ESPERANDO A JESÚS
II. Nuestra oración. Aprender a tratar a Jesús. Necesidad de la
oración.
III. Humildad. Trato con Jesús. Jaculatorias. Acudir a San
José, maestro de vida interior.
En aquel tiempo, Zacarías, el padre de
Juan, quedó lleno de Espíritu Santo, y profetizó diciendo: «Bendito el Señor
Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo y nos ha suscitado una
fuerza salvadora en la casa de David, su siervo, como había prometido desde
tiempos antiguos, por boca de sus santos profetas, que nos salvaría de nuestros
enemigos y de las manos de todos los que nos odiaban haciendo misericordia a
nuestros padres y recordando su santa alianza y el juramento que juró a Abraham
nuestro padre, de concedernos que, libres de manos enemigas, podamos servirle
sin temor en santidad y justicia delante de Él todos nuestros días.
Y tú, niño,
serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar
sus caminos y dar a su pueblo conocimiento de salvación por el perdón de sus
pecados, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que harán que nos
visite una Luz de la altura, a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y
sombras de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc
1,67-79).
I. De modo muy especial y extraordinario, la vida de la Virgen
está centrada en Jesús. Lo está singularmente en esta víspera del nacimiento de
su Hijo. Apenas podemos imaginar el recogimiento de su alma. Así estuvo
siempre, y así debemos aprender a estar nosotros, ¡tan dispersos y tan
distraídos por cosas que carecen de importancia! Una sola cosa es
verdaderamente importante en nuestra vida: Jesús, y cuanto a Él se refiere.
La
Virgen vive ese recogimiento interior en el que es posible valorar y guardar
los acontecimientos, grandes y pequeños, de su vida. En su alma todo es
armonía, enriquecida por la presencia de la Santísima Trinidad. María está
siempre en oración, porque todo lo hace referencia a su Hijo. Su recogimiento
interior fue constante. Su oración se fundía con su misma vida, con el trabajo
y la atención a los demás. Su silencio interior era riqueza, plenitud, y
contemplación. Pidamos a la Virgen este recogimiento interior necesario para
ver y tratar a Dios.
II. La Virgen nos alienta en esta víspera del Nacimiento de su
Hijo a no dejar jamás la oración, el trato con el Señor. Sin oración estamos
perdidos, y con ella somos fuertes y sacamos adelante nuestras tareas. No
encontraremos a lo largo de nuestra vida a nadie que nos escuche con tanto
interés y con tanta atención como Jesús. La oración es siempre enriquecedora.
Incluso en ese diálogo “mudo” ante el Sagrario en el que no decimos palabras:
basta mirar y sentirse mirados. ¡Qué diferencia de la frecuente palabrería de
muchos hombres, que nada dicen porque nada tienen que comunicar! De la oración
salimos siempre con más luz, con más alegría, con más fuerza. ¡Hablar y ser
escuchado por nuestro Creador! Este es uno de los dones más grandes del hombre.
III. En la oración es importante la perseverancia, la fe y la
humildad; procurando que no sea un monólogo en el que nos damos vueltas a
nosotros mismos. El Señor nos pide sencillez, que reconozcamos nuestras faltas,
y le hablemos de nuestros asuntos y de los Suyos. “Orar es hablar con Dios: de
Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles,
preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimiento de gracias y peticiones: Y
Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte, a hacerte una lumbre
viva que dé calor y luz “ (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino).
Ninguna
persona de este mundo ha sabido tratar a Jesús como su Madre y, después de su
Madre, San José.. Contemplamos a José muy cerca de María, lleno de delicadezas
con Ella. Jesús va a nacer. Él ha preparado lo mejor que ha podido aquella
gruta. Le pedimos nosotros que nos ayude a preparar nuestra alma cuando tenemos
tan cerca de Jesús.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org