Hay veces que, al escuchar sus parábolas,
pensamos que son sólo bonitas historias y no dejamos que su palabra eche raíces
en nuestra tierra
La parábola del
sembrador que leemos este domingo en la liturgia es una llamada a acoger la
Palabra de Dios para que fructifique en el corazón. Entre los obstáculos que
encuentra la semilla, esparcida a voleo por el sembrador sobre la tierra, Jesús
habla de la falta de raíces y de la inconstancia. Dos peligros muy actuales de
nuestro tiempo. Ambos impiden que la palabra arraigue y dé mucho fruto.
Nuestra sociedad, aquejada de escepticismo y del
relativismo que todo lo reduce a lo que cada persona determina en su
subjetividad, se ha convertido, según la expresión de Bauman, en una sociedad
«moderna líquida». Al definir este concepto, dice que «es aquella en que las
condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de
actuar se consoliden en unos hábitos y en unas rutinas determinadas».
Los cambios
frenéticos de nuestra sociedad impiden ciertamente consolidar hábitos, o, con
palabras de Jesús, echar raíces. Sorprende la enorme dificultad que tienen las
nuevas generaciones para —como simple ejemplo— alcanzar el hábito del estudio,
o la disciplina para someterse a un horario que, con toda libertad, uno se
impone a sí mismo.
El Papa Francisco ha definido muy bien la fisonomía de la
nuestra sociedad: «En la cultura predominante, el primer lugar está ocupado por
lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial, lo
provisorio. Lo real cede el lugar a la apariencia» (EG 62).
¿Se pueden así consolidar hábitos? ¿Es posible
desde esta perspectiva educar en virtudes? Si, como dicen los clásicos tratados
morales, la virtud es un hábito operativo bueno, ¿se dan las condiciones
necesarias para luchar contra la inconstancia que produce lo rápido,
superficial y provisorio?
La vida espiritual sólo es posible en la tierra
abonada donde la palabra de Dios eche raíces al ser escuchada con atención y
acogida con esmero. Si no queremos que lo real ceda a la apariencia y que la
vida se nos escape como el agua entre las manos necesitamos tiempo para la
escucha, silencio y recogimiento para que la verdad —la verdad última de las
cosas y de uno mismo— se aposente en nuestro interior y nos acostumbremos a su
amigable presencia. Es imposible ser amigo de la verdad sin contemplarla cara a
cara como hacen los enamorados. La crisis espiritual de nuestro tiempo, más
dramática que cualquier otra, consiste en hacer como Poncio Pilato ante Jesús:
cuando éste le habló de la verdad, salió huyendo con el irónico «¿qué es la
verdad?».
Jesús se define a sí mismo como «el camino, la
verdad y la vida» (Jn 14,6). Se ha escrito mucho sobre esta tríada, que en
realidad es una sola realidad contemplada desde tres ópticas: la moral, la
metafísica y la existencial. Como «camino» hacia Dios, Jesús nos precede para
que pisemos sus huellas. Para esto se necesita atención, mucha atención a sus
pisadas. Como «verdad», Jesús nos asienta en lo que constituye el horizonte del
ser, que todo lo sustenta, y que nunca perece con lo efímero; es la verdad que
busca todo hombre con ansias de conocer lo que Ortega y Gasset llamaba el
«núcleo trascientífico de las cosas, su religiosidad».
Verdad y
religión van de la mano. Como «vida», Jesús nos hace participar de la vida
eterna que porta en su carne humana. Si Dios en el Antiguo Testamento se nombra
a sí mismo como «el que es», Jesús revela que aquel que es no es una
abstracción, una entelequia, es la Vida misma que se comunica a los hombres de
forma real, aunque misteriosa. ¿Hay algo en el hombre que no sea misterio?
No sé si me he
ido muy lejos de la parábola de Jesús. Pero hay veces que, al escuchar sus
parábolas, pensamos que son sólo bonitas historias y no dejamos que su palabra
eche raíces en nuestra tierra.
+ César Franco
Obispo de Segovia.
