El año de Beethoven. Celebramos los 250 años del nacimiento de este genio extraordinario que dio aliento, poderío y alegría a la música
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Acaba de terminar su Novena sinfonía, también llamada Sinfonía con coral final sobre la Oda a la Alegría, que finaliza con el célebre texto escrito por Schiller. El futuro himno europeo y una de las sinfonías más hermosas del mundo.
La tentación del exilio
Decepcionado,
humillado y saliendo a duras penas de la miseria, desea establecerse en Londres
para crear allí su obra monumental en la que ha puesto todo su poderío.
Al
saber de esta noticia, la élite de Alemania, desde el príncipe Lichnowsky hasta
Diabelli, le envía una carta. El escritor Romain Rolland transcribe parte de
esta carta en su artículo “Vie de Beethoven” para la revista francesa de
comienzos del siglo XX Cahiers de la quinzaine,
gracias a la cual tenemos conocimiento del contenido.
Todos quieren impedir que se marche y, en definitiva, que les abandone esa persona a quien consideran una potencia de su país. Lo que impacta de sus palabras es la importancia que dan a su fe y a su grandeza moral:
“Sabemos que ha escrito una nueva
composición de música sacra [la Misa en re, op.
123] donde ha expresado los sentimientos que le inspira su profunda fe. La luz
sobrenatural que penetra su gran alma la ilumina. Sabemos, por otra parte, que
la corona de sus grandes sinfonías se ha visto aumentada con una flor
inmortal…”
Su
obra sacra le ayuda a recuperar su lugar
Además
de su sinfonía, Beethoven acaba de terminar su célebre Missa solemnis, en la cual ha trabajado durante
varios años. Es una de sus raras composiciones de carácter sacro y, sin embargo,
una de las piezas principales de su obra global.
Aunque
esta pieza esté dedicada a su amigo el archiduque Rudolf, entonces elevado al
rango de cardenal, Beethoven mismo tiene una fe muy profunda y sincera que,
además, está muy presente en sus escritos personales. Según escriben sus amigos
en la carta en cuestión:
“Su ausencia durante estos últimos
años ha afligido a todos los que tenían los ojos puestos en usted. Todos
pensaban con tristeza que el hombre de genio, tan alto entre los vivos,
permanecía silencioso mientras que un género de música extranjera intentaba
trasplantarse en nuestra tierra, haciendo caer en el olvido las producciones
del arte alemán (…). Solamente de usted espera la nación una nueva vida, nuevos
laureles y un nuevo reino de la verdad y la belleza, a pesar de la moda actual
(…). Denos la esperanza de ver pronto satisfechos nuestros deseos (…).Y que la
primavera que viene florezca de nuevo doblemente, gracias a sus dones, para
nosotros y para el mundo”.
Beethoven,
profundamente conmovido por esta carta, permaneció evidentemente en Viena y
pudo crear allí su Novena sinfonía al
mismo tiempo que su Misa en re. Las dos
obras provocan un entusiasmo casi frenético y el éxito fue sencillamente
triunfal; aunque la Misa solemnis se
interpretó por primera vez en San Petersburgo. A pesar de este nuevo afecto del
público y de la élite, el concierto lo deja en la miseria material. A esta
situación, Beethoven responde con sabiduría en su cuaderno personal: “¡Sacrifica,
sacrifica siempre las naderías de la vida a tu arte! ¡Dios está por encima de
todo!”.
Descubre
la versión de la Misa solemnis con
Jessye Norman y Plácido Domingo:
Louise Alméras
Fuente:
Aleteia
