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Dominio público |
Me
detengo ante Ella casi sin poder hablar, asombrado y feliz. ¿Qué le puedo decir
cuando yo me siento tan pequeño? Mi corazón calla ante Ella. Sólo la miro.
Me siento tan frágil a su lado… He caído tantas
veces. Ella lo sabe y me vuelve a abrazar como siempre lo ha hecho.
Como lo hizo la primera vez hace ya tanto tiempo. Como vuelve a hacerlo ahora
cuando me ve triste y solo en medio de mi camino.
Me
abraza para que no me olvide de dónde vengo y tenga más certeza de hacia dónde
voy. Para que recuerde que su voz me ha salvado muchas veces.
Me
repite que me quiere, que valgo más que nadie, me muestra esa belleza que tengo
escondida y que a menudo no veo. Ella, mi madre, me quiere como a nadie.
Y yo me
quedo quieto, tranquilo, con cierta vergüenza, sin saber qué hacer ni qué
decir. Sólo miro sus ojos grandes y abiertos. Miro su sonrisa ancha y pura, sus
manos queriendo sostenerme, ssus labios que sólo quieren decirme que no debo
tener miedo.
Sé que
su pureza supera todos mis intentos por pensar bien y hacer las cosas bien, por
ser puro en mi mirada, por ser más suyo. Sé que su amor es tan puro y grande
que jamás yo podría amar como Ella me ama. No lo pretendo.
Sé que
mis pasos son tan débiles y cortos que jamás se parecerán a los suyos firmes y
decididos por ese camino ancho que lleva a Belén.
Sé que
su sí es tan fuerte y fiel que no pretendo igualarlo con mis fuerzas, con mis
síes esquivos y cobardes.
Sólo quiero pedirle que no se
olvide de mí en esta tarde de invierno. En la soledad de mi alma. En medio de
esos vientos que apagan el fuego interior que trato de avivar, cuando la vida
parece llevarse mi barca por rumbos que desconozco.
Sólo le
pido que me recuerde cada día a qué he venido a este mundo. Sólo quiero que me haga ver
con claridad cada mañana la belleza escondida dentro de mi alma. Esa belleza
que sólo ve en mí María.
Sólo
deseo que me abrace con fuerza y me haga sentir una vez más como ese niño
escogido en el corazón de Dios.
Quiero
que me enseñe a confiar cuando surgen las dudas y las incertidumbres en esta
Navidad tan extraña. Y entonces mis miedos delante de su corazón inmaculado
desaparecen de forma súbita.
No sé bien cómo lo hace pero logra que me calme
cuando tengo miedo, cuando estoy nervioso, cuando tengo dudas. Y sus brazos me sujetan
con fuerza y me hacen comprender que mi vida es más grande de lo que yo nunca
he pensado.
Quiero caminar a su lado un
trecho de este camino a Belén. Quiero que sienta que estoy
con Ella en todo momento y no la pienso dejar.
Sé que
mi intención es estar yo seguro. Pero al mismo tiempo es como si quisiera
protegerla de todos los peligros. Me siento como Juan Diego queriendo defender
a su Niña María en Guadalupe. Cuando era Ella en realidad la que le protegía
siempre a él, ¿acaso no era el su hijo predilecto?
Así me
siento yo, débil y vacío, alegre y lleno, cobarde y fiel. Necesitado de
protección y sintiéndome yo el que la protege. La veo tan indefensa en este
camino… ¿Cómo es posible mezclar ambos sentimientos en un mismo corazón herido?
Es Ella, es María, quien logra
cambiar mi ánimo con solo una mirada. Es Ella la que logra levantar mi corazón
y llevarlo a las más altas cumbres. Ella la que calma mis ansias y consigue que
vaya paso a paso, día a día sin pretender llegar pronto a la meta.
Es María la que logra que en mi vida reine una
atmósfera de cielo, de Inmaculada. Así logro acabar con la atmósfera de pantano que
mis críticas, mis juicios, mis resentimientos y amarguras siembran en ocasiones
en torno a mí.
Ella,
la Inmaculada, trae el cielo a la tierra, me hace alzar la mirada y creer que
tengo una morada preparada a su lado al final del camino.
Quiero
vivir como Ella, cada día, confiando, tranquilo. Ella vivió así cada día como
parte de un camino inmenso, al que le había dado el sí desde el primer momento.
Es Ella
quien fue descifrando lo que tenía que hacer con dudas, con miedos, y con una
confianza absoluta en el amor de su Padre. Así quiero vivir yo cada mañana
cuando me levanto y contemplo a María.
La miro
caminando a Belén, pura e Inmaculada. La miro con sus ojos grandes y su fe
inmensa. Y quiero parecerme a Ella al menos en ese paso diario que Ella daba
con la mirada alegre y el corazón tranquilo, con sus ojos puros y su alma
grande, inmensa y honda.
Sé que María
hace milagros dentro de mi corazón tan pobre y lo transforma, trae hasta mí el cielo.
Sé que convierte mi vida en una cuna sagrada, en un jardín
florido, en un palacio lleno de belleza.
Ella es
la que hace hueco en mi alma para que pueda descansar Jesús. Ella lo hace
habitable. Así puedo entregar todos mis miedos. Sé que sin Ella nada puedo
hacer y con Ella todo lo puedo.
No soy
inmaculado como Ella, pero quiero tener su misma
luz y su esperanza, su misma mirada.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia