![]() |
| Dominio público |
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: -Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: -¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Le respondieron: -Nadie nos ha contratado. El les dijo: -Id también vosotros a mi viña.
Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:
-Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y
acabando por los primeros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario
cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos
también recibieron un denario cada uno.
Entonces se
pusieron a protestar contra el amo: -Estos últimos han trabajado sólo una hora
y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y
el bochorno. El replicó a uno de ellos: -Amigo, no te hago ninguna injusticia.
¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este
último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en
mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos
serán los primeros y los primeros los últimos” (Mateo
20,1-16).
I. En la vida de
las personas se dan momentos particulares en los que Dios concede especiales
gracias para encontrarle, y nos exige el abandono del pecado y la conversión
del corazón. En la lectura de la Misa (Is 55, 6-9) nos dice: Mis caminos son
más altos que los vuestros, mis planes más altos que vuestros planes. ¡Tantas
veces nos quedamos cortos ante las maravillas que Dios nos tiene preparadas!
¡En tantos momentos nuestros planteamientos nos quedan pequeños!
En el Evangelio
de hoy (Mateo 20, 1-16), el Señor quiere que consideremos cómo esos planes
redentores están íntimamente relacionados con el trabajo de su viña,
cualesquiera que sean la edad y las circunstancias en que Dios se nos ha
acercado y nos ha llamado para que le sigamos. Nosotros, llamados a la viña del
Señor a distintas horas de nuestra vida, sólo tenemos motivos de
agradecimiento. La llamada en sí misma ya es un honor. Para todos el jornal se
debe a la misericordia divina, y es siempre inmenso y desproporcionado por lo
que aquí hayamos trabajado por el Señor.
II. Entre los males que aquejan a la humanidad, hay
uno que sobresale por encima de todos: son pocas las personas que de verdad,
con intimidad y trato personal, conocen a Cristo; muchos morirán sin saber
apenas que Cristo vive y que trae la salvación a todos. En buena parte
dependerá de nuestro empeño el que muchos lo busquen y lo encuentren. ¿Podremos
permanecer indiferentes ante tantos que no conocen a Cristo? En el campo del
Señor hay lugar y trabajo para todos. Nadie que pase junto a nosotros en la
vida deberá de decir que no se sintió alentado por nuestro ejemplo y por
nuestra palabra a amar más a Cristo. Ninguno de nuestros familiares o amigos
debería decir al final de su vida que nadie se ocupó de ellos.
III. El Papa Juan Pablo II, comentando esta parábola
(Christifideles laici), nos invitaba a mirar este mundo con sus inquietudes y
esperanzas, dificultades y problemas: “Es ésta la viña, y es éste el campo en
que los fieles laicos están llamados a vivir su misión. Jesús les quiere, como
a todos los discípulos, sal de la tierra y luz del mundo (Mateo 5, 13-14)”.
No son gratas al
Señor las quejas estériles, que suponen falta de fe, ni siquiera un sentido
negativo y pesimista de lo que nos rodea, sean cuales sean las circunstancias
en las que se desarrolle nuestra vida. Trabajemos en la viña del Señor sin
falsas excusas, sin añoranzas, sin agrandar las dificultades, sin esperar
oportunidades mejores. El Dueño de la viña y su Madre Santísima nos ayudarán si
somos piadosos.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
