Sin esta
apertura de la inteligencia, las Escrituras santas, pueden ser letra hermosa
pero muerta, por la sencilla razón de que los libros que constituyen el Canon
de la Iglesia, sólo pueden entenderse si se leen como Palabra viva de Dios que
sigue hablando a su pueblo en cada momento de la historia. Es Palabra escrita,
ciertamente, pero Palabra viva que comunica su mensaje de salvación a todas las
generaciones.
A
pesar del gran movimiento bíblico desplegado en los siglos XIX y XX, que cuajó
en la Constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II sobre la Palabra de
Dios, el acceso a la Biblia y la comprensión de su mensaje siguen siendo para
la mayoría del pueblo cristiano una asignatura pendiente.
Es posible que
la Biblia no falte en los hogares cristianos, pero ¿se lee, se medita, se
comprende, se hace vida práctica? «Lamentablemente —escribe el Papa Francisco—
en muchas familias cristianas nadie se siente capaz —como en cambio está
prescrito en la Torá (cf. Dt 6,6)— de dar a conocer a sus hijos la Palabra del
Señor, con toda su belleza, con toda su fuerza espiritual.
Por eso quise
establecer el Domingo de la Palabra de Dios, animando a la lectura orante de la
Biblia y a la familiaridad con la Palabra de Dios. Todas las demás
manifestaciones de la religiosidad se enriquecerán así de sentido, estarán
orientadas por una jerarquía de valores y se dirigirán a lo que constituye la
cumbre de la fe: la adhesión plena al misterio de Cristo».
En
este domingo del tiempo ordinario se proclaman dos lecturas que, por sí mismas,
bastan para comprender la fuerza de la Palabra de Dios. La del Antiguo
Testamento describe la conversión de Nínive por la predicación del profeta
Jonás, que se negaba a ir porque desconfiaba de que pudiera convertirse.
En el
evangelio, aparece Jesús predicando en Galilea con estas palabras: «Se ha
cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el
Evangelio» (Mc 1,15). Aquí, la palabra «evangelio» no se refiere a ninguno de
los que conocemos porque sencillamente no habían sido escritos.
Esta palabra
se refiere a todo el mensaje de la salvación, que alcanza su máxima expresión
en la misma persona de Jesús —Evangelio de Dios—, y que está contenido en lo
que llamamos Palabra de Dios, gracias a la cual podemos entrar en diálogo con
él, conocer su voluntad y configurar nuestra vida según sus enseñanzas. Dios
quiere la conversión del hombre, busca atraerle hacia sí para llevarle a la
verdad y felicidad plena.
Por eso, desde
el principio de la humanidad le ha hablado por medio de profetas, sabios y
maestros, y, finalmente, por medio de su Hijo. Recibamos sus palabras como el
mejor tesoro para conservarlo, no como un libro más, sino como la Palabra de la
salvación y de la vida.
