La técnica de
desestimar las palabras de Francisco como llamamientos de circunstancia
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| 2022.03.25 Celebración Penitencial (Vatican Media) |
"El Papa
habla contra el rearme, pero... El Papa es el Papa, pero... El Papa no puede
más que decir lo que dice, pero...". Siempre hay un "pero" que
en muchos embarazosos comentarios acompaña al inequívoco no a la guerra
pronunciado por Francisco, para contextualizarlo y debilitarlo. Al no poder
interpretar las palabras del Obispo de Roma en el sentido deseado, al no poder
de ninguna manera "doblegarlas" en apoyo a la acelerada carrera
armamentística tras la guerra de agresión desatada por Vladimir Putin contra
Ucrania, entonces se toma distancia elegantemente diciendo que sí, que el Papa
sólo puede decir lo que dice, pero que luego la política debe decidir. Y la
política de los gobiernos occidentales está decidiendo aumentar los ya muchos
miles de millones a gastar en nuevas y cada vez más sofisticadas armas. Miles
de millones que no se pudieron encontrar para las familias, para la salud, para
el trabajo, para la acogida, para luchar contra la pobreza y el hambre.
La guerra es
una aventura sin retorno, repite Francisco siguiendo los pasos de sus
predecesores inmediatos, en particular de San Juan Pablo II. Las palabras del
Papa Wojtyla con motivo de las dos guerras de Iraq y la guerra de los Balcanes
también fueron "contextualizadas" y "desvirtuadas", incluso
dentro de la Iglesia. El Papa, que al principio de su pontificado pidió
"no tener miedo" de abrir "las puertas a Cristo", en 2003
suplicó en vano a tres gobernantes occidentales que pretendían derrocar el
régimen de Saddam Hussein, pidiéndoles que se detuvieran. Casi veinte años
después, ¿quién puede negar que el grito contra la guerra de aquel Pontífice no
sólo era profético, sino que estaba impregnado de un profundo realismo
político? Basta con mirar la ruina del atormentado Iraq, transformado durante
mucho tiempo en el depósito de todo el terrorismo, para comprender la
clarividencia de la mirada del santo Pontífice polaco.
Lo mismo ocurre
hoy en día. Con el Papa que no se rinde a la ineludibilidad de la guerra, al
túnel sin salida que representa la violencia, a la lógica perversa del rearme,
a la teoría de la disuasión que ha llenado el mundo de tantas armas nucleares
capaces de aniquilar varias veces a la humanidad.
"Me
avergoncé - dijo Francisco en días pasados - cuando leí que un grupo de Estados
se había comprometido a gastar el 2% de su PIB en la compra de armas, como
respuesta a lo que está ocurriendo ahora. ¡La locura! La verdadera respuesta no
es más armas, más sanciones, más alianzas político-militares, sino un enfoque
diferente, una forma diferente de gobernar el mundo ahora globalizado -no
enseñando los dientes, como ahora-, una forma diferente de establecer
relaciones internacionales. El modelo del cuidado ya está en marcha, gracias a
Dios, pero desgraciadamente sigue sometido al del poder
económico-tecnocrático-militar".
El no a la
guerra de Francisco, un no radical y convencido, no tiene nada que ver con la
así llamada neutralidad ni puede presentarse como una posición partidista o
motivada por cálculos político-diplomáticos. En esta guerra están los agresores
y están los agredidos. Están los que atacaron e invadieron, matando a civiles
indefensos, disfrazando hipócritamente el conflicto bajo la apariencia de una
"operación militar especial"; y están los que se defienden
enérgicamente combatiendo por su propia tierra. El Sucesor de Pedro lo ha dicho
varias veces con palabras muy claras, condenando sin peros la invasión y el
martirio de Ucrania que lleva más de un mes. Esto no significa, sin embargo,
que "bendiga" la aceleración de la carrera armamentística, ya
iniciada hace tiempo, dado que los países europeos han aumentado su gasto
militar en un 24,5% desde 2016: porque el Papa no es el "capellán de
Occidente" y porque repite que hoy estar en el lado correcto de la
historia significa estar en contra de la guerra y buscar la paz, sin dejar nada
sin intentar. Ciertamente, el Catecismo de la Iglesia Católica contempla el derecho
a la legítima defensa. Sin embargo, establece condiciones, especificando que el
recurso a las armas no debe causar un mal y un desorden mayores que el mal que
se quiere eliminar, y señala que en la evaluación de esta condición tiene un
peso muy grande la potencia de los medios modernos de destrucción. ¿Quién puede
negar que la humanidad está hoy al borde del abismo precisamente por la
escalada de conflictos y el poder de los medios modernos de destrucción?
"La guerra
-dijo ayer el Papa Francisco en el Ángelus- no puede ser algo inevitable: ¡no
debemos acostumbrarnos a la guerra! Más bien debemos convertir la indignación
de hoy en el compromiso de mañana. Porque, si de esta situación salimos como
antes, de alguna manera todos seremos culpables. Frente al periodo de
autodestruirse, la humanidad comprenda que ha llegado el momento de abolir la
guerra, de cancelarla de la historia del hombre antes de que sea ella quien
cancele al hombre de la historia.".
Por lo tanto,
es necesario tomar en serio el grito, el reiterado llamamiento del Papa: es una
invitación dirigida precisamente a los políticos para que reflexionen sobre
esto, para que se comprometan con esto. Se necesita una política fuerte y una
diplomacia creativa, para perseguir la paz, para no dejar nada sin intentar,
para detener la vorágine perversa que en pocas semanas está apagando la
esperanza de una transición ecológica, está dando nuevas energías al gran
negocio del comercio y el tráfico de armas. Un viento de guerra que hace
retroceder las agujas del reloj de la historia y nos sumerge de nuevo en una
época que esperábamos archivada definitivamente tras la caída del Muro de
Berlín.
Andrea Tornielli
Vatican News
