Fue brutalmente
apaleada. La beata sor Julia Rodzińska sacó fuerzas y esperanzas de la oración.
Recibió visitas de presos de diversas nacionalidades que querían rezar el
rosario
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| Photo with the consent of the Dominican Sisters |
Sus compañeros presos la calificaban de ángel de bondad. La beata Julia Rodzińska murió en el campo de concentración de Stutthof a los 46 años. Se encontraba entre los 108 mártires que murieron durante la Segunda Guerra Mundial y que fueron beatificados por el papa Juan Pablo II. Fue la primera monja dominica en ser elevada a los altares.
En el campo,
sor Julia Rodzińska lo compartía literalmente todo, incluyendo el pan, con los
demás. Precisamente de una rebanada de pan se hizo las cuentas de un rosario.
Extraía fuerzas y esperanza del rezo del rosario. Prisioneros de diferentes nacionalidades
acudían a ella: “Vayan a sor Julia por el rosario”, solían decir.
Madre de
huérfanos
Tras la muerte
de sus padres, fue cuidada por monjas dominicas de un convento cercano dirigido
por sor Stanisława Lenart. Tras terminar la escuela, Stanisława Maria (o
Estanislava María) se educó en el Centro de Formación de Docentes de Nowy Sącz,
Polonia.
A los 17 años
de edad, decidió abandonar la escuela para ingresar en la congregación de las
Hermanas de Santo Domingo. Vistió el hábito blanco y asumió el nuevo nombre de
María Julia. Fue enviada a Cracovia, donde continuó sus estudios y, tras pasar
el examen de cualificación, obtuvo una licencia de maestra permanente.
Era
especialmente sensible hacia los huérfanos y cuidó de su vestimenta y su
educación. Luego, prosiguió con su vocación en Mielżyn n. Gniezno, Rawa Ruska y
Vilna. Cuidó de los niños y los jóvenes más pobres, trabajó como niñera en un
orfanato, mostrando apoyo a los niños y ayudándoles a recibir una educación.
Un ángel bueno
en el infierno del campo de concentración
La monja fue
encarcelada y torturada en Łukiszki. No obstante, no renunció a su fe ni a sus
valores centrales. Estuvo cautiva durante un año en una celda de aislamiento y
luego fue evacuada con otros prisioneros al campo de concentración de Stutthof.
A partir de
entonces, Julia se convirtió en el número 40992. Las condiciones del campo eran
duras. Suciedad, alimañas, acceso limitado a agua potable, pocas raciones de
comida distribuidas en condiciones extremas que insultaban la dignidad humana…
Sin embargo, ella no perdió la esperanza y era amable con todo el mundo.
Un día, se
enteró de que un preso planeaba quitarse la vida en el campo judío, así que
ella le estuvo enviando mensajes secretos hasta que él le aseguró que no se
suicidaría. Más tarde, ese mismo hombre admitió que fue sor Julia quien le
infundió esperanza para sobrevivir al infierno del campo.
Rosario hecho
de pan
La monja animaba
a los demás a rezar. Llegó incluso a fabricar las cuentas de un rosario usando
una rebanada de pan del campo. Ewa Hoff, una de las supervivientes, describió
un momento emotivo:
“Me tocó con
suavidad, como solamente una madre podría despertar a un niño: ‘Tengo algo de
sopa para ti y me gustaría que la comieras mientras aún está caliente. Es la
única razón por la que te despierto’”, le dijo sor Rodzińska.
Una testigo de
misericordia
Cuando una
epidemia de tifus estalló en el campo en 1944, las autoridades aislaron el
campo judío de las demás instalaciones. El plan era que todos los judíos
murieran. Los prisioneros evitaban el bloque mortífero, pero no sor Julia, que
organizó repartos de medicinas y agua. Continuó ayudando incluso cuando ella
misma contrajo el tifus. Los presentes atestiguaron que Rodzińska “repartía
misericordia en condiciones donde la existencia de la misericordia se había
olvidado”. Murió la muerte de una mártir.
Uno de los
presos cubrió el cuerpo desnudo de sor Julia, apilado sobre los demás cadáveres
que habían de ser quemados, con una pieza de la vestimenta rayada del campo de
concentración para expresar gratitud y respeto hacia su vida de sacrificio por
los demás.
Ojos en la
Eternidad
Durante la
Sagrada Misa que marcó el 20.º aniversario de su beatificación, el padre Piotr
Ciuba, OP, prior del priorato dominico de Cracovia, declaró: “Ella era un ángel
en un abismo de mal que ofreció ayuda a quienes sufrían. Ella es prueba de que
el bien puede florecer incluso donde el mal parece haber arraigado”.
Los
supervivientes del campo la recuerdan como una “monja arrodillada sobre un
tablón de madera, con la espalda recta y la mirada alzada, con los ojos fijos
en la Eternidad”.
Anna
Gebalska-Berekets
Fuente: Aleteia
