Hay dos escenas evangélicas que pueden ayudarnos a comprender el sínodo que el Papa Francisco ha convocado para 2023, cuya etapa diocesana empieza este domingo.
| Dominio público |
Me interesa subrayar que Jesús acoge las
preocupaciones de los discípulos desalentados por el aparente fracaso del
Maestro, las ilumina desde la Palabra de Dios y comparte con ellos la cena que
se convierte en una renovada «fracción del pan».
Los discípulos recuperan la fe y retornan a la Iglesia madre de
Jerusalén a compartir con otros la experiencia del Resucitado. Aquí tenemos una
parábola del sínodo. Se trata de escuchar al pueblo de Dios —también a los que
han perdido la fe o se sienten defraudados—, iluminar la vida con la Palabra de
Dios y celebrar la presencia del Señor entre nosotros que muy a menudo pasa
desapercibida. Caminar juntos significa, en primer lugar, que Cristo muestra el
camino. Nos acompaña. Comparte nuestras alegrías y desolaciones.
Los cristianos perdemos con frecuencia la certeza de la presencia de Cristo y, por ello, perdemos la alegría y la seguridad de que con él estamos en la senda segura. El Papa Francisco ha dicho que el sínodo es una oportunidad «para una conversión pastoral en clave misionera y también ecuménica».
Esto comporta una auténtica renovación de nuestra vida bajo la
acción del Espíritu evitando riesgos como el formalismo, el intelectualismo y
el inmovilismo, es decir, quedándonos en la estructura formal del trabajo
sinodal, reduciendo todo a «grupos de estudio» que se alejan de la realidad del
pueblo de Dios, y acomodándonos al «siempre se ha hecho así» que nos impide
avanzar hacia el futuro.
Otra escena evangélica luminosa es la aparición del Resucitado en el mar de Galilea (Jn 21). Los discípulos no han pescado nada durante la noche. Jesús está en la orilla sin ser reconocido y, bajo su indicación, realizan una pesca abundante.
Cuando llegan a tierra, el desconocido les ha preparado un almuerzo que simboliza la eucaristía y entonces ninguno duda de que es el Señor que vive entre ellos. El discípulo amado lo reconoce de inmediato y Pedro se lanza para llegar pronto a Jesús y llevarle la pesca, símbolo de la comunidad de los pueblos llamados a formar la Iglesia. La escena se parece a la anterior.
En la comida que Jesús les prepara descubren que es el mismo que estuvo con ellos durante su ministerio público, el mismo que les envió a predicar, el que hace fecundo su trabajo y les acompañará hasta el fin de los tiempos.
Este domingo, en la catedral, celebraremos la eucaristía de inicio de la etapa diocesana del sínodo reconociendo que el Señor convoca a su Iglesia para iluminar su camino. Cada cristiano está llamado a colaborar con él y ofrecerle el fruto de sus trabajos, sus logros y fracasos. Cristo le invita a participar en su mesa donde nuestras inquietudes, dudas y temores son iluminados con la luz de la Resurrección. Si esto es así, no tenemos derecho al desaliento ni a mirar el futuro con incertidumbre. Cristo está presente en la Iglesia, nos escucha, conforta y envía al mundo.
Pero hay una condición previa: confiar en él. El sínodo es una
ocasión extraordinaria para crecer en la fe y en la corresponsabilidad en la
misión recibida de Cristo que cada día se renueva al escuchar su palabra y
compartir su mesa. Como dice Francisco, «celebrar un sínodo es siempre hermoso
e importante, pero es realmente provechoso si se convierte en expresión viva
del ser Iglesia».