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| Andrey_Popov | Shutterstock |
De
nada vale prometerlo todo si no soy capaz de luchar por conseguirlo. De nada
sirve un sí pronunciado en voz alta que luego no se concreta en actos de amor.
De
nada vale decir que sí voy si luego me quedo en casa. O decir que ahora lo hago
si nunca lo voy a hacer. No vale prometer lo que no voy a cumplir.
Me cuestan aquellos que me
prometen cosas que luego no hacen. Y lo prometen para que yo me quede contento,
aun sabiendo que a lo mejor no pueden llegar a hacerlo.
Prefiero
a los realistas que a los fantasiosos que
piensan que pueden más de lo que pueden. O no soportan que la gente se enfade
con ellos por no cumplir. Y viven repitiendo promesas incumplidas que nunca van
a cumplir.
Una
persona me decía en una ocasión hablando de otro: «Si hubiera ido a comer a mi casa tantas
veces como me prometió, hubiera quedado agotado. En realidad, nunca fue».
Prefiero
al que me dice que no puede hacer algo que le pido mucho antes que al que me
promete cosas para calmarme, aun sabiendo que quizás no lo haga.
En
el primero encuentro honestidad. En el segundo
mentira o miedo a desagradar. Asumir mis límites me hace libre.
Pensar que puedo cuando no es
posible me hace vivir en un engaño constante. No me imagino a la Virgen
María diciendo que sí, que será la Madre del Señor, para luego salir corriendo.
Me
gustan las personas sólidas, estables, que mantienen su sí en el tiempo. Un
matrimonio que amaba la música pensó en un bonito nombre para su ideal como
pareja: «Sí
sostenido».
Pero
luego llega el cansancio y el miedo y
el corazón tiembla. Entonces el sí se queda sin obras, sin gestos, sin
huellas.
Con
el paso del tiempo dejo de hacer lo que he prometido y parece que me olvido de
tantas promesas hechas en tiempos de juventud.
No
quiero vivir así. Quiero prometer sólo lo que estoy dispuesto a
cumplir. Para no engañarme, para no engañar.
Es
frágil mi voluntad y sé que puedo claudicar en la lucha. Lo entiendo. Pero
prefiero no hacer promesas que luego puedo incumplir.
Me
parezco a esos fariseos a los que condena Jesús. Digo que amo y luego mis obras
no son por amor.
En
cambio las prostitutas, los pecadores, los que están lejos, vuelven a Dios más
tarde, se convierten y su vida está llena de gestos de amor y misericordia.
Es doloroso pensar que los más
alejados me van a preceder en el reino de los cielos. Me parece precioso, aunque me
duela.
Esa mirada es la de Dios. Le importa mi sí hecho obras. No mis palabras que se las lleva el viento. «Obras son amores y no buenas razones», dice un dicho popular. Y es así. Las palabras no cambian el mundo. Sólo el amor hecho vida.
