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| Godong/Photononstop via AFP |
Y
es que, en efecto, ya es una gracia lograr no agravar nuestra situación con nuevos
comportamientos pecaminosos. Pero ¿de qué sirve confesarse cuando repetimos
siempre los mismos pecados?
Un sacramento que pretende ser
“pedagógico”
La confesión no
es un acto jurídico, una forma de “saldar cuentas” con el buen Dios y con uno
mismo. El sacramento de la reconciliación es una oportunidad privilegiada de
experimentar la misericordia del Padre hacia nosotros.
Es un
canal de gracia, la vida divina nos es transmitida a través incluso de las
heridas del alma que presentamos al perdón de Dios.
Este sacramento pretende ser también “pedagógico”, como decía Benedicto XVI. Nos permite entrar en un conocimiento más íntimo del corazón de Dios: el Padre de misericordia nunca se cansa de perdonar.
Esta
misericordia de Dios no es un sentimiento, por “bueno” que sea, sino “la
verdadera fuerza que puede salvar al hombre y al mundo del cáncer del pecado”,
en palabras del papa Francisco.
¡Fascinación,
acción de gracia y júbilo ante una revelación así del amor personal de Dios por
cada uno!
Reconozcámoslo:
si la confesión repetida de nuestro pecado nos molesta no es siempre por motivo
de la herida causada al corazón de Dios.
La incomodidad frente a nuestro pecado se debe a
menudo al hecho de estar a disgusto con uno mismo, de constatar
que la imagen de uno está desteñida.
Sin embargo, la vida cristiana se arraiga
precisamente en la experiencia existencial de nuestra miseria, de nuestra
incapacidad de hacer ninguna cosa fuera de Cristo (Jn 15,5).
Los beneficios de la confesión de
las mismas faltas
San
Maximiliano Kolbe manifestó un día:
“Cuando todos nuestros medios fueron
decepcionantes, cuando reconocí que estaba perdido y cuando mis superiores se
dieron cuenta de que no servía para nada, entonces la Inmaculada tomó entre sus
manos este instrumento que solo servía para chatarra”.
Por su parte, Francisco de Sales explica:
“No
solamente el alma que tiene el conocimiento de su miseria puede tener una gran
confianza en Dios, sino que no puede tener verdadera confianza sin
tener conocimiento de su miseria; porque este conocimiento y la confesión
de nuestra miseria nos introducen delante de Dios”.
La confesión repetida de las mismas faltas
nos conduce, por tanto, en este doble conocimiento de la bondad infinita de
Dios y de nuestra miseria innata.
A la Madre Teresa, que se lamentaba de ser
“incapaz”, Jesús le respondió:
“Tú
eres, lo sé, la persona más incapaz, débil y pecadora, pero precisamente por
eso quiero usarte para mi gloria. ¿Te negarás?”.
Así,
la pedagogía de Dios no consiste primero en liberarnos del pecado para estar
moralmente en regla.
Más
bien, pretende conducirnos a esta inteligencia profunda del abismo de nuestra
miseria llamada a ser engullida en el abismo de la misericordia divina.
Será
entonces y solo entonces cuando la gracia siempre suficiente de Dios para
evitar el pecado podrá ser recibida de manera eficaz.
Por el padre Nicolas Buttet
Fuente: Aleteia
