El amor de Jesús
“En aquel tiempo los judíos, como era
el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el
sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les
quebraran las piernas y que los quitaran.
Fueron los soldados, le quebraron las
piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al
llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino
que uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado, y al punto salió
sangre y agua. El que lo vio da testimonio y su testimonio es verdadero, y él
sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que
se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la
Escritura dice: «Mirarán al que atravesaron»” (Juan 19,31-37).
I.
Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene. Dios es amor, y el que
permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él, se lee en una lectura de
la Misa.
La plenitud de la misericordia divina hacia los hombres se
expresa en el envío de la Persona de su Hijo Unigénito. No sólo hemos conocido
que Dios nos ama por ser ésta la continua enseñanza de Jesús, sino que su
presencia entre nosotros es la prueba máxima de este amor: Él mismo es la plena
revelación de Dios y de su amor a los hombres. Enseña San Agustín que la fuente
de todas las gracias es el amor que Dios nos tiene y que nos ha revelado no
sólo con palabras, sino también con obras. El hecho supremo de este amor tuvo
lugar cuando su Hijo Unigénito asumió carne mortal y se hizo hombre como
nosotros, excepto en el pecado.
Hoy hemos de pedir nuevas luces para, de un modo más
hondo, entender el amor de Dios a todos los hombres, a cada uno. Debemos
suplicar al Espíritu Santo que, con su gracia y nuestra correspondencia, cada
día podamos decir personalmente y con más hondura: he conocido el amor que Dios
me tiene. A esa sabiduría -la que verdaderamente importa- llegaremos, con la
ayuda de la gracia, meditando muchas veces la Humanidad Santísima de Jesús: su
vida, sus hechos, lo que padeció por redimirnos de la esclavitud en la que nos
encontrábamos y elevarnos a una amistad con Él, que durará por toda la
eternidad.
El
Corazón de Jesús, un corazón con sentimientos humanos, fue el instrumento unido
a la Divinidad para expresarnos su amor indecible; el Corazón de Jesús es el
corazón de una Persona divina, es decir, del Verbo Encarnado, y, «por
consiguiente, representa y pone ante los ojos todo el amor que Él nos ha tenido
y nos tiene ahora. Y aquí está la razón de por qué el culto al Sagrado Corazón
se considera, en la práctica, como la más completa profesión de la fe
cristiana. Verdaderamente, la religión de Jesucristo se funda toda en el Hombre
Dios Mediador; de manera que no se puede llegar al Corazón de Dios sino pasando
por el Corazón de Cristo, conforme a lo que Él mismo afirmó: Yo soy el Camino,
la Verdad y la Vida. Nadie viene al Padre sino por Mí (Jn 14, 6)».
No hubo un solo acto del alma de Cristo o de su voluntad
que no estuviera dirigido a nuestra redención, a conseguirnos todas las ayudas
para que no nos separemos jamás de Él, o para volver si nos hubiéramos
extraviado. No hubo una parte de su cuerpo que no padeciera por nuestro amor.
Toda clase de penas, injurias y oprobios las aceptó gustoso por nuestra
salvación. No quedó una sola gota de su Sangre preciosísima que no fuese
derramada por nosotros.
Dios me ama. Ésta es la verdad más consoladora de todas y
la que debe tener más resonancias prácticas en mi vida. ¿Quién podrá comprender
el hondo abismo de la bondad de Jesús manifestada en la llamada que hemos
recibido a compartir con Él su misma Vida, su amistad...? Una Vida y una
amistad que ni la muerte logrará romper; por el contrario, la volverá más
fuerte y más segura.
«Dios me ama... y el Apóstol Juan escribe: "amemos,
pues, a Dios, ya que Dios nos amó primero". -Por si fuera poco, Jesús se
dirige a cada uno de nosotros, a pesar de nuestras innegables miserias, para
preguntarnos como a Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que
éstos?"...
»-Es la hora de responder: "¡Señor, Tú lo sabes todo,
Tú sabes que te amo!", añadiendo con humildad: ¡ayúdame a amarte más,
auméntame el amor!».
II.
En la Misa de esta Solemnidad rezamos: Oh, Dios, que en el Corazón de tu Hijo,
herido por nuestros pecados, has depositado infinitos tesoros de caridad; te
pedimos que, al rendirle el homenaje de nuestro amor, le ofrezcamos una amplia
reparación.
De este rato de oración hemos de sacar la alegría inmensa
de considerar, una vez más, el amor vivo y actual, de Jesús, por cada uno. ¡Un
Dios con corazón de carne, como el nuestro! Jesús de Nazaret sigue pasando por
nuestras calles y plazas haciendo el bien como cuando estaba en carne mortal
entre los hombres: ayudando, curando, consolando, perdonando, otorgando la vida
eterna a través de sus sacramentos... Son los infinitos tesoros de su Corazón,
que sigue derramando a manos llenas. San Pablo enseña que, al subir a lo alto,
llevó cautiva a la cautividad, y derramó sus dones sobre los hombres.
Cada
día son inconmensurables las gracias, las inspiraciones, las ayudas,
espirituales y materiales, que recibimos del Corazón amante de Jesús. Sin
embargo, Él «no se impone dominando: mendiga un poco de amor, mostrándonos, en
silencio, sus manos llagadas». ¡Con cuánta frecuencia se lo hemos negado!
¡Cuántas veces ha esperado más amor, más fervor, en esa Visita al Santísimo, en
aquella Comunión...! Mucho debemos reparar y desagraviar al Corazón Sacratísimo
de Jesús.
Por
nuestra vida pasada, por tanto tiempo perdido, por tanta tosquedad en el trato
con Él, por tanto desamor... «Te pido -le decimos con palabras que dejó
escritas San Bernardo- que acojas la ofrenda del resto de mis años. No
desprecies, Dios mío, este corazón contrito y humillado, por todos los años que
malgasté de mala manera». Dame, Señor, el don de la contrición por tanta
torpeza actual en mi trato y amor hacia Ti, aumenta la aversión a todo pecado
venial deliberado, enséñame a ofrecerte como expiación las contrariedades
físicas y morales de cada día, el cansancio en el trabajo, el esfuerzo para
dejar las labores terminadas, como Tú quieres.
Ante tantos que parecen huir de la gracia, no podemos
quedar indiferentes. «No pidas a Jesús perdón tan sólo de tus culpas: no le
ames con tu corazón solamente...
»Desagráviale por todas las ofensas que le han hecho, le
hacen y le harán..., ámale con toda la fuerza de todos los corazones de todos
los hombres que más le hayan querido.
»Sé audaz: dile que estás más loco por Él que María
Magdalena, más que Teresa y Teresita..., más chiflado que Agustín y Domingo y
Francisco, más que Ignacio y Javier».
III.
Aquellos dos discípulos a quienes acompaña Jesús camino de Emaús le reconocen
por final partir el pan, después de unas horas de viaje. Y se dijeron uno a
otro: ¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos
hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?. Sus corazones, que poco
antes estaban apagados, desalentados y tristes, ahora están llenos de fervor y
de alegría. Esto hubiera sido motivo suficiente para reconocer que Cristo los
acompañaba, pues éste es el efecto que Jesús produce en aquellos que están
cercanos a su Corazón amabilísimo. Ocurrió entonces y tiene lugar cada día.
En esta «arca preciosísima» del Corazón de Jesús se
encuentra la plenitud de toda caridad. Ésta, don por excelencia «del Corazón de
Cristo y de su Espíritu, es la que dio a los Apóstoles y a los mártires la
fortaleza para predicar la verdad evangélica y testimoniarla hasta derramar por
ella su sangre». De ahí sacamos nosotros la firmeza necesaria para dar a
conocer a Cristo. Es en el trato con Jesús donde se enciende el verdadero celo
apostólico, el que es capaz de perdurar por encima de los aparentes fracasos, de
los obstáculos de un ambiente que en ocasiones parece que huye de Jesús.
El amigo hace llegar al amigo lo mejor que tiene. Nosotros
nada poseemos que se pueda comparar al hecho de haber conocido a Jesús. Por
eso, a nuestros parientes, a los amigos, a los compañeros de profesión hemos de
darles a conocer a Cristo.
En el Corazón de Jesús hemos de encender nuestro celo
apostólico por las almas. En Él encontramos un horno ardiente de caridad por
las almas, como rezamos en las Letanías del Sagrado Corazón. «El horno arde
-comentaba el Papa Juan Pablo II-. Al arder, quema todo lo material, sea leña u
otra sustancia fácilmente combustible.
»El Corazón de Jesús, el Corazón humano de Jesús, quema
con el amor que lo colma. Y éste es el amor al Eterno Padre y el amor a los
hombres: a las hijas y los hijos adoptivos.
»El horno, quemando, poco a poco se apaga. El Corazón de
Jesús, en cambio, es horno inextinguible. En esto se parece a la zarza ardiente
del libro del Éxodo, en la que Dios se reveló a Moisés. La zarza que ardía con
el fuego, pero... no se consumía (Ex 3, 2).
»Efectivamente, el amor que arde en el Corazón de Jesús es
sobre todo el Espíritu Santo, en el que Dios Hijo se une eternamente al Padre.
El Corazón de Jesús, el Corazón humano de Dios Hombre, está abrasado por la
llama viva del Amor trinitario, que jamás se extingue.
»Corazón de Jesús, horno ardiente de caridad. El horno,
mientras arde, ilumina las tinieblas de la noche y calienta los cuerpos de los
viandantes ateridos.
»Hoy queremos rogar a la Madre del Verbo Eterno, para que
en el horizonte de la vida de cada una y de cada uno de nosotros no cese nunca
de arder el Corazón de Jesús, horno ardiente de caridad. Para que Él nos revele
el Amor que no se extingue ni se deteriora jamás, el Amor que es eterno. Para
que ilumine las tinieblas de la noche terrena y caliente los corazones.
»Dándole las gracias por el único amor capaz de
transformar el mundo y la vida humana, nos dirigimos con la Virgen Inmaculada,
en el momento de la Anunciación, al Corazón Divino que no cesa de ser horno
ardiente de caridad. Ardiente: como la zarza que Moisés vio al pie del monte
Horeb».
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org
