Christophe Flipo y su hija Claire cruzaron el pasado martes en Estambul (Turquía) la meta de llegada de la edición francesa de Pekín Express como ganadores del reality.
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| Christophe y Claire. Foto: Famille Chrétienne |
Dios y la alegría
Fue
Claire quien propuso a su padre, de 61 años, participar en el concurso, y quien
tiró de él en los últimos tramos de la carrera final: "Mi mayor orgullo en
todo esto es Claire, ella ha conseguido traerme hasta el final", confesó
Christophe a Famille
Chrétienne. Es la persona de mayor edad que ha ganado este
programa.
Y
tiene una historia notable detrás. Padre de cuatro hijos, ingeniero infomático
y arquitecto, Flipo pasó veinte
años en la masonería antes de llegar a la fe católica de forma
progresiva, como él mismo contó en dos libros: La mejor parte y Adiós a los hermanos.
Con
este prisma enjuicia su participación en Pekín Express: "El programa
muestra lo que hay de bueno en el hombre: la bondad, la generosidad, la acogida
al extranjero... Para mí, la felicidad está en las relaciones, y Dios se sirve de los demás para
darnos su alegría".
De las logias a Jerusalén
Christophe
entró siendo un joven profesional en la Gran Logia Tradicional y Simbólica, porque un amigo le habló
de otras personas que, como él, estaban buscando el sentido profundo de las
cosas.
Con
el tiempo dejó de identificarse con lo que consideraba "sincretismo pagano" de
las normas y ritos de la masonería. Además, los lazos con sus compañeros empezaban a pesarle, y tampoco
agradaban a su mujer, Frédérique.
Pero año tras año seguía vinculado a la logia.
Hasta
que un día, animados por la transformación radical que habían apreciado en un
matrimonio amigo que había peregrinado, sin fe, al santuario de Nuestra Señora de Rocamadour,
decidieron ir ellos también.
“Era mi turno para descubrir el Santuario de
Rocamadour con mi esposa y allí recibí
muchas señales", explicaría años después. De regreso a casa, su esposa
le suplicó que abandonase la masonería. Él hizo lo que ella le pedía.
Poco
tiempo después ambos se fueron como peregrinos a Jerusalén. Allí Christophe vivió la experiencia abrumadora del amor de
Dios, el Espíritu Santo, presente en la Eucaristía: “¡Me di cuenta que ahí
estaba Dios, en lo más pequeño, para ofrecerse a nosotros!”.
Desde
ese instante abrió de par en par las puertas de su alma para que Cristo reinara
y su matrimonio y su familia se fortalecieron: “Descubrí la felicidad de compartir la comunión espiritual
con Frédérique”. Ahora, con su hija, ha compartido toda una experiencia...
y un triunfo.
C. L.
Fuente: ReL
