Cerca
del terrario de las tortugas hay un espacio libre en el que me gusta poner un
pequeño huerto. Este año me regalaron unas pocas plantas de pimiento,
tomates... y allí los planté. Cada día lo cuidaba y regaba hasta que, estos
últimos quince días, el rato en el que solía acercarme se me complicó, y no
conseguía llegar a regar.
Todos
los días lo tenía en la cabeza: ¿Cómo estará el huerto? ¿Estará seco? Me daba
pena que se perdiese todo.
Ayer
por fin me acerqué, y me impresionó ver que, no solo no se había estropeado,
sino que... ¡tenía la primera cosecha esperando!
Cogí
cuatro pimientos, miré hacia el cielo y sonreí dando gracias al Señor.
Yo
no había llegado, pero... Él sí. Cada día se había encargado de cuidar mi
huerto mandando la lluvia y las tormentas que nos han acompañado durante todos
estos días. Aunque hace mucho calor y los días han sido soleados, caí en la
cuenta de que cada día, aunque tan solo hayan sido unos minutos, Él ha lo
regado y cuidado por mí.
Cuántas
veces el Señor me pone algo en el corazón y pienso que tengo que llegar a todo,
que depende de mí... sin embargo, necesita mis manos para plantar y, de lo demás,
Él se encarga. Donde empieza mi fragilidad, puede actuar su omnipotencia.
No
estamos solos. Él está con nosotros; no depende todo de ti ni de mí, Él está y
es el primero que nos AMA, y quiere que demos fruto, nos riega y nos cuida.
Está con nosotros aunque a veces no le sientas o pienses que no está.
Enséñale
“tu huerto”, esas partes que no llegas a regar, y deja que Cristo llegue por
ti: la planta de ese familiar al que no sabes cómo llegar, la planta de la
situación de tu trabajo... muéstrale tus manos vacías y pídele que sea Él el
que lo riegue para que dé fruto.
Hoy
el reto del amor es que le dejes al Señor cuidar tu huerto. ¿A dónde no llegas?
¿Qué te supera? Para ahora unos minutos, háblale de tu huerto, de lo que tienes
en el corazón; Cristo está a tu lado y, donde tú no llegas, Él llega.
VIVE
DE CRISTO
Fuente:
Dominicas de Lerma
