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| Dominio público |
En el Evangelio
de hoy, Jesús no pregunta a las naciones si han creído en él, sino si han
vivido la caridad, es decir la verdad que se hace activa. Porque la primera
exigencia moral del hombre es vivir en la verdad, la que, como decía san
Agustín, «habita en el hombre interior». El que vive en la verdad, sin engañarse
a sí mismo, tarde o temprano encuentra a Dios, que es al mismo tiempo verdad y
amor.
Cuando
Poncio Pilato pregunta a Jesús si él es rey, Jesús lo confirma claramente.
Pero, para evitar malentendidos, explica su realeza en estos términos: «Yo para
esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la
verdad.
Todo el que es
de la verdad escucha mi voz» (Jn 19,37). Jesús es rey en cuanto testigo de la
verdad, que es accesible al hombre si la busca con empeño y rectitud. Al
escuchar la palabra «verdad», Pilato no se detiene a dialogar con Jesús. Con
indiferencia, escepticismo o desprecio, lanza una pregunta que no espera
respuesta: «¿Qué es la verdad?».
También
hoy mucha gente hace la misma pregunta con el mismo desinterés de Pilato. El escepticismo
y el relativismo han minado los fundamentos del conocimiento humano en su
ineludible vocación de buscar la verdad. La crisis de interioridad (Sciacca),
el sociedad líquida (Bauman) y la estrategia de la «deconstrucción» aplicada a
todos los ámbitos de la existencia humana y, en especial, del conocimiento, ha
dejado al hombre al arbitrio de los poderes pragmáticos de este mundo —dinero,
dominio, placer— y, en última instancia, de su propia libertad, entendida con
frecuencia como autosatisfacción de sus instintos, apetencias y ambiciones.
El hombre —hablo en general— ha renunciado a buscar la verdad, que es lo mismo que renunciar a la razón. Pilato es el prototipo del político pragmático que renuncia a sus convicciones —estaba convencido de la inocencia de Jesús— para claudicar ante quienes le acusan de no ser amigo del César. Con su actitud declara que no quiere conocer la verdad, de la que Jesús es testigo. Y lo condenó a muerte, cometiendo la más grave injusticia.
En el núcleo del desprecio a la verdad o, dicho de otra manera, en la
instauración de la mentira anida la injusticia. Quien miente actúa con
injusticia y, si es gobernante, conculca los derechos de su pueblo que sólo se
sostienen sobre la verdad del hombre y de su inviolable dignidad. Cuando Jesús
juzga a las naciones, como ya he dicho, no pregunta si creen o no en Dios, sino
si han obrado con verdad socorriendo a sus hermanos más humildes, los pobres.
Resulta llamativo que quienes lo han hecho no sabían que Jesús estaba en ellos.
Tampoco sabía Pilato que en el reo que tenía delante moraba Dios, pero tenía la
obligación de defender su inocencia.
El juicio de
Dios se fundamenta, pues, en la inapelable tarea de servir a la verdad, porque
quien esto hace, aunque no lo sepa, sirve a Dios. «Yo soy el camino, la verdad
y la vida», dice Jesús. En su enseñanza, Jesús no impone nada. No quiere
esclavos, sino hombres libres. Su juicio será sobre el ejercicio de esa
libertad cuyo término es el bien, nunca el interés propio ni la satisfacción
egoísta de sus deseos.
Dice
Orígenes que «Cristo no vence al que no se quiere dejar vencer, Él vence sólo
por convicción. Él es la Palabra de Dios». Ocurre lo mismo con la verdad. Nunca
se impone, atrae a quienes le pertenecen, convence a quienes la buscan, brilla
en quienes la sirven y, el final de la historia, deja al descubierto quiénes
fueron verdaderamente libres.
