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| Dominio público |
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús:
-¡Hipócritas!, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.
Le presentaron un denario. El les preguntó: -¿De
quién son esta cara y esta inscripción?
Le respondieron: -Del César.
Entonces les replicó: -Pues pagadle al César lo que
es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mateo
22,15-21).
I.
La Primera lectura de la Misa (Is 45; 1; 4-6) nos muestra cómo Dios elige sus
instrumentos de salvación dónde quiere: se sirve de la autoridad política para
hacer el bien, pues nada queda fuera de su dominio paternal. En el Evangelio
del día, (Mt 22, 15-21) ante una pregunta insidiosa de los fariseos unidos a
los herodianos, Jesús reafirma el deber de obedecer a la autoridad civil.
El
Señor da una respuesta de una hondura divina: Dad al César lo que es del César,
lo que le corresponde (tributos, obediencia a las leyes justas), pero no más de
ello, porque el Estado no tiene una potestad y un dominio absoluto. Como
ciudadanos normales, los cristianos tienen “el deber de aportar a la vida
pública el concurso material y personal requerido por el bien común” (CONC. VAT
II, Gaudium et spes).
Por
su parte, las autoridades están gravemente obligadas a servir al bien común sin
buscar el provecho personal, a legislar y gobernar con el más pleno respeto a
la ley natural y a los derechos de la persona desde le momento de su concepción.
II. En esta ocasión, el
Señor reconoció el poder civil y sus derechos, pero advirtió claramente que
deben respetarse los derechos superiores de Dios (CONC. VAT. II, Dignitatis
humanae), pues existe en el hombre una dimensión religiosa profunda, que informa
todas las tareas que lleva a cabo y que constituye su máxima dignidad. A su
respuesta agrega: Dad… a Dios lo que es de Dios. Cuando el cristiano actúa en
la vida pública, no debe guardar su fe para mejor ocasión.
Por
el contrario, ha de ser luz y sal donde se encuentre, y ha de esforzarse en
convertir el mundo en un lugar más humano y amable, donde los hombres
encuentren con más facilidad el camino que les lleve a Dios. Lo logrará a
través de la concordancia entre su vida y su fe, con la caridad fraterna,
participando en las condiciones de vida, trabajos y sufrimientos y aspiraciones
de sus hermanos, los hombres; con plena conciencia de su papel en la
edificación de la sociedad
III.
El cristiano, al actuar en la vida pública, lleva consigo una luz poderosa, la
luz de la fe. Sabe muy bien que las enseñanzas de Dios, no sólo no suponen un
obstáculo para el bien de las personas y de la sociedad, o para el progreso
científico. Por el contrario, son una guía para su realización.
