebrarse mirando a la
asamblea; ya no en latín, sino en el idioma del pueblo. Esto me ayudó a
entender que mi actitud, por sí sola, no expresaba todo el significado de mi
participación en la consagración. ¡Ese Jesús del Cenáculo ya no existe! Ahora
existe el Cristo resucitado: para ser exactos, el Cristo que estaba muerto,
pero ahora vive para siempre (cf. Ap 1,18). Pero este Jesús es el «Cristo
total», Cabeza y Cuerpo inseparablemente unidos. Por lo tanto, si es este
Cristo total quien pronuncia las palabras de consagración, yo también las
pronuncio con él. Las pronuncio, sí, «in persona Christi», en nombre de Cristo,
pero también «en primera persona», es decir, en mi nombre.
A partir de ese
día en que entendí esto, comencé a dejar de cerrar los ojos en el momento de la
consagración, y a mirar —al menos alguna vez— a los hermanos frente a mí, o, si
celebro solo, pienso en aquellos a quienes debo encontrarme durante el día y a
quienes debo dedicar mi tiempo, o incluso pienso en toda la Iglesia y,
dirigiéndome a ellos, les digo con Jesús: «Tomad, comed todos de él: esto es mi
cuerpo que quiero dar por vosotros... Tomad, bebed: esta es mi sangre que
quiero derramar por vosotros».
Más tarde vino
san Agustín a quitarme todas las dudas. «En lo que ofrece, la Iglesia se ofrece
a sí misma»[6],
«In ea re quam offert, ipsa [Ecclesia] offertur», escribe en un famoso pasaje
del De civitate Dei. Màs cerca de nosotros es la mística mexicana
Concepción Cabrera de Armida, llamada Conchita, quien murió en 1937 y fue
beatificada en 2015. A su hijo jesuita, a punto de ser ordenado sacerdote, ella
escribía: “Acuérdate hijo mío, que al tener a Jesús en tus manos en la sagrada
forma no dirás: ‘Este es el Cuerpo de Jesús, esta es la Sangre’, sino que
dirás: ‘Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre’, es decir que debe existir una
total trasformación, tú perdido en El: otro Jesús.[7]
Todo esto se
aplica no sólo a los obispos y sacerdotes ordenados, sino a todos los
bautizados. Un famoso texto del Concilio se expresa así:
Los fieles, en
virtud de su sacerdocio regio, concurren a la oblación de la Eucaristía...
Participando
del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen
a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella. Y así,
sea por la oblación o sea por la sagrada comunión, todos tienen en la
celebración litúrgica una parte propia, no confusamente, sino cada uno de modo
distinto[8].
Hay dos cuerpos
de Cristo en el altar: está su cuerpo real (el cuerpo «nacido de la Virgen
María», muerto, resucitado y ascendido al cielo) y está su cuerpo místico que
es la Iglesia. Pues bien, en el altar está presente realmente su cuerpo real y
está presente místicamente su cuerpo místico, donde «místicamente» significa: en
virtud de su unión inseparable con la Cabeza. No hay confusión entre las dos
presencias, que son distintas pero inseparables.
Puesto que hay
dos «ofrendas» y dos «dones» en el altar —el que debe convertirse en el Cuerpo
y la Sangre de Cristo (el pan y el vino) y el que debe convertirse en el cuerpo
místico de Cristo—, también hay dos «epiclesis» en la Misa, es decir, dos
invocaciones del Espíritu Santo. En la primera dice: «Te suplicamos que
santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti, de
manera que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo»; en la
segundo, que se recita después de la consagración, se dice: «con el Cuerpo y la
Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo
cuerpo y un solo espíritu. Que él nos transforme en ofrenda permanente».
Así es como la
Eucaristía hace a la Iglesia: ¡la Eucaristía hace a la Iglesia, haciendo de la
Iglesia una Eucaristía! La Eucaristía no es sólo, genéricamente, la fuente o
causa de la santidad de la Iglesia; es también su «forma», es decir, el modelo.
La santidad del cristiano debe realizarse según la «forma» de la Eucaristía;
debe ser una santidad eucarística. El cristiano no puede limitarse a celebrar
la Eucaristía, debe ser Eucaristía con Jesús.
El cuerpo y la
sangre
Ahora podemos
sacar las consecuencias prácticas de esta doctrina para nuestra vida diaria. Si
en la consagración somos también nosotros quienes, dirigiéndonos a los
hermanos, decimos: «Tomad, comed: esto es mi cuerpo. Tomad, bebed: esta es mi
sangre», debemos saber qué significan «cuerpo» y «sangre», para saber lo que
ofrecemos.
La palabra
«cuerpo» no indica, en la Biblia, un componente, o una parte, del hombre que,
unida a los demás componentes que son el alma y el espíritu, forman el hombre
completo. En el lenguaje bíblico, y por lo tanto en el de Jesús y Pablo,
«cuerpo» indica todo el hombre, en la medida en que vive su vida en un cuerpo,
en una condición corpórea y mortal. Por lo tanto, «cuerpo» indica toda la vida.
Jesús, al instituir la Eucaristía, nos dejó toda su vida como don, desde el
primer instante de la Encarnación hasta el último momento, con todo lo que
había llenado concretamente dicha vida: silencio, sudor, fatigas, oración,
luchas, humillaciones...
Luego Jesús
dice: «Esta es mi sangre». ¿Qué añade con la palabra «sangre» si ya nos ha dado
toda su vida en su cuerpo? ¡Añade la muerte! Después de habernos dado la vida,
también nos da la parte más preciosa de ella, su muerte. El término «sangre» en
la Biblia no indica, de hecho, una parte del cuerpo, es decir, una parte de una
parte del hombre; indica un acontecimiento: la muerte. Si la sangre es la sede
de la vida (así se pensaba entonces), su «derramamiento» es el signo plástico
de la muerte. ¡La Eucaristía es el misterio del Cuerpo y de la Sangre del
Señor, es decir, de la vida y de la muerte del Señor!
Ahora bien,
viniendo a nosotros, ¿qué ofrecemos, ofreciendo nuestro cuerpo y nuestra
sangre, junto con Jesús, en la Misa? También ofrecemos lo que Jesús ofreció: la
vida y la muerte. Con la palabra «cuerpo», damos todo lo que concretamente
constituye la vida que llevamos en este mundo, nuestra vivencia: tiempo, salud,
energías, capacidades, afecto, tal vez solo una sonrisa. Con la palabra
«sangre», también expresamos la ofrenda de nuestra muerte. No necesariamente la
muerte definitiva, el martirio por Cristo o por nuestros hermanos. En nosotros
es muerte todo lo que prepara y anticipa la muerte: humillaciones, fracasos,
enfermedades que inmovilizan, limitaciones debidas a la edad, a la salud, en
una palabra, todo lo que nos «mortifica».
Todo esto
requiere, sin embargo, que, tan pronto como salgamos de la Misa, trabajemos
para lograr lo que hemos dicho; que realmente nos esforzamos, con todas
nuestras limitaciones, por ofrecer nuestro «cuerpo» a nuestros hermanos, es
decir, el tiempo, las energías, la atención; en una palabra, nuestra vida. Es
necesario, por tanto, que, después de haber dicho a los hermanos: «Tomad,
comed», nos dejemos realmente «comer» y nos dejemos comer sobre todo por quien
que no lo hace con toda la delicadeza y gracia que cabría esperar. San Ignacio
de Antioquía, yendo a Roma a morir mártir, escribía: «Yo soy trigo de Cristo:
que sea molido por los dientes de las ferias, para convertirme en pan puro para
el Señor»[9].
Cada uno de nosotros, si miramos bien alrededor, tiene estos dientes afilados
de fieras que lo muelen: son críticas, conflictos, oposiciones ocultas o
abiertas, divergencias de puntos de vista con quienes nos rodean, diversidad de
carácter.
Tratemos de
imaginar lo que sucedería si celebráramos la Misa con esta participación
personal, si realmente dijéramos todos, en el momento de la consagración,
algunos en voz alta y otros en silencio, según el ministerio de cada uno:
«Tomad, comed». Un sacerdote, un párroco y, con mayor razón, un obispo, celebra
así su Misa, luego va: reza, predica, confiesa, recibe a la gente, visita a los
enfermos, escucha... Su día es también Eucaristía. Un gran maestro de espíritu
francés, Pierre Olivaint (1816-1871), decía: «Por la mañana, en la Misa, soy
sacerdote y Jesús es víctima; a lo largo del día, Jesús es sacerdote y yo soy
víctima». Así, un sacerdote imita al «Buen Pastor», porque realmente da su vida
por sus ovejas.
Nuestra firma
en el don
Quisiera
resumir, con la ayuda de un ejemplo humano, lo que sucede en la celebración
eucarística. Pensemos en una gran familia en la que hay un hijo, el
primogénito, que admira y ama sin medida a su padre. Para su cumpleaños quiere
hacerle un regalo precioso. Pero antes de presentárselo, pide, en secreto, a
todos sus hermanos y hermanas que pongan su firma en el regalo. Por lo tanto,
esto llega a las manos del padre como signo del amor de todos sus hijos, sin
distinción, incluso si, en realidad, solo uno ha pagado el precio de ello.
Esto es lo que
sucede en el sacrificio eucarístico. Jesús admira y ama ilimitadamente al Padre
celestial. A él quiere darle cada día, hasta el fin del mundo, el regalo más
preciado que se puede pensar, el de su propia vida. En la Misa invita a todos
sus «hermanos» a poner su firma en el don, de manera que llega a Dios Padre
como don indistinto de todos sus hijos, aunque sólo uno ha pagado el precio de
este don. ¡Y a qué precio!
Nuestra firma
son las pocas gotas de agua que se mezclan con el vino en la copa. Son nada más
que agua, pero mezcladas en el vaso se convierten en una única bebida. La firma
de todos es el solemne Amén que la asamblea pronuncia, o canta, al final de la
doxología: «Por Cristo, con Él y en Él, a ti Dios Padre omnipotente en la
unidad del Espíritu Santo, todo honor y gloria por los siglos de los siglos...
¡AMÉN!»
Sabemos que
quien ha firmado un compromiso tiene el deber de honrar su propia firma. Esto
significa que, al salir de la Misa, también nosotros debemos hacer de nuestra
vida un don de amor al Padre y a nuestros hermanos. Repito, no sólo estamos
llamados a celebrar la Eucaristía, sino también a hacernos Eucaristía. ¡Que
Dios nos ayude en esto!
[1] Ignacio de Antioquía, Carta a los Magnesios, 10,3.
[2] J. Ratzinger – Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, vol. II (LEV, Roma 2011) 132-163 [trad. esp. Jesús de Nazaret (BAC, Madrid 62021); Cf. L. Bouyer, Eucharistie. Théologie et spiritualité de la prière eucharistique (Desclée, Tournai 1966) [trad. Esp. Eucaristía. Teología y espiritualidad de la plegaria eucarística (Herder, Barcelona 1969)].
[3] Más allá del libro citado de L. Bouyer, cf. A. Baumstark, Liturgie comparée (Chevetogne 1953); L. Alonso Schoekel, Meditaciones biblicas sobre la Eucaristia (Sal Terrae, Santander 1986); Seung Ai Yang, «Les repas sacrés dans le Judaisme de l'époque hellénistique», en Encyclopedie del'Eucaristie (Cerf, París 2000) 55-59 [trad. esp. M. Brouard (Ed.) Enciclopedia de la Eucaristía (Deslcée de Brouwer, Bilbao 2004)].
[4] Agustín, Confesiones, X, 43.
[5] RENÉ GIRARD, Des choses cachées depuis la fondation du monde, Grasset, Paris 1978.
[6] Agustín, De civitate Dei, X, 6.
[7] M.-M. Philipon, Una vida, un mensaje. Concepción Cabrera de Armida, Descree de Brouwer, 1974, p. 105.
[8] Lumen gentium, 10-11.
[9] Ignacio de Antioquía, A los romanos, 4, 1.