El día en que reconozcas a Dios en todas las pequeñas cosas que te
ocurren en tu vida, ese día comprenderás que no necesitas más milagros
La vida es un milagro, tú eres un milagro; sin embargo, no contentos y
convencidos de ello, estamos pidiendo más y más. Realmente no hay peor ciego
que el que no quiera ver, abre los ojos de tu corazón y deja de pedirle a Dios
más pruebas. El estupor y la admiración deben de acompañarnos paso a paso, solo
así verás la mano de Dios que no deja de soplar sobre ti, en ese soplo de amor
está el milagro que es tu vida.
Tres personas iban caminando por la vereda de un bosque: un sabio con fama de
hacer milagros, un poderoso terrateniente del lugar y, un poco atrás de ellos y
escuchando la conversación, iba un joven estudiante que era alumno del sabio.
Terrateniente: -"Me han dicho en el pueblo que eres una persona muy
poderosa, inclusive, que puedes hacer milagros".
Sabio: -"La verdad, soy una persona vieja y cansada, ¿cómo crees que yo
podría hacer milagros?"
Terrateniente: -"Pero me han dicho que sanas a los enfermos, haces ver a
los ciegos y vuelves cuerdos a los locos, esos milagros solo los puede hacer
alguien muy poderoso".
Sabio: -"¿Te referías a eso?, tú lo has dicho, esos milagros solo los puede
hacer alguien muy poderoso, no un viejo como yo; esos milagros los hace Dios,
yo solo pido que se conceda un favor para el enfermo o para el ciego, y todo el
que tenga la fe suficiente en Dios puede hacer lo mismo".
Terrateniente: -"Yo quiero tener la misma fe para poder realizar los
mismos milagros que tú haces, muéstrame un milagro para poder creer en tu
Dios".
Sabio: -"A ver, esta mañana, ¿volvió a salir el sol?"
Terrateniente: -"¡Sí, claro que sí..!"
Sabio: -"Pues ahí tienes un milagro, el milagro de la luz".
Terrateniente: -"¡No!, eso no, lo que yo quiero ver es un verdadero
milagro, oculta el sol, saca agua de una piedra, es más, mira, ahí hay un
conejo herido junto a la vereda, tócalo y sana sus heridas".
Sabio: -"¿Quieres un verdadero milagro?,¿no es verdad que tu esposa acaba
de dar a luz hace algunos días?"
Terrateniente: -"¡Sí!, fue varón y es mi primogénito".
Sabio: -"Pues ahí tienes un segundo milagro, el milagro de la vida".
Terrateniente: -"Sabio, tú no me entiendes, quiero ver un verdadero
milagro".
Sabio: -"¿Acaso no estamos en época de cosecha, no hay trigo y sorgo donde
solo hace unos meses nada más había tierra?"
Terrateniente: -"Sí, igual que todos los años".
Sabio: -"Pues ahí tienes un tercer milagro".
Terrateniente: -"Creo que no me he explicado lo que quiero"
Sabio: -"Te has explicado bien, solo que yo ya hice lo que podía hacer por
ti; si lo que encontraste no es lo que buscabas, lamento desilusionarte, yo he
hecho todo lo que podía hacer".
Y dicho esto, el poderoso terrateniente se retiró muy desilusionado por no
haber encontrado lo que buscaba, y entonces el sabio y el alumno se quedaron
parados en la vereda. Cuando el poderoso terrateniente iba ya tan lejos como
para no ver lo que hacían el sabio y el alumno, el sabio se dirigió hacia la
orilla de la vereda, tomó el conejo herido, sopló sobre él y entonces sus
heridas quedaron curadas.
El joven estaba algo desconcertado.
Joven: - "Maestro, te he visto hacer milagros como este casi todos los
días, ¿por qué te negaste a mostrarle uno al terrateniente?, ¿por qué lo haces
ahora que él no puede verlo?".
Sabio: -"Lo que él buscaba no era un milagro, sino un espectáculo, mostré
3 verdaderos milagros y no pudo verlos. Para ser rey, primero hay que ser
príncipe; para ser maestro, primero hay que ser alumno; así que no puedes pedir
grandes milagros si no has aprendido a ver y, sobre todo, a valorar los
pequeños milagros que se te muestran día a día. El día en que reconozcas a Dios
en todas las pequeñas cosas que te ocurren en tu vida, ese día comprenderás que
no necesitas más milagros que los que Él te da todos los días, sin que tú se
los hayas pedido".
Cuando estés o te sientas en problemas,
pídele a Dios la cordura para pensar claramente; la paciencia necesaria para
mantenerte tranquilo y actuar bien; la fortaleza necesaria para afrontar los
retos; y la fe suficiente para seguirlo amando sin importar lo que pase. Pídele
esos milagros.
Por: P. Dennis Doren L.C.
Fuente: Catholic.net
